Jalisco

Antojitos con raíces tapatías: Guadalajara se come a bocados

No hace falta esperar una celebración para encontrar la memoria culinaria de la Perla Tapatía: buena parte de esta se encuentra en espacios cotidianos

Guadalajara tiene una cocina que aparece mientras se camina. Basta avanzar por sus barrios para encontrar una olla humeante detrás de una barra, una plancha ocupada por tacos, una vitrina con tostadas o un puesto donde las tortas esperan su turno para recibir salsa. Comer en la ciudad puede ocurrir sentado en un restaurante, pero también de pie junto a una banqueta, sobre un banco de mercado o alrededor de las mesas de una fonda que lleva años alimentando a sus vecinos.

Maíz, frijol, chile, jitomate y carne reaparecen de una calle a otra, aunque cada barrio los acomoda de manera distinta. La cocina tradicional tapatía permanece ligada a esa escala cotidiana: negocios familiares, mercados, fondas y puestos donde las recetas sobreviven porque alguien vuelve cada mañana a encender el fuego.

Mexicaltzingo, territorio de tortas ahogadas

Al sur del Centro Histórico se encuentra Mexicaltzingo, uno de los barrios tradicionales de Guadalajara. Sus calles conservan una relación estrecha con uno de los platillos que mejor identifican a la ciudad: la torta ahogada.

El principio parece sencillo. Un birote salado, firme y crujiente se abre para recibir carnitas de cerdo y después se cubre con salsa de jitomate. El chile de árbol determina hasta dónde quiere llegar cada comensal. La textura del pan resulta fundamental: debe resistir el baño sin deshacerse inmediatamente y conservar suficiente estructura para sostener el relleno.

En Mexicaltzingo todavía pueden encontrarse establecimientos donde comerla conserva la sencillez de la comida callejera. Platos protegidos con bolsas de plástico, cebolla desflemada, rábanos y salsa sobre las mesas acompañan una preparación que admite pocas ceremonias. Se come con las manos o con cuchara, según cuánto haya sido sumergida, y las manchas forman parte del trato.

Del barrio al Mercado Corona

Al caminar hacia el Centro, la oferta cambia casi cuadra por cuadra. Aparecen tacos dorados, birria, menudo, pozole y fondas donde las cazuelas anuncian el menú antes de que alguien entregue una carta. A la hora de la comida, trabajadores, comerciantes, estudiantes y visitantes comparten mesas mientras las tortillas continúan saliendo calientes.

El Mercado Corona concentra buena parte de esa diversidad bajo un mismo techo. Entre locales de flores, hierbas y mercancías de todo tipo aparecen barras donde pedir tacos, tortas, birria, caldos y comida corrida. El mercado permite comer rápido y continuar caminando, pero también detenerse frente a la preparación: la tortilla que toca la plancha, la carne que se corta al momento, el limón abierto sobre el plato y los recipientes de salsa esperando sobre la barra.

En las calles cercanas sobreviven fondas tradicionales del Centro. Sus menús cambian durante la semana y conservan una forma de comer asociada al mediodía: sopa, arroz, guisado, frijoles, tortillas y agua fresca. La cocina tapatía también está en esas recetas que podrían aparecer sobre una mesa familiar y encuentran en la fonda una extensión hacia la calle.

El Santuario y la hora del antojo

Hacia el norte, los alrededores del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe guardan otra parte del apetito tapatío. Al caer la tarde, los puestos de comida adquieren protagonismo entre el movimiento de vecinos y personas que atraviesan el barrio.

Los antojitos mexicanos encuentran aquí terreno fértil. Tacos dorados, sopes, tostadas, enchiladas, pozole y otros platillos construidos alrededor del maíz aparecen entre pequeñas cocinas y puestos. El sonido del aceite, las tortillas calientes y las salsas servidas desde recipientes grandes acompañan una comida que suele resolverse sin demasiada planificación: se llega, se mira qué está saliendo de la cocina y se pide.

Esa cotidianidad explica parte de la permanencia de estos negocios. La misma familia cocina, los vecinos conocen los horarios y algunos clientes saben qué pedir antes de sentarse. La gastronomía permanece unida a las relaciones que se construyen alrededor de una mesa o una barra.

Caldillos, pescado y mariscos

La comida de Guadalajara tampoco termina en los platillos asociados inmediatamente con Jalisco. En sus barrios abundan los establecimientos de pescado y mariscos, con una tradición especialmente visible en caldos, ceviches, cócteles y preparaciones fritas.

Un caldo de pescado servido muy caliente puede compartir mesa con tostadas de ceviche, camarones o tacos. Limón, cebolla, cilantro, chile y salsa vuelven a aparecer, ahora alrededor de sabores marinos. Son negocios frecuentados durante el día, especialmente a la hora de la comida, y forman parte de una ciudad que ha incorporado los productos del Pacífico a su alimentación cotidiana.

Santa Tere y la carne en su jugo

Al poniente del Centro, Santa Teresita -Santa Tere para casi todos- conserva una de las concentraciones gastronómicas más conocidas de Guadalajara. Mercado, fruterías, panaderías, taquerías y pequeños restaurantes mantienen sus calles activas desde temprano.

Aquí resulta inevitable hablar de la carne en su jugo. Carne de res cortada en trozos pequeños se cocina en su caldo y llega a la mesa acompañada por frijoles de la olla, tocino, cebolla y cilantro. Las tortillas calientes permiten comerla despacio mientras cada persona ajusta limón y salsa a su gusto.

Santa Tere muestra con claridad la relación entre barrio y comida. Se puede llegar buscando un platillo concreto y terminar comprando pan, fruta o alguna preparación para llevar. Comer está integrado al comercio y a la vida diaria del barrio.

Platillos veganos en el Expiatorio

Frente a la fuente y bajo la sombra de una de las joyas arquitectónicas más representativas de la ciudad, los puestos despliegan, todos los sábados y domingos por la tarde-noche, un santuario de antojitos completamente basados en plantas. Pozole, menudo vegano, tostadas, champurrado y una gran variedad de tamales (rajas con tofu, huitlacoche, tinga y opciones dulces como mazapán o “vegansito”), así como tacos, sopes y postres libres de productos de origen animal. El aroma a maíz, chiles secos y caldos humeantes convoca a locales y curiosos en un oasis urbano donde el antojo mexicano es el protagonista.

Guadalajara guarda buena parte de su memoria culinaria en negocios cotidianos. Para encontrarla no hace falta esperar una celebración. Está en el desayuno, en la comida de mediodía y en el antojo nocturno; en una cazuela que vuelve al fuego cada mañana y en esa esquina donde siempre parece haber alguien comiendo.

CT

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