Yo que nunca supe de los hombres
Está bien, ya les digo de dónde salió la frase de mi artículo de la semana pasada. El libro que leí se llama “Yo que nunca supe de los hombres”, de Jacqueline Harpman.
La historia trata sobre “la Pequeña”, una mujer joven sin nombre que está encerrada, por una razón desconocida, en un sótano con treinta y nueve mujeres más. Todas estas mujeres están bajo la estricta vigilancia de seis guardias que, a través de los barrotes, observan cada uno de sus movimientos. Las mujeres no tienen permitido tocarse, correr ni hacer del baño en privado. Cuarenta colchones bordean la jaula en la que estas mujeres sobreviven sin memoria alguna de cómo llegaron ahí.
Los guardias no son agresivos con ellas. Si alguna hace algo indebido, basta el chasquido de un látigo desde fuera de los barrotes para que inmediatamente ellas se retraigan. No las tocan, no les hablan, ni siquiera las voltean a ver a los ojos. Por alguna razón, estas mujeres viven aprisionadas y no saben bien de dónde vienen. Algunas de ellas tienen recuerdos lejanos de cosas como el amor y la belleza. Recuerdan bien la sensación de arreglarse para una fiesta y de sentirse guapas, pero si tenían hijos o parejas, no saben quiénes eran, ni qué es lo que fue de ellos. Estas mujeres viven un presente continuo orientado a la supervivencia sin acceso a su pasado.
“La Pequeña” se diferencia de las otras treinta y nueve en algo primordial: ella no recuerda absolutamente nada del mundo exterior. Para ella no hay mundo fuera del sótano y le frustra que las otras mujeres hablen de cosas que no entiende y que no tienen ningún sentido para ella.
Un día, las alarmas suenan, los guardias se van y la rejilla por la que entraba la comida queda abierta. Tienen la posibilidad de escaparse y, las cuarenta juntas, se embarcan en la increíble aventura de descubrir de nuevo lo que hay afuera. Vuelven a tocarse, a correr, a bañarse en el agua corriente de un río, vuelven a encontrar su humanidad sin la mirada de los guardias.
El libro, más que una intrigante historia, presenta cuestiones filosóficas profundas. ¿Quiénes somos si no recordamos de dónde venimos? ¿Cómo podemos encontrar nuestro destino si no conocemos nuestro origen? ¿Qué es lo que nos hace realmente humanos? ¿Podemos serlo si estamos totalmente desconectados de un contexto que dé sentido a nuestra existencia?
Harpman se parece a Viktor Frankl en una cosa: Aquí también las mujeres están en busca de sentido. Pero el contexto, lo que en la memoria del logoterapeuta es vital, es inexistente en el mundo de Harpman. Estas mujeres están condenadas a buscar el regreso a un hogar que ya no saben si existe, que no tienen idea de dónde está.
Estas mujeres se quedan vagando. Frankl necesita de un pasado y un futuro para que el presente tenga sentido; no puede sobrevivir al campo de concentración sin recordar a su esposa o el manuscrito que no ha terminado. La búsqueda del sentido es casi siempre relacional y temporal. Mientras que las mujeres en la novela de Harpman no tienen ninguno de los dos. No pueden anclar su sufrimiento en un amor recordado con nitidez ni en un futuro que puedan imaginar con algo de certeza.
Y, sin embargo, se cuidan, buscan, actúan y deciden salir a ver qué hay del otro lado de la rejilla. Para mí, la pregunta más importante del libro pone a prueba la tesis de Frankl llevándola al límite: ¿qué pasa con la voluntad de sentido cuando no hay ni siquiera un origen al cual referirla?
Tal vez el verdadero drama de estas mujeres no sea el sótano, ni la rejilla abierta, sino no saber de dónde vienen. Y sin tener claridad sobre ese origen, hasta la libertad más radical se vuelve otra forma de vagar.
@luciachidan