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Usar la IA para desarrollar el pensamiento crítico

En semanas anteriores hemos insistido en una idea que considero fundamental: la inteligencia artificial no debe pensar por nosotros. Pero esto no significa que necesariamente debilite el nuestro. Utilizada correctamente, puede generar el efecto contrario, obligarnos a pensar mejor.

La diferencia está en cómo nos relacionamos con ella.

Cuando una persona le pregunta a la IA únicamente para obtener una respuesta rápida y sólo para copiarla, convierte una poderosa herramienta intelectual en una máquina de comodidad. Pero cuando dialoga, cuestiona, compara, objeta y verifica, la inteligencia artificial puede convertirse en una especie de genuino gimnasio del pensamiento crítico.

Una de sus posibilidades más interesantes consiste en mostrarnos que casi ningún problema complejo posee una sola perspectiva. Ante cuestiones históricas, políticas, filosóficas, científicas o sociales, puede presentar argumentos distintos, señalar consensos, desacuerdos y zonas todavía inciertas. Ya no basta entonces con preguntar: “¿Cuál es la respuesta correcta?”. Hay que preguntarse cuál argumento está mejor fundamentado y por qué.

Ahí comienza verdaderamente el pensamiento crítico.

También podemos pedirle que contradiga nuestras propias convicciones. Que encuentre las debilidades de un razonamiento que nosotros consideramos como muy sólido. Que construya el mejor argumento posible de la posición contraria. Que señale qué evidencia podría hacernos cambiar de opinión.

Esta práctica resulta intelectualmente saludable porque uno de los mayores enemigos del pensamiento no es la ignorancia, sino el apego excesivo a nuestras propias ideas y pecar de testarudos.

La IA también puede ayudarnos a distinguir entre una opinión, una correlación y una relación causal; entre una experiencia anecdótica y una investigación suficientemente sustentada. Puede llevarnos a preguntar quién produjo determinada información, con qué metodología, sobre qué población y bajo qué intereses.

Pero existe una paradoja todavía más interesante: precisamente porque la inteligencia artificial puede equivocarse, nos obliga a mantenernos bien atentos.

Puede ofrecer información incompleta, interpretaciones discutibles e incluso afirmaciones incorrectas. Por eso no debería convertirse jamás en una nueva autoridad incuestionable. Su falibilidad puede funcionar como una advertencia permanente, por eso hay que verificar, contrastar, tener dudas razonables.

Quizá ésta sea una de las lecciones educativas más importantes que podemos transmitir a las nuevas generaciones.

No enseñarles solamente a utilizar la inteligencia artificial, sino a discutir con ella.

Preguntarle: ¿por qué afirmas esto?, ¿qué evidencia lo sostiene?, ¿qué argumento existe en contra?, ¿qué estás omitiendo?, ¿qué tendría que ocurrir para demostrar que esta conclusión es equivocada?

La máquina puede colocar muchas cartas sobre la mesa. Pero nos sigue tocando a nosotros examinarlas.

Porque pensar críticamente no significa desconfiar de todo. Es más bien aprender a darle nuestra confianza solamente después de haber pensado más a fondo las cosas.

Y justamente ahí la inteligencia artificial deja de sustituir nuestra inteligencia para comenzar a estimular la nuestra en serio.

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