Regreso a clases: lo que me faltó
Agradezco a mis queridos lectores, que se hayan tomado su tiempo en escribirme para comentarme que les gustaría que siguiéramos recordando cómo era el regreso a clases, al menos en la época que me tocó la primaria, finalizando la década de los cincuenta del siglo pasado.
Con gusto lo hago y nuevamente agradezco a EL INFORMADOR la hospitalidad que me brinda para publicar mis artículos.
Recuerdo claramente el olor a la madera recién tajada de los lápices Mirado de color amarillo con la goma rosa, el de la plastilina, el de la tinta para las plumas fuente.
Antes no había mochilas con rueditas ni forraban los libros y cuadernos en las papelerías. En la mesa del comedor era común ver pliegos de papel estraza con los que mamá, esmeradamente los dejaba listos para el inicio de clases.
El cuaderno que más usábamos era de raya sencilla; recuerdo una marca que se llamaba Tigre y otra que se llamaba Zorrito. Eran de papel cartoncillo que contenían espacios para poner el nombre del alumno, el de la escuela y el del año escolar. Al reverso venían impresas las tablas de multiplicar y la mayoría estaban cosidos aunque también había engrapados. No existían o al menos a mí no me tocaron en ese tiempo los cuadernos de espiral.
En las listas de útiles escolares, se especificaba que los cuadernos fueran de forma francesa o italiana. Los de forma francesa eran verticales, más altos que anchos, y los de forma italiana eran en cambio horizontales, es decir más anchos que altos. En estos últimos aprendí mis primeras letras, en los cuadernos de doble raya que exigían una caligrafía clara, casi perfecta, para que fuera legible y agradable a la vista y eso me sirvió, modestia aparte, para tener una letra parejita.
A las tareas que hacíamos en los cuadernos se les llamaban planas; cuando aprendimos a escribir, teníamos que repetir una y otra vez a lo largo de la plana frases que finalmente nos ayudaron mucho en la caligrafía: ¿recuerdan algunas como “ese oso se asea”, o “mi mamá me mima” y otras por el estilo?
Seguramente también se acordarán de nuestros primeros libros como el de Carmen G. Basurto, o el libro de lectura “Amanecer” de Santiago Hernández Ruiz o el de Gramática de Rosario Gutiérrez Eskildsen o “Compendio de Historia Sagrada” de FTD de los hermanos maristas. Sus siglas significan Frère Théophane Durand, Superior General de la orden entre 1883 y 1907 según tengo entendido.
Dentro de la lista de útiles, los maestros preferían el lápiz a la estilográfica por aquello de los borrones, que como decía a ustedes la semana pasada, era mejor usar el borrador de migajón, sin embargo, en mi caso, empecé a escribir con lápices pero cuando mis papás me cambiaron de escuela la exigencia aumentó y empecé a usar el canutero y conocí el papel secante. Toda una experiencia.
El canutero era un manguillo que tenía una punta que sumergíamos en el tintero, cuidadosamente lo descansábamos en el frasco de tinta para que no goteara y a continuación empezábamos a escribir; en el caso de algún derrame, el papel secante hacía su aparición, venía en unos cartoncillos cuyo reverso era poroso y absorbía el exceso de tinta. Era todo un arte. Hoy día, sigo prefiriendo el uso de la pluma fuente sobre la estilográfica.
Por cierto, el uso del vocablo canutero o manguillo era indistinto, se referían ambos, a ese instrumento de escritura.
Ya en alguna otra página les contaré mis historias relacionadas con el uso de la pluma fuente que hoy día me proporciona el inmenso placer de escribir, que, aun y con el avance de las computadoras que incluyen el dictado inteligente, prefiero la letra manuscrita y además con pluma fuente. A mi esposa le encanta que le deje en su mesita de noche algún pensamiento para desearle dulces sueños escrito con mi pluma fuente.
Bueno, pasemos a la Geometría. De los recuerdos que tengo más intensos, son las enormes escuadras, el compás, el transportador y la regla, todos de madera, y pesados; los usábamos cuando nos pasaban al pizarrón que se nos hacía enorme cuando estabamos en la tarima. Estaban colgados a un lado del pizarrón, y parecían instrumentos de tortura cuando de trazar figuras geométricas se trataba, que si el triángulo isósceles, que el paralelogramo, o el paralepípedo rectángulo, cuando escuchábamos toque del recreo o de la hora de la salida, por fin bajábamos de la tarima y literalmente nos salvaba la campana.
Los pizarrones eran de color verde o negro y allí quedaron horas de sacrificio de nuestros maestros dándonos las lecciones diarias pero también horas de angustia y sufrimiento cuando nos pasaban a hacer alguna operación y como les decía con las figuras geométricas, la luz del Espíritu Santo nomás no llegaba y se sentía uno como boxeador al borde del nocaut.
Regresando a los cuadernos; teníamos clases de solfeo y música y por tanto eran imprescindibles los cuadernos pautados; también nos pedían para aritmética, cuadernos de cuadrícula grande y chica. La plastilina de colores era otro de los encargos de compra para el regreso a clases. Muchas veces hicimos trabajos manuales con la plastilina. Uno de los que mejor recuerdo era un campo petrolero que hice con palillos para simular las torres, bueno, he de sincerarme, eso de que hice… mi mamá fue la ingeniera constructora y yo era el chalán, ni más ni menos.
Recordar el regreso a clases es interminable; no es posible en dos entregas agotar los temas; volver a ver a los compañeros en el patio y jugar con ellos lo mismo futbol que espírol o ponernos a intercambiar cartitas cuando aparecían aquellos álbumes como el de banderas del mundo, de astronomía, de ciencias, de historia o de futbol, el de Disneylandia, híjole, los recuerdos se aglutinan y las manos no me dan para escribir más rápido lo que estoy pensando. Veo la extensión de mi relato, y se me está acabando el espacio y tengo tantas cosas más que contarles, pero hay más tiempo que vida y en fecha próxima retomaremos el tema.
Los chicos regresan a clases y les deseo lo mejor. Los mejores años de la vida los pasa uno en la escuela. Aprendan divirtiéndose y diviértanse aprendiendo, contágiense de la alegría de sus compañeros y ustedes transmítansela a ellos; pongan mucha atención a sus profesores, ténganles respeto, son como sus segundos padres, sigan sus consejos, cumplan con sus tareas, cuiden sus útiles escolares, el mobiliario de la escuela, cuiden su apariencia y su vocabulario, el futuro de nuestro país está en sus manos. Aprovechen la oportunidad que Dios les da para ir a la escuela, allí está su presente pero también su porvenir, no la dejen pasar.
Por ahora es todo, les agradezco nuevamente sus bondades con la lectura de mi columna, sus correos electrónicos y su preferencia por EL INFORMADOR.
Aquí lo espero el próximo domingo, si Dios quiere, cuando abriremos otra página de mis recuerdos; por hoy tengo listo el café, los bisquets, la mantequilla y la mermelada y atendiendo una sugerencia, a partir de la semana próxima vamos a ir variando el menú. Ustedes mandan. Feliz domingo.