Regreso a clases
Las escuelas primarias se aprestan a recibir de nuevo a sus alumnos. Durante el período vacacional de verano, se pintaron los planteles, se acondicionaron los salones, se repararon los mesabancos, se pulió el pizarrón, los maestros estuvieron en capacitación y todo está listo para que esos lugares de momento silenciosos y solitarios de nuevo se llenen de la alegría de las voces de niños y adolescentes, que como parvadas de pajaritos correrán por patios y corredores y volverán a darle vida y alegría.
Para los papás, en cambio, empiezan las angustias con el pago de la matrícula, los uniformes, los útiles escolares, y para los niños la ansiedad hace presa en sus corazones, con la alegría del reencuentro con sus compañeros, con la expectación de conocer a alguno que otro de nuevo ingreso, al nuevo profesor, y sobre todo por los libros y útiles nuevos.
Algo que usé por varios años en primaria fue una mochila café de cuero, muy bien elaborada, y evidentemente duradera a la que bauticé como “la indestructible” y siempre lucía impecable porque la cuidaba mucho, pero la envidia (mala consejera) por ver a mis compañeros estrenar los nuevos modelos, aunada a la negativa de mis papás de comprarme otra pues se encontraba en buenas condiciones, me dio una idea que espero mis pequeños lectores no la adopten. Ya verán por qué.
Se me ocurrió arrojarla desde la azotea de mi casa, que por aquel entonces estaba ubicada por la calle Madero casi esquina con Escobedo, con la peregrina esperanza de que con el golpazo y el paso encima de ella por algún carro o camión de los Centro Colonias, que por ahí bajaban rumbo a la Calzada, la dichosa mochila de cuero quedara aplastada como corcholata y al fin pudiera a estrenar, pero no tuve suerte; la mochila no solo sobrevivió, agarró más fuerza y ahora me sirve, ya medio destartalada, para guardar algunos de mis cuadernos de notas. Se ganó a pulso mi cariño; ha sido mi compañera de muchos años y seguramente seguirá siéndolo hasta que Dios lo decida.
Dejemos la mochila. La compra de útiles implicaba también la de los uniformes escolares; el crecimiento natural hacia arriba y hacia los lados, implicaba una talla más grande y acudíamos aquellas tardes lluviosas a La Colonial de Mexicaltzingo, ubicada justo en Colón y Mexicaltzingo, que presumía tener el más grande surtido de uniformes escolares, a comprar mi uniforme nuevo con todo y zapatos, así como el uniforme deportivo; los tenis eran blancos con suelas de goma; creo que alguna ocasión también me llevaron mis papás a comprar mi uniforme a la Sastrería La Económica por la calle Pedro Moreno rumbo a San Juan de Dios, donde, y en eso sí estoy seguro, vendían trajecitos de primera comunión.
La lista de útiles era proporcionada por la dirección de la escuela una vez matriculado el alumno, y lo más pronto posible mis papás acudían al centro a surtirla para evitar aglomeraciones.
Mi mamá era muy ahorrativa y tan pronto salíamos de vacaciones en junio, durante dos meses, iba “pian pianito” como decía, guardando en la alcancía, para que no fuera tan impactante en la economía familiar la compra de los libros nuevos; a los cuadernos que se habían usado poco, les poníamos forros nuevos y los volvíamos a usar y en el caso de las plumas que recuerdo eran marca Wearever y los lapiceros marca Scripto, simplemente se les compraban repuestos nuevos y seguían funcionando.
Entre las muchas cosas que aprendí de mis papás, fue el cuidar las cosas. Mi padre usaba mucho un refrán que decía “Lo difícil no es tener sino saber conservar” y bueno, ahí está el claro ejemplo de la mochila que incluso resistió mi acto de sabotaje.
En los días más cercanos al ingreso a clases, el centro estaba atiborrado de familias enteras buscando los libros de texto que muchas veces no se encontraban en la librería preferida. Por aquel entonces, hablo de la década de los sesenta del siglo veinte, las librerías más importantes de la ciudad eran la Librería Font, la Carlos Moya, la del Estudiante y creo que aún existía la Librería de Don Fortino Jaime, uno de los más queridos libreros de la Ciudad, dueño de “El Árbol de Navidad” y “Al Libro de Caja”.
De las papelerías, recuerdo la Papelería Romero, que se encontraba justo enfrente de la Librería Font, por la calle López Cotilla entre Ocampo y Galeana, así que, si comprábamos los libros en la Font, cruzábamos la calle a comprar los cuadernos, lápices y plumas en la Papelería Romero, que estaba casi a un lado de donde se estableció la Farmacia Guadalajara en el año de 1942, ya en años posteriores la Librería de Don Alejandro Casarrubias tenía un amplio surtido de libros de texto.
El olor de las papelerías es muy especial e inconfundible; cuando vemos los cuadernos nuevos así como los libros y los lápices tarde se nos hacía para ponerles nuestro nombre, forrarlos y tenerlos listos para el primer día de clases. Algo que sí era obligado comprar cada año, era un estuche de geometría, porque las reglas, las escuadras y el transportador eran hechos de un plástico muy frágil. Venían fijados a un cartoncito y más de alguna vez al quererlos sacar del estuche se rompían; el compás era metálico con plástico rojo y solo traía una puntilla; cuando lo ajustábamos, el botoncito rojo del ajuste no soportaba la presión de los brazos metálicos, la bisagra cedía y el dichoso botoncito sabe Dios adonde iba a parar y era como buscar una aguja en un pajar. Los compases llamados de precisión, permitían un manejo más seguro; se ajustaban con un tornillo de presión; en la cabeza tenían un arito que permitía mejor sujeción, pero lamentablemente eran caros.
Algo que nos hacía batallar mucho eran los borradores de dos colores, el rojito que borraba escritura de lápiz y el azul que supuestamente borraba la tinta, pero eran extremadamente rígidos y acababa el cuaderno o con manchones o con la hoja rota de tanto pasar y pasar el dichoso borrador; eran mejores los de migajón.
Los colores eran cuento aparte. Aquí en estas mismas páginas en más de alguna ocasión les mencioné algunas de las marcas que incluso sigo viendo por ahí, como los Prismacolor, Vividel, Faber Castell, Mapita, Blanca Nieves, Jungla y alguna otra que por ahí se me escapa.
En especial recuerdo una cajita que era la favorita de mis papás, yo creo que por económica, pero lo barato cuesta caro; eran marca Tony, y a diferencia de los que menciono, no tenían 12 o 24 colores; los Tony tenían solo cinco, lo peor no era el poco surtido de colores, sino que les sacaba y sacaba punta con el pequeño sacapuntas de plástico que invariablemente nos vendían en las papelerías, y se les caía la punta con suma facilidad.
Cuando me los compraban, sigilosamente, tomaba una de las hojas de afeitar de mi papá, que eran marca Gillette, y con ellas les sacaba punta, aunque en el pecado llevaba la penitencia porque como que no era muy diestro en esos menesteres, terminaba con los dedos llenos de tajarrazos de la navaja, pero al menos, me duraban más que cuando utilizaba el sacapuntas.
En más de una ocasión me los llevé a la oficina de mi abuelo ubicada en el Edificio Lutecia, en Colón y Juárez, para sacarles punta con una maquinita que tenía la secretaria fija en su escritorio, pero a la vuelta y vuelta de la manivela, el lapicito terminaba por desaparecer por completo, así que la mejor opción ante la imposibilidad de cambiar de marca, era la Gillette roja, aun a costa del dedo.
Regresar a clases también representaba volver a ver a los compañeros, jugar con ellos, platicar nuestras experiencias en las vacaciones, volver a hacer nuevos amigos, un nuevo salón, los útiles nuevos, el nuevo maestro, y para los papás, después del susto en la cartera con los gastos, un poco de sosiego, aunque las levantadas temprano volvían pero todo vale la pena, pues finalmente todo esfuerzo tiene su recompensa tarde o temprano.
Bueno, por hoy aquí le dejamos. Los invito a reencontrarnos el próximo domingo si Dios quiere aquí en EL INFORMADOR. Los espero con café, bísquets, mantequilla y mermelada. Bendiciones.