La silla vacía
No se sabe si a la Presidenta Claudia Sheinbaum le gusta el futbol, pero lo que sí se sabe, por sus acciones, es que le da escozor lo que representa como negocio. El futbol es, desde su nacimiento, una empresa privada administrada por la FIFA, que lo ha expandido y ha hecho de la asistencia a los estadios, sobre todo en la Copa del Mundo, un privilegio para los que más tienen o para quienes están dispuestos a endeudarse. Como nunca antes, el Mundial levantó fuertes quejas por el alto costo de los boletos en México y Estados Unidos.
Sheinbaum no asistirá a la inauguración, y como gesto de empatía social, le regaló su boleto a una niña indígena futbolista. Fue una jugada política que hay que ver como los goles en el futbol, atrás de la portería. Para las imágenes es perfecto. El símbolo es de rechazo al cuestionado negocio del futbol, austeridad republicana e inclusión. Para la narrativa, fue superior a respetar los protocolos diplomáticos y acompañar a Cyril Ramaphosa, presidente de Sudáfrica, contra quien jugará México en la inauguración, quien hasta ahora no ha cancelado su asistencia. Pero para la memoria de este sexenio, la realidad, menos romántica, será su miedo al abucheo.
No es la primera vez que un presidente mexicano le tiene miedo al repudio, pero sí será la primera que prefirió guardarse antes que exponerse y escuchar el grito de la gente. Gustavo Díaz Ordaz inauguró los Juegos Olímpicos de 1968, diez días después de la matanza de Tlatelolco, bajo los gritos de asesino. Miguel de la Madrid inauguró la Copa del Mundo de Futbol en 1986, con la furia del público gritándole “culero”, por la percepción de que se paralizó durante el terremoto en la Ciudad de México un año antes.
Sheinbaum hará historia. Nunca antes un jefe de Estado había dejado su silla vacía en la inauguración de una Copa del Mundo. Se especuló que el francés Albert Lebrun fue el primero en 1938, pero hay evidencia que asistió -incluso que pateó el pasto en lugar del balón-. Nelson Mandela no estuvo en la inauguración en 2010, en el juego contra México, por la muerte de su nieta. Y Dilma Rousseff , no asistió a la inauguración de los Juegos Olímpicos en Río de Janeiro, porque estaba suspendida como presidenta sometida a desafuero político, pero asistió el presidente interino Michel Temer.
No existe una obligación jurídica internacional que obligue al jefe de Estado a asistir, y la FIFA, como el Comité Olímpico Internacional, no pueden obligarlos. Pero sí hay una costumbre diplomática consolidada, por lo que altera los usos y costumbres políticos y diplomáticos. En eventos de esa magnitud, se espera que el jefe de Estado o de Gobierno encabecen la bienvenida oficial, asistan a la ceremonia inaugural y reciba a dignatarios extranjeros, como hizo el presidente de Francia, Emmanuel Macron en los Juegos Olímpicos de París hace dos años, donde tuvo una asistencia discreta, pero se reunió con más de 100 líderes del mundo presentes. Se espera que Sheinbaum reciba a Ramaphosa antes del partido, pero no está confirmado. Tampoco si se reunirá con el rey Felipe VI que viajará a Guadalajara al partido entre España y Uruguay.
Las ausencias suelen interpretarse políticamente, aún si