Ideas

Una virtud política olvidada

Arraigado en la identificación con un idioma, costumbres, cultura e historia, el patriotismo es el aprecio profundo y gratitud por el propio país. Se trata de un sentimiento político y una práctica cívica capaz de articular a los ciudadanos en un «nosotros» inclusivo.

El patriotismo se muestra en el afecto y preocupación constante por el bienestar nacional; algo que ni siquiera se pierde cuando se emigra. Es una virtud que implica la disposición a esforzarse por la patria, lo que abarca actos como votar, pagar impuestos y brindar servicio militar o comunitario, hasta cantar el himno nacional, conmemorar a los héroes e, incluso, dar la vida.

Patriotismo, sin embargo, no es sinónimo de nacionalismo desmesurado —su vicio por exceso—, ya que no busca someter a otros pueblos, ni imponerles una cultura o forma de gobierno. El auténtico patriota rechaza el chauvinismo del «nosotros contra ellos» (una marca distintiva del nacionalpopulismo de nuestros días). Y jamás suspende su juicio crítico ni acepta todas las costumbres de su país o acciones de sus mandatarios; antes bien, critica a su nación para que esté a la altura de su credo moral, de su Constitución, de sus aspiraciones más íntimas.

En nuestro caso, lo que nos hace mexicanos no es un color de piel o nuestra raza de bronce. Es un compromiso compartido con los valores de una república representativa, democrática, federal y laica: la libertad, la igualdad, el gobierno limitado o los derechos individuales. Así pues, el patriotismo genuino es una forma de lealtad profunda, no con la pureza de una quimérica identidad eterna (una raza, etnia o religión), sino con un régimen pluralista, una comunidad viva y heterogénea y una visión moral de país.

Muchos progresistas abrazan hoy un cosmopolitismo a menudo abstracto y vacío, o un multiculturalismo relativista y reaccionario; sin embargo, como contrapeso a los nacionalpopulismos, harían bien en asumir un patriotismo ilustrado. Pues aunque sea históricamente atribuida al conservadurismo —el apego a lo propio es un típico sentimiento conservador— o incluso al liberalismo —de ahí los partidos «nacional-liberales»—, esta virtud no es exclusiva de la derecha. El progresismo, como demostró el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, también puede ser patriótico.

Por eso, en Forjar nuestro país (1998), el filósofo Richard Rorty exhortó a la izquierda estadounidense a abandonar el cinismo universitario y la apatía cívica para abrazar un «orgullo nacional» reformista, participativo y pragmático, inspirado en Walt Whitman y John Dewey. Porque, a pesar de sus yerros, Estados Unidos es un proyecto inacabado y en permanente construcción que no requiere espectadores pesimistas sino agentes dotados de esperanza. Rorty era consciente de que cualquier cambio político efectivo ha de acompañarse siempre de un vigoroso espíritu patriótico.

Volviendo al caso de México, pienso que también aquí hace falta una izquierda menos chauvinista y multicultural, que abrace el patriotismo y sea capaz de aliarse con las derechas democráticas. ¿Quién podría negar la dimensión patriótica que hay en luchar por la igualdad social, la prosperidad compartida o los derechos laborales?

Nuestra mejor inspiración para ello reside en el pasado: en los jóvenes del 68, quienes mostraron un profundo coraje patriótico al tomar las calles para exigir democracia y libertad. Esa generación sabía bien que ser fiel a un gobierno autoritario carece de todo valor, y que el patriotismo es la lealtad, no a un partido, caudillo, raza o ideología, sino a un país y sus posibilidades.

En el patriotismo están comprendidas todas las virtudes cívicas. Recuperémoslo mediante la solidaridad social, la crítica pública responsable y el acatamiento de la legalidad; en otras palabras, siendo ciudadanos activos, antiautoritarios y fieles al legado de la izquierda democrática del 68.
 

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