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Símbolos del Día de Muertos

Nuestra celebración del Día de Muertos va más allá de festejar la muerte misma; se trata, más bien, de celebrar el vínculo con quienes han fallecido, al recordar su vida, agradecer lo que dejaron y, en muchas comunidades, recibir su visita.

Imaginemos a una típica familia mexicana que prepara el platillo favorito de la abuela, pone su fotografía y enciende una vela. Mientras cocina su platillo predilecto, alguien recuerda sus ocurrencias; otro cuenta alguna anécdota de cuando era más joven o quizá alguien llora aún su ausencia. Lo festivo nace de traerla de nuevo al presente con una alegría especial, no de celebrar su muerte ni la muerte misma.

En el altar se plasma un sincretismo entre viejas tradiciones ancestrales autóctonas, algunos símbolos católicos y la piedad popular. La ofrenda permite acercarnos a su significado más íntimo. En muchas variantes, el agua recibe al visitante fallecido para calmar su sed; las velas y los caminos hechos con la bella flor de cempasúchil lo orientan para no perderse en el retorno a casa, y la comida responde a sus gustos personales; el retrato identifica a la persona homenajeada. Son objetos que componen un lenguaje de hospitalidad hacia nuestros seres queridos que ya han partido.

Seguimos cuidando a alguien que ya no está entre nosotros. Prepararle su café o recordar su canción preferida convierte el afecto que le teníamos en un detalle presente. El muerto conserva su nombre, sus preferencias, algo de su historia y el lugar que ocupó en la familia. La ofrenda hace visibles esas emociones y revive su existencia de manera más grata, sin el dolor de su partida.

No se trata de reírnos o de burlarnos de la muerte, sino, más bien, de recordar a nuestros seres amados sin sufrir el duelo ni hacer un drama. Es también recordarnos que todos seguiremos por ese mismo camino algún día y saber que detrás de nuestra piel está la calavera. Por ello, en algunas familias se elaboran jocosas poesías sobre los vivos, pero recordando que la muerte vendrá por cada uno de nosotros.

La fiesta puede ofrecer un tiempo compartido para hablar de quien nos falta, expresar gratitud, llorar y recuperar también algunos momentos alegres. Una carcajada al recordar una anécdota no cancela el dolor. Ambas emociones pueden referirse a la misma persona y al mismo amor que le tuvimos. Tampoco tendría sentido exigir alegría a quien vive una pérdida reciente; la celebración pierde su capacidad de acoger cuando se quiere imponer una emoción inoportuna.

La calavera puede recordarle al poderoso, al rico o al presumido que todos vamos a compartir la misma condición mortal. La célebre Catrina Garbancera de José Guadalupe Posada pertenece a esa historia moderna.

En fin, los mexicanos tratamos a nuestros fallecidos con alegría al recordarlos y esperamos nuestra muerte sin miedo.

dellamary@gmail.com
 

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