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Sábado, 16 de Diciembre 2017

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Diario de un espectador

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Enfrían las mañanas. Los sutiles matices de las estaciones tapatías no son fácilmente aprehensibles para el ojo distraído. Remolinos al principio leves de hojas secas, sutiles ajustes en el funcionamiento de los árboles, floraciones que desaparecen y se aguardan. Pero el níspero por esta temporada entrega, ritualmente, sus generosos racimos de frutas de un amarillo jubiloso, junto con una extraña explosión paralela de sus flores. Las abejas trashumantes acuden al banquete, el murciélago de guardia, junto con algunos compañeros de ocasión se ocupan de su subsistencia, trabajan en la indispensable polinización. Y no es solamente esta labor la que desempeñan: sus precisos vuelos tejen una red geométrica de la que misteriosamente depende la duración del jardín, que contribuye a la vastísima y planetaria fructificación de todo lo que existe y alienta.

El sabio jardinero mide, y demuestra con claridad meridiana, las variaciones de la estación según sus precisas comprobaciones. Enseña la recolección de jazmines caídos en su habitual chiquihuite: una quinta parte justa de los que recogía en los meses pródigos, según una mirada acostumbrada toda una vida a darle medida y sentido a sus afanes. Pesos y tasas de sus esfuerzos frente a las mudanzas del completo universo que en un chiquihuite encuentran su exacto eco, su cósmica significación. Mediciones que son una parte del hábito de la atención, del cuidado, del perdurable acatamiento de la maravilla del mundo.

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La casa, su vida secreta. Para cada hombre, aunque no lo sepa, existe una sola morada que puede ir adoptando a través de los tiempos, distintas formas, ubicaciones, circunstancias. Es a veces y de una manera cierta, portátil, voladora. Una casa que, con sus metamorfosis o permanencias lo acompañará, lo albergará toda su vida. Del amniótico ámbito materno y de su ardua emergencia parte el conocimiento, el hábito del mundo, cada vez reciente y de una novedad absoluta para todo mortal. Siempre existirán unos cuantos muros primigenios, ciertos sonidos, una intensidad de la luz, la amplitud de un cielo entrevisto, el peso de la gravedad aprendida a través de cosas y movimientos. El recinto en el que todo esto sucede es una casa, humilde o acomodada, precaria o espaciosa. Ella impartirá su magisterio, entregará en sus ámbitos las básicas habilidades para la existencia: ver, oír, tentar y caminar, reconocer los olores y los sabores, aprender del juego… La casa establece límites y posibilidades, da la primera medida de todo lo que es, la imborrable noción de salir de ella, de regresar a su amparo. Así el alma de la casa ejerce su poderío, rige su propia vida por la circulación del agua, de los alimentos terrestres, del aire y la claridad del día, del siempre fiel trayecto de las estrellas, y por sobre todo, la casa está viva, late, junto con el transcurso de quien la habita, de quien le da sentido.

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Saint-Exupéry imaginado. Un par de recientes novelas que hablan sobre el aviador que escribía siempre sus vuelos a través de una prosa elegante y luminosa devuelven a la frecuentación de sus textos. Poco importaba que el asunto fuera terrestre, aparentemente lejano a la navegación aérea. La costumbre de acercarse a los espacios infinitos, de escrutar el tiempo, las nubes, las bonanzas, los vientos y las tormentas lo dotó de una particular visión, de un específico panorama, de un vuelo espiritual e intelectual que comprendía e informaba después sus cavilaciones, sus afanes cotidianos, su escritura misma.

Antoine de Saint-Exupéry, con la mirada del certero aviador acostumbrado a confiar al puro aire la vida, habla de casas, dominios, esencias, disoluciones y permanencias que la memoria guarda, fiel, encarnizada.

“Era una vasta morada con el ala reservada a las mujeres y un jardín secreto donde cantaba el surtidor. (Y ordeno que así se haga en el corazón de la casa para que se pueda salir y entrar en ella. Si no, no se está en ninguna parte, y no se puede ser libre cuando no se es.) Había también las granjas y los establos. Y sucedía que las granjas estuvieran vacías y los establos desocupados, y mi padre se oponía a que se sirviera de unos para el fin de los otros. ‘La granja, decía, por principio es una granja, y tú no puedes habitar una casa si tú ya no sabes dónde te encuentras. Poco importa, decía además, un aprovechamiento más o menos fértil. El hombre no es un ganado a la engorda, y el amor, para él, cuenta más que la usura. No puedes amar una casa que no tiene una cara y donde los pasos no tienen sentido’”

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Temporada de revisitaciones, de nuevas cosas. G.K. Chesterton como impagable compañía. Volver una y otra vez a sus páginas, alguna vez leídas y gozadas de corrido para revisitar al azar pasajes, renglones puntuales: 

“Algo muerto es arrastrado por la corriente, pero sólo lo que está vivo puede ir en contra de ella.”

