Un escritor inclasificable (II)
Octavio Paz promovió en la televisión discusiones intelectuales y encuentros literarios de calidad, entre cuyos protagonistas estuvieron lo mismo Jorge Luis Borges, Jorge Semprún o Salvador Elizondo que Daniel Bell, Ágnes Heller o Leszek Kołakowski, entre muchos otros grandes escritores e intelectuales del siglo XX.
Algunos de esos programas formidables se transmitieron en Televisa, aliada histórica del PRI-Gobierno. ¿Puede negarse acaso su contribución a la modernización cultural y política de México? ¿No fue en Televisa, en el célebre coloquio Vuelta, donde Mario Vargas Llosa definió al régimen mexicano como la «dictadura perfecta»? (Compárense aquellos programas con la televisión comercial que hoy se transmite.) ¿No es una tarea cívica del intelectual expresarse por medio del aula, la conferencia, el periódico, la televisión y la radio?
Ricardo Cayuela tiene razón cuando dice: «Casi de manera inconsciente, la gente suele juzgar la vida de las personas que triunfan, en el ámbito de cualquier disciplina, en función de su fama presente. Esta maldición persiguió a Octavio Paz durante los últimos veinte años de su vida, cuando la nueva generación de escritores mexicanos lo veía simplemente como una representación del poder cultural, director de una revista líder, presente en la televisión pública y privada, y no como el inconforme que siempre fue» (Para entender a Mario Vargas Llosa, Nostra Ediciones, 2008, p. 11).
Escritor inconforme, consumido por una incandescente pasión crítica, Paz no cejó nunca en su empeño de reinventarse como poeta y ensayista y de polemizar moral y políticamente. Es cierto: cometió errores y excesos —minimizó, por ejemplo, la «caída del sistema» en 1988— y debemos guardarnos de idolatrarlo. Pero el extremo opuesto, el más común —rechazar in toto su vasta y rica obra por motivos personales o pseudopolíticos—, no es más que un acto de incultura propagado por la misma izquierda autoritaria que en 1984 quemó la efigie de Paz por atreverse a criticar la dictadura sandinista y a defender las elecciones libres en Nicaragua.
El visceral rechazo de Paz impide a los nuevos lectores tener un encuentro natural y genuino con su obra; una obra que, de nuevo, se debe revisar y criticar, pero no con descalificaciones y dogmatismo, sino con argumentos y rigor. Se aprende más de un gran escritor que piensa distinto —para hallar sus limitaciones y las nuestras— que leyendo a un autor afín para confirmar nuestras propias creencias y sesgos.
Es hora de dar fin a los prejuicios que hay sobre Octavio Paz. Sin sus poemas y proyectos culturales, sin sus ensayos y declaraciones, sin sus traducciones y polémicas, México sería un país mucho más pobre. Leamos a Paz para defender la libertad, enriquecer nuestra alma e iniciarnos en los únicos credos que, siendo agnóstico, Paz profesó: la religión de México y el culto de la poesía.