Socialismo pragmático
Hace algunos años, Axel Honneth propuso una tentativa interesante de actualización del ideario socialista (La idea del socialismo, Katz, 2017). Honneth se apoya en la tradición filosófica alemana: en su mentor Jürgen Habermas y en Hegel. Su mayor inspiración intelectual, sin embargo, es el pragmatista americano John Dewey (1859-1952).
¿Por qué un liberal como Dewey resulta hoy indispensable para actualizar el socialismo? Dewey no fue nunca un liberal autocomplaciente. Del liberalismo de su época criticó su rigidez intelectual, su exiguo sentido histórico y su individualismo abstracto y economicista. Lo que había sido un ideario radical, arguye Dewey en Liberalismo y acción social (1935), se transformó en una ideología defensora del capitalismo salvaje de laissez-faire. En respuesta a ello, Dewey hizo un llamado a un «liberalismo renaciente» que, mediante la intervención estatal, atendiera las desigualdades propias de la sociedad industrial moderna.
Los individuos con los años solemos hacernos más conservadores. Lo mismo pasa con los pensadores; con Hegel, por ejemplo: un joven entusiasta de la Revolución francesa que acabó en viejo reaccionario y apologista de la monarquía prusiana. En cambio, Dewey se hizo con los años más radical, tanto así que algunos coetáneos suyos lo ubicaban, ya no en el liberalismo, sino en el socialismo democrático: tradición que también podría llamarse liberalismo social radical.
El fin del liberalismo, dice Dewey, es establecer una democracia creativa y radical basada en la interacción constante y en el libre «florecimiento de las capacidades humanas» de todos los ciudadanos. De ahí la necesidad de una libertad socializada —no meramente negativa o política— que fomente el crecimiento moral e intelectual del individuo y de la comunidad. La democracia es, de este modo, mucho más que un régimen político. Es una forma de vida basada en la experiencia y participación inteligentes que debe permear todas las prácticas e instituciones sociales.
Este proyecto casa plenamente con la idea socialista de libertad social propuesta por Honneth, quien en La idea del socialismo concuerda con Habermas en que una debilidad de la tradición socialista ha sido su incapacidad histórica para asumir la teoría democrática; y quien, ya en 1998, sostuvo que la teoría democrática de Dewey —basada en una forma reflexiva de cooperación social— era superior tanto al modelo republicano como al procedimental (véase: «Democracy as Reflexive Cooperation: John Dewey and the Theory of Democracy Today»).
Dewey, el teórico de la democracia radical más agudo del siglo XX, ofrece, pues, vías para subsanar el déficit democrático del socialismo. Por eso todo izquierdista —identificado o no con la teoría crítica— haría bien en revisar sus ensayos sobre la democracia. En castellano hay, por fortuna, una excelente antología editada por el colombiano Diego Pineda Rivera: La democracia como forma de vida (Pontificia Universidad Javeriana, 2017).
Por otro lado, ha habido desde los años setenta un fecundo diálogo entre el pragmatismo americano y la teoría crítica alemana; este diálogo es de celebrarse, sobre todo si se toma en cuenta que Adorno y Horkheimer —exiliados en los Estados Unidos durante la guerra— desdeñaron el pragmatismo como una mera forma de «razón instrumental» al servicio de la dominación capitalista.
Jürgen Habermas —asistente y sucesor de los autores de Dialéctica de la Ilustración— integró en su pensamiento elementos de la filosofía de Peirce y de Mead. El pragmatista americano Richard Bernstein, por su parte, hizo lo mismo con Marcuse y Habermas. En este diálogo destacan también figuras como el pragmatista Richard Rorty, interlocutor empático de Habermas; la teórica crítica feminista Nancy Fraser, cuya voz posee un distintivo matiz pragmático, o Hans Joas, un sofisticado pragmatista alemán, coautor, con Honneth, de Acción social y naturaleza humana (1988). Mi conclusión de este encuentro de tradiciones es que mientras más pragmática sea la teoría crítica, y más crítico el pragmatismo, mejor.
Una lección implícita en La idea del socialismo, de Honneth, es que toda tradición humana se renueva cuando se abre con generosidad e imaginación al encuentro con otras tradiciones: idea urgente en la esfera no sólo intelectual, sino ético-política. Volver a John Dewey será, pues, nuestra mejor apuesta teórica y práctica para revitalizar el socialismo y diseñar una democracia más creativa y radical.