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Serpientes y escaleras: la ciudad que pudimos ser

Guadalajara acumula desigualdades como capas geológicas. Cada una guarda rezagos, fracturas y diferencias que tarde o temprano emergen en la vida cotidiana, haciendo visibles tensiones que durante años permanecieron latentes. Como en un juego de serpientes y escaleras, la ciudad ascendió en competitividad, capacidad de atraer inversión y sofisticación económica, pero descendió en aspectos fundamentales para quienes la habitan, como la seguridad pública y el suministro de agua potable.

Durante décadas, la división más visible de la desigualdad urbana fue la Calzada Independencia. A un lado y al otro se distribuyeron históricamente el ingreso, la infraestructura y las oportunidades. Guadalajara aprendió a reconocerse a sí misma a través de esa frontera urbana que no solo separaba territorios, sino también oportunidades de vida.

Pero hoy esa ya no parece ser la única frontera que define a la ciudad. Existe otra, menos visible pero igualmente profunda: la distancia entre la ciudad que se imaginó y la ciudad que realmente se ha construido. Durante las últimas décadas, esa aspiración tomó forma en una visión de ciudad innovadora y cosmopolita. Pero como ocurre con muchas promesas urbanas, el paso del tiempo ha erosionado parte de su brillo y hoy luce menos convincente.

Bajo la influencia de ideas asociadas a la economía creativa y la innovación, como las desarrolladas por Richard Florida, Guadalajara apostó por consolidarse como un polo tecnológico mediante proyectos como Ciudad Creativa Digital, con la expectativa de atraer inversión extranjera, generar empleos de alto valor agregado, integrarse a ecosistemas globales y competir en industrias creativas y del conocimiento.

Y, en muchos sentidos, esa apuesta produjo resultados concretos. Guadalajara se consolidó como uno de los principales ecosistemas tecnológicos de México. Su industria electrónica participa en cadenas globales de valor, alberga empresas internacionales vinculadas con la tecnología y la manufactura avanzada, y cuenta con una sólida base de talento formada por sus universidades.

Esa inserción global también se reflejó en los flujos de inversión extranjera directa. Durante el primer trimestre de 2025, Jalisco atrajo cerca de 607 millones de dólares y avanzó del noveno al sexto lugar nacional en captación de inversión extranjera directa, de acuerdo con la Secretaría de Economía.

Sin embargo, la competitividad internacional no siempre se traduce en una mejor experiencia urbana para quienes habitan la ciudad. Hoy percibimos una disonancia entre la aspiración de una ciudad global y la experiencia urbana cotidiana. Basta observar la conversación pública reciente para advertir la paradoja: una ciudad que busca proyectarse internacionalmente no ha podido resolver problemas básicos que condicionan la calidad de vida de millones de personas.

Resulta difícil sostener una narrativa de sofisticación económica cuando amplias zonas de la ciudad siguen enfrentando problemas persistentes de inseguridad y abastecimiento y calidad del agua.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental, nueve de cada diez personas desconfían de la calidad del agua que recibe en el Área Metropolitana de Guadalajara. Diversos estudios, elaborados por organizaciones civiles y universidades, documentan problemas como agua con mal olor, turbia o con metales pesados y sedimentos, además de las preocupaciones sobre los posibles efectos en la salud asociados a su consumo. A ello se suman los cortes recurrentes y la distribución desigual del servicio entre zonas de la metrópoli.

La inseguridad representa una expresión todavía más severa de esa disonancia. A la violencia cotidiana se suma el drama de las desapariciones: Guadalajara concentra la mayor cantidad de casos de desaparición en Jalisco con dos mil 380 registros, de acuerdo con el Informe Nacional sobre Desapariciones 2026. A ello se agrega una percepción de inseguridad notablemente elevada entre la población: el 78% de los tapatíos se sienten inseguros, según la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana. Cuando el miedo se vuelve parte de la rutina, cualquier relato de éxito urbano pierde su capacidad de persuasión.

Durante décadas se ha sostenido que los centros urbanos concentran el futuro. Que su fortaleza radica en la aglomeración de personas, talento, innovación y actividad económica en un mismo espacio. Esta idea, desarrollada por economistas urbanos como Edward Glaeser, parte de una premisa poderosa: la proximidad genera intercambio de ideas, innovación y crecimiento.

Y es cierto. Pero esa promesa depende de algo más elemental: que el gobierno de la ciudad sea capaz de garantizar su funcionamiento cotidiano.

La buena salud de una ciudad no se mide únicamente por el desarrollo económico, sino por la confiabilidad de los servicios que ofrece todos los días a sus habitantes. El agua que llega a los hogares, las calles arboladas y sin baches, la limpieza del espacio público y la seguridad cotidiana forman parte de la infraestructura esencial del desarrollo. Las ciudades triunfan cuando atraen inversión y empleo, pero mantienen ese éxito únicamente cuando sus gobiernos tienen la capacidad de prestar servicios públicos de calidad de manera constante.

El verdadero desafío de Guadalajara ya no consiste solamente en atraer inversión, empleo y talento, sino en responder de manera eficaz a las necesidades cotidianas de la población. Cuando la capacidad institucional se debilita, incluso los logros económicos pierden significado para quienes habitan la ciudad.

En el juego de serpientes y escaleras, las ciudades no retroceden porque dejen de soñar en grande. Retroceden cuando sus gobiernos dejan de garantizar las condiciones básicas para una adecuada calidad de vida. Una ciudad desarrollada no se define primordialmente por sus promesas de futuro, sino por la capacidad de responder de manera confiable a las necesidades del presente.

La principal brecha de Guadalajara ya no separa únicamente al oriente y al poniente. También divide sus aspiraciones cosmopolitas de las capacidades institucionales necesarias para hacerlas realidad. Esa disonancia revela la contradicción entre la Guadalajara que imaginamos, aquella que pudo ser, y la ciudad que hemos sido capaces de construir.

Eugenio Arriaga Cordero es doctor en estudios urbanos por la Universidad estatal de Portland y académico de la Esarq.

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