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¿Reelección de alcaldes?

El gobernador Pablo Lemus ha puesto de nuevo la reelección de alcaldes en la agenda pública al calificar como un “retroceso democrático” la eliminación de la reelección de presidentes municipales y pedir que vuelva a considerarse, aunque con límites. Su argumento parte de una experiencia cercana: los cerca de doce años de continuidad política en Zapopan que, a su juicio, permitieron desarrollar una visión de ciudad de largo plazo y evitar que cada administración tuviera que comenzar de cero. La discusión resulta pertinente porque México apenas ha experimentado durante unos años la posibilidad de reelegir a sus alcaldes.

Durante buena parte de la historia política mexicana, la palabra reelección estuvo asociada con una idea que parecía incuestionable: el poder debía tener límites. La experiencia del Porfiriato convirtió el principio de “sufragio efectivo, no reelección” en uno de los pilares de la cultura política mexicana. Aun así, la reforma político-electoral permitió la reelección consecutiva de los alcaldes por un periodo adicional.

El razonamiento era claro: tres años podían ser insuficientes para gobernar. En palabras de Pablo Lemus, el primer año de los presidentes municipales es para aprender, el segundo para trabajar y el tercero para buscar otra posición política, descuidando su responsabilidad como alcalde. Si un presidente municipal hace un buen trabajo, ¿por qué obligar a los ciudadanos a sustituirlo?

La reelección introducía, además, una idea poderosa: el ciudadano podía convertirse en juez del gobierno municipal. Un alcalde tendría que preguntarse si sus resultados serían suficientes para convencer a los ciudadanos de darle otros tres años. La reforma, sin embargo, tuvo una vida corta. La nueva reforma constitucional prohíbe la reelección consecutiva de presidentes municipales a partir de los procesos electorales de 2030.

¿Fue un error haber permitido la reelección? No necesariamente.

El principal argumento a favor de la reelección municipal es también el más democrático: si un alcalde gobierna bien, ¿por qué impedir que los ciudadanos vuelvan a votar por él? La posibilidad de reelegirse puede modificar radicalmente los incentivos de un gobernante. Un alcalde que quiere permanecer en el cargo sabe que tendrá que entregar resultados para obtener nuevamente el voto ciudadano. La continuidad deja de depender únicamente de los acuerdos entre partidos y puede quedar sujeta a la decisión de los electores.

La reelección puede generar, además, continuidad. Un gobierno municipal enfrenta problemas que difícilmente pueden resolverse en tres años: inundaciones, infraestructura urbana, seguridad, recuperación de espacios públicos, ordenamiento urbano o limpieza. Muchos proyectos importantes requieren varios años para diseñarse, financiarse y ejecutarse.

La posibilidad de permanecer en el cargo permite también reducir el costo de aprendizaje. Un presidente municipal llega al poder sin conocer necesariamente todos los procedimientos administrativos, las redes institucionales, los problemas financieros del ayuntamiento o incluso las particularidades de la ciudad. Cuando empieza a dominar la administración, su periodo puede estar terminando. La reelección busca resolver precisamente ese problema.

No es casual que uno de los argumentos utilizados en México para defender la reforma que posibilitó la reelección de alcaldes fuera precisamente la profesionalización de los gobiernos municipales, la continuidad de proyectos, una mayor eficacia y un vínculo más directo entre desempeño y voto ciudadano. La lógica es poderosa: si el alcalde funciona, que se quede; si fracasa, que se vaya.

Pero existe otra perspectiva sobre la reelección.

Un alcalde no compite en las mismas condiciones que un candidato que intenta llegar por primera vez al poder. Tiene visibilidad, estructura política, acceso a recursos públicos, presencia en medios de comunicación, relaciones con contratistas, capacidad de distribuir obra pública y programas sociales y, en muchos municipios, una red de funcionarios públicos y personas que dependen políticamente de su administración.

La reelección puede transformar esa ventaja institucional en una ventaja electoral. El mismo mecanismo que permite castigar a un mal alcalde puede permitir que este construya una maquinaria imparable para permanecer en el poder.

A este respecto cabe hacer una distinción importante: no es lo mismo que la reelección fortalezca al ciudadano que al alcalde. En el primer caso, la reelección es un dispositivo de rendición de cuentas. En el segundo, puede convertirse en un mecanismo para asegurar la permanencia en el poder.

El problema es particularmente delicado en México porque muchos municipios tienen instituciones de fiscalización débiles, medios de comunicación locales con pocos recursos y estructuras políticas donde las relaciones personales, partidistas y familiares pueden tener un peso considerable.

La posibilidad de reelegirse puede incentivar también el clientelismo. Un alcalde puede sentirse tentado a favorecer aquellas obras o programas que produzcan beneficios electorales visibles, aunque no sean necesariamente los más importantes para la ciudad. Incluso puede ocurrir lo contrario de lo que pretende la reelección: que el gobernante deje de pensar en el largo plazo precisamente porque está pensando en la siguiente elección.

Paradójicamente, la reelección puede limitar el poder porque obliga al gobernante a someterse nuevamente al veredicto de los ciudadanos. Pero también puede concentrar el poder porque permite que quien ya controla el gobierno utilice sus ventajas para permanecer en él.

Por eso, la pregunta no es simplemente si debemos estar a favor o en contra de la reelección de los alcaldes, sino si la reelección aumenta la capacidad de los ciudadanos para controlar al presidente municipal o amplía la capacidad del alcalde para controlar la elección.

Si existen instituciones sólidas, transparencia, fiscalización, medios de comunicación independientes, competencia electoral y límites efectivos al uso de recursos públicos, la reelección puede ser una herramienta extraordinariamente democrática. Permite conservar a un buen gobernante y expulsar a uno malo. Pero si esas condiciones no existen, la misma institución puede producir exactamente el efecto contrario: clientelismo, concentración del poder, captura de recursos públicos y construcción de cacicazgos locales.

Al final del día, la cuestión no es solo si un alcalde debe o no permanecer más tiempo en el cargo, sino si la reelección fortalece el poder de los ciudadanos para premiar o castigar a sus gobernantes en función de sus resultados o termina por consolidar la capacidad de los gobernantes para conservar el poder.

Eugenio Arriaga Cordero es doctor en estudios urbanos por la Universidad estatal de Portland  y académico de la Esarq.

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