“Las falacias no dejan de ser falacias porque se pongan de moda.”

“La ciudad moderna es fea no porque sea una ciudad sino porque no es suficientemente una ciudad, porque es una jungla, porque es confusa y anárquica, y rebosa de energías egoístas y materialistas.”

Y una franca provocación, muy al estilo del autor: 

“Si no hubiera Dios no habría ateos.”
 

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You can have it all/ my empire of dirt… Una declaración que pudo hacer Darío; Alejandro Magno, Julio César: al final de los empeños, inmensos, desmesurados, o humildes y rutinarios aguarda la disolución, la evanescencia de toda tentativa humana. Los imperios se alzan, duran un parpadeo en el océano del tiempo, caen sin remedio, se borran y se olvidan. La vida de todos, de cualquier hombre es ese mismo imperio, ese parpadeo durante el que alienta el deseo y la posibilidad, y si el azar lo determina, ciertos logros, algunas engañosas conquistas que el viento de los devenires fatalmente dispersará. La declaración que da principio a esta parrafada se debe a Trent Reznor, aunque su durable resonancia proviene de la voz y de la exacta entonación de Johnny Cash, que hizo de esa canción, La herida, una suerte de himno de despedida: para él, para todos. Podrás tenerlo todo/ mi reino de polvo; o Tómalo completo/ mi imperio de aire; o Llévate lo que quieras/ mi dominio de nada… Traducciones muy libres, interpretaciones de una sentencia que, quizá, tras su seco fatalismo, encierra la estoica sabiduría que de otros modos y en otras edades escribió en sus Meditaciones Marco Aurelio. “Todo es efímero, el recuerdo y lo recordado.”  Y luego: “Mínimo es pues, el instante que vive cada uno, mínimo el rinconcito en que lo vive y mínima la más larga gloria póstuma.”

Rodrigo Caro lo dijo, en el siglo XVI:


Fabio, si tú no lloras, pon atenta
la vista en luengas calles destruidas;
mira mármoles y arcos destrozados,
mira estatuas soberbias que violenta
Némesis derribó, yacer tendidas,
y ya en alto silencio sepultados
sus dueños celebrados.
Así a Troya figuro,
así a su antiguo muro,
y a ti, Roma, a quien queda el nombre apenas,
¡oh patria de los dioses y los reyes!
Y a ti, a quien no valieron justas leyes,
fábrica de Minerva, sabia Atenas,
emulación ayer de las edades,
hoy cenizas, hoy vastas soledades,
que no os respetó el hado, no la muerte,
¡ay!, ni por sabia a ti, ni a ti por fuerte.


Pero luego Marco Aurelio da otra lección sobre la sabiduría de ser hombre: “Un desertor el que hurta la razón a la ciudad; ciego el que cierra el ojo de su inteligencia; mendigo el que necesita de otro y que no tiene en sí mismo todo cuanto es útil para la vida.” Así que el reinado de polvo, que a cada quien cabe en suerte no excluye, sino que se cumple, como parte de una cadena perdurable, en atender la razón de la ciudad, del mundo; en ejercer las luces que el entendimiento alcanza; en quien encuentra y genera en sí la entereza, el combustible necesario para atravesar, en su ineludible individualidad, su existencia terrena. 

Octavio Paz supo, con su poesía tan esencial y útil, enseñarnos la simultaneidad y la reconciliación de los tiempos, en los que la llama del presente es la única realidad, en el que se pueden encontrar, a pesar de todo, las respuestas, el gozo, la iluminación. Y un cierto vislumbre, en las estrellas que nos deletrean. Y, volviendo a la sentencia de la canción de Cash: llévate lo que quieras… hereda, asume, reconstruye. Y todo volverá al polvo, pero todo ese polvo deviendrá, de alguna misteriosa manera, en un camino que hallará una trascendencia por ahora inefable.


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Razón última: dice Jorge Luis Borges:


Ahí está lo que fue: la terca espada
del sajón y su métrica de hierro,
los mares y las islas del destierro
del hijo de Laertes, la dorada
luna del persa y los sin fin jardines
de la filosofía y de la historia,
el oro sepulcral de la memoria
y en la sombra el olor de los jazmines.
Y nada de eso importa. El resignado
ejercicio del verso no te salva
ni las aguas del sueño ni la estrella
que en la arrasada noche olvida el alba.
Una sola mujer es tu cuidado,
igual a las demás, pero que es ella.

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