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Se vale soñar

Los torbellinos pasan, como todo en la vida. En el caso de nuestro país, el torbellino del Mundial ha pasado, dejando múltiples beneficios y también algunas pérdidas. Es hora de hacer el recuento. Cabe destacar que la gesta deportiva dio cauce a una impresionante necesidad existencial de la sociedad: vivir alejada del conflicto cotidiano. 

Los mexicanos, que poseemos una mentalidad mágica, soñamos y ¿quién no sueña? Nos evadimos de la realidad y por espacio de varias semanas vivimos nuestras fantasías: “¿Y, si sí?”. Nos alejamos de las frustraciones de la vida diaria y, en una explosión colectiva, la alegría llenó nuestro espacio vital. El tuyo, el mío, el de nosotros. En ese instante, no hubo diferencias entre ricos y pobres; las regiones del país estaban habitadas por personas que sentíamos lo mismo, creíamos y queríamos lo mismo; éramos iguales. Fue maravilloso. Por poco más de un mes, el ciudadano de a pie retomó la calle, recuperó la ilusión y guardó su miedo en casa.

Reflexión aparte merece la Selección. Sin dejar de reconocer que existe un cuerpo directivo que fija las reglas de operación, en lo relativo a la integración y el funcionamiento deportivo, se impusieron la visión y la dirección técnica por encima de cualquier otro interés. La incorporación de Julián Quiñones, Álvaro Fidalgo y el joven Gilberto Mora tiene un profundo significado: debemos estar abiertos para resolver nuestros problemas sin prejuicios y esto, precisamente, hizo Javier Aguirre. No solo conjugó a los mejores, sino que les imbuyó una filosofía de éxito y construyó un grupo humano con orgullo de pertenencia y un compromiso social explícito. 

Los niños y los jóvenes deben saber que detrás de cada jugador y miembro del cuerpo técnico hay una historia de esfuerzos. Nadie te regala nada. 

Mención especial merece la afición. Nunca, en la vida del país, los mexicanos, como ahora, nos sentimos legítima y auténticamente representados. Jamás, en nuestra historia lejana y presente, se concentraron voluntariamente, en los espacios públicos de toda la nación, millones de mexicanos para vibrar al ritmo de los partidos de futbol. Fue hermoso atestiguar el río de jóvenes y no tan jóvenes, tomados de las manos, caminando hacia los centros de reunión. La conexión entre el equipo y los aficionados fue tal que, a pesar de haber sido eliminados, nadie se sintió defraudado. Hay algo muy importante en este hecho: el renacimiento de la esperanza. Nos vimos en el espejo y no nos lastimaron nuestras imperfecciones. Sabemos que podemos superarlas. 

No sé hasta dónde haya calado en la sociedad la catarsis que produjo el Mundial en nuestro subconsciente colectivo. Desconozco sus consecuencias, pero de algo estoy seguro: hay un antes y un después. ¿Qué seríamos capaces de construir si aplicamos con disciplina y honestidad esa vitalidad a un proyecto que, con visión de futuro, nos permita crear sinergias positivas? Así como la pandemia nos modificó, los efectos del Mundial se vivirán en el futuro y serán para bien de México. ¡Enhorabuena!

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