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Lunes, 15 de Octubre 2018

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El magisterio de la buena ciudad

Por: Juan Palomar

El magisterio de la buena ciudad

El magisterio de la buena ciudad

La ciudad se forma calle por calle, cuadra a cuadra. La suma de vialidades con sus banquetas y arroyos, de espacios públicos con sus plazas y parques, de vecindarios y barrios, de demarcaciones urbanas, conforma el ámbito vital de millones de habitantes. En ese medio la población se orienta y reconoce, desarrolla sus actividades cotidianas, en los mejores casos establece lazos de afecto e identidad.

Este último elemento, el de la posibilidad de identificarse positivamente con los diferentes contextos citadinos, constituye el aglutinador social que hace factible la vida en comunidad. A ello contribuye una imagen urbana razonablemente armónica, el cuidado de servicios e infraestructuras, la limpieza de banquetas y arroyos, y todo el cúmulo de acciones que transmiten inequívocamente la preocupación por la dignidad de la ciudad. Esta dignidad, a su vez, funciona mediante una especie de ósmosis colectiva y contagia en quien la percibe el deseo de vivir en contextos adecuados.

La ciudad, por sí misma, constituye una pedagogía. Cuando las condiciones son adecuadas, la gente capta esa enseñanza de bondad y de orden, de respeto por los ámbitos comunes. La ciudad digna transmite un sentimiento edificante y solidario que surge de cada ciudadano, de cada habitante, y está destinado a todo el conglomerado citadino.

Pero también, en tantos casos adversos, se da una especie de antipedagogía, propiciada por el descuido y la incuria, por la ineficiencia de los servicios públicos, por la falta de compromiso de cada individuo para mantener el buen estado de los espacios comunes. De esos factores, el primero y ciertamente uno de los más perjudiciales, es la propensión a desechar la basura en la vía pública. Un solo desperdicio, dos o tres, siembran en cualquier cuadra la percepción de un descuido que fácilmente se incrementa. La extendida costumbre de abandonar bolsas de desechos en las calles, esperando que “alguien” las recoja, se aúna a esa sensación de que en un determinado entorno es inexistente el sentido cívico, a pesar de los meritorios esfuerzos de los buenos vecinos.

Cada habitante de la ciudad es un cotidiano productor de basura. Muchos de ellos actúan con conciencia y responsabilidad. Sin embargo, muchos otros simplemente arrojan sus desechos en los espacios comunes. Innumerables campañas han sido dirigidas a erradicar esta más que perniciosa costumbre. Es un asunto de comunicación, pero también de convencimiento. Un vecindario limpio y ordenado comunica poderosamente la noción de que es indispensable conservar esos factores. Lo contrario sucede con lugares plagados de basura de los transeúntes, de rayones en los muros, de abandono.

Ante esta situación problemática, desde cada casa, cada negocio y establecimiento, desde cada ciudadano, es indispensable reforzar el magisterio de la ciudad: conservar su dignidad y prestancia, impulsar, día a día, las condiciones óptimas para el desenvolvimiento de la vida comunitaria. Esta es la mejor enseñanza, la mejor vía para la educación de todos.

jpalomar@informador.com.mx 

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