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Y si la felicidad comienza un martes…

Antes del juego alguien me dijo que la euforia que a tantos abraza en Guadalajara, sede mundialista, ya se las debían. Que era por el ahogo contenido desde febrero y sus quemazones, y también erupción poscovidiana: ocupaban exorcizar con Maná el letargo pandémico.

“A mí la felicidad me contagia felicidad”, dijo la medianoche del miércoles un tapatío. No hablaba de su ciudad y su Minerva, sino de un país que de pronto mira el score perfecto de la selección mexicana y se da permiso para soñar. “¿Y si sí?”, titula un diario capitalino como quien rasga, a nombre de todos, la epidermis plateada de un cartoncillo que oculta la posibilidad de un premio mayor. “¿Y si sí?”.  

La lógica dice que no. Y también lo dicen las traumáticas experiencias. Tantas decepciones. Pero denle ese argumento a los millones que lanzan los brazos al cielo con el tercer gol tricolor; díganles que están mal a los meseros que se olvidan de las propinas al meterse en el partido aún más que los comensales; póngase doctos con un niño en su bautizo mundialista: a ver quién se atreve a mirar a los ojos a un crío ilusionado para explicarle que no, que ni intente soñar, que una estrofa perdida del himno nacional dice que además de masiosares somos el “ya merito”. Será un desalmado quien haga eso. Los hay, qué duda cabe, pero no es hoy su momento. 

Alma. Alma colectiva hecha de miles de piernas es lo que recorre calles y avenidas antes del juego. Momento único donde todos sabemos a dónde van todos. Instante de la patria, sí, de ese término mayúsculo, en que sus hijos miran a un solo punto: a una cita de orgullo nacional.

¿Dónde están quienes decían que no veían “ambiente mundialista”? En el país de José Alfredo las cosas suceden como descifró el de Guanajuato al inmortalizar que lo importante aquí es saber llegar. La euforia mexicana acude a la cita ni antes ni después. Justo a tiempo.

Terminada la primera fase, con un récord impropio de un palmarés cuajado de maracanazos cuatrienales, quien se puede quedar en su casa cuando en el cuerpo no cabe una esperanza que, si bien no es nueva, sí parece inédita. Las alegrías en la calle son más buenas. 

“La Chona” hace que se mezan las caderas en muchas esquinas. Las cervezas se venden en la vía pública en plena ley seca. Qué mayor confirmación de lo irracional que es desde siempre esa beata restricción. Los creadores de aquello de prohibido prohibir solo se mostraron como lo que son, más cínicos que los anteriores; pero no es día de hablar de ello, por fortuna la policía también festeja, así que por hoy no toca sino simular de manera oficial que no vemos lo que vemos, porque lo que real es la ilusión de seguir avanzando, esos cuartos que parecen más tangibles que nunca: díganme que sí, no me vengan con que las estadísticas son las estadísticas. 

O vayan con sus pronósticos del pesimismo a los alrededores del Ángel, que en este caso significa un radio en varias direcciones como de dos kilómetros desde la Victoria Alada, la única que realmente podría volar y la única que no es susceptible de que la masa la lance a los aires. ¿Que el pronóstico decía lluvia? Quién dijo que a los sueños se les puede disolver en agua. 

Porque hoy, y al menos tres días más, la única duda es si, parafraseando al poeta cubano, la felicidad por fin comienza un martes. ¿Y si sí? ¡Dioses!

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