Lo que la lluvia sostiene
Las prácticas ancestrales de las comunidades nahuas mantienen vivo un vínculo con los ciclos naturales, mientras las nuevas formas de producción alteran el equilibrio hídrico y las condiciones de vida en la región
En el sur de Jalisco, las celebraciones vinculadas al temporal de lluvias conviven con una agricultura bajo plástico que transforma el paisaje y ejerce presión sobre el agua.
El 3 de mayo, las comunidades nahuas y la población de Tuxpan, Jalisco, se reúnen en torno a la Santa Cruz. La celebración se traslada al cerro Tuxpan o Cihuapilli (del náhuatl, «señora o mujer noble»), donde una misa vespertina en la cima marca el cierre de los «encendios» a la Cruz de la Luz, realizados antes de las lluvias. A finales de septiembre, un viacrucis en este cerro y, a principios de octubre, «la vuelta al cerro», acompañada de una misa por el buen temporal, vuelven a enlazar la vida religiosa con el calendario agrícola.
Entre la fiesta de mayo y la misa de octubre transcurre buena parte del ciclo agrícola: preparar la tierra, sembrar, cuidar los cultivos y esperar la cosecha. Estos conocimientos exigen reconocer cuándo llegan las lluvias, cuánto dura el temporal y en qué momento amenaza el frío.
Los cerros también conservan huellas de esta relación con el agua. A mediados de la década de 1960, el arqueólogo Otto Schöndube (1936-2020) registró evidencias arqueológicas asociadas al culto a Tláloc, deidad de la lluvia, en los cerros Tuxpan (Cihuapilli) y San Francisco. Los hallazgos, consistentes en vasijas con su efigie, sugieren que algunas elevaciones de la región fueron espacios de culto a la lluvia en la época prehispánica.
En el vecino valle de Zapotlán, el paisaje muestra otra forma de organizar la producción. Hileras de túneles de plástico cubren los campos de berries. En 2022, la superficie dedicada a estos cultivos bajo plástico en el sur de Jalisco superaba las 6 mil 600 hectáreas, según datos de la Secretaría de Agricultura. El riego permite mantener los cultivos entre una lluvia y otra. Esta transformación modificó la organización del trabajo y la relación entre la producción y la capacidad de abastecimiento del territorio. La lluvia sigue siendo necesaria, incluso cuando el agua se extrae de pozos: ambas formas de cultivo dependen de su disponibilidad.
En la cuenca de la laguna de Zapotlán, la lluvia alimenta los arroyos que llegan al humedal y parte del agua se infiltra en el terreno. En el acuífero de Ciudad Guzmán, el volumen de agua autorizado por la Comisión Nacional del Agua (Conagua) mediante concesiones ascendía, al cierre de 2022, a 281 millones de metros cúbicos anuales, frente a una recarga media de 266 millones. Esta diferencia señala un déficit en la disponibilidad de agua.
En 2022, representantes de comunidades nahuas de Tuxpan presentaron quejas por el uso de cañones antigranizo, a los que atribuían pérdidas en sus cultivos debido a la falta de lluvia. Sus reclamos expresaban una disputa por las condiciones que hacen posible la agricultura. Al respecto, la Recomendación 05/2025 de la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco (CEDHJ) examinó esta problemática.
Ante la falta de información concluyente sobre sus efectos ambientales, la CEDHJ no confirmó esa relación causal. Sin embargo, señaló deficiencias en materia de regulación, inspección y sanción, y recomendó actuar conforme al principio precautorio, sin esperar a contar con certeza científica absoluta.
Así, la presión sobre el agua repercute en las relaciones que sostienen las fiestas y el trabajo del campo. La transformación del paisaje en el sur de Jalisco modifica las condiciones en las que sus habitantes preservan sus saberes y organizan la vida en torno al temporal. Mientras estas relaciones no se consideren en las decisiones sobre el manejo del agua, habrá pérdidas que no aparecerán en ninguna cifra, aunque sean fundamentales para comprender por qué perduran los rituales en el cerro Cihuapilli.
Para saber
Esta entidad está compuesta por aspectos de índole multicultural que durante su proceso evolutivo ha forjado de manera distintiva su identidad. Sus habitantes como parte esencial de sus componentes producen la herencia cultural material e inmaterial, representada por su entorno natural, arquitectura, urbanismo y tradiciones, los cuales, se encuentran sujetos a un proceso constante de adaptación a los tiempos modernos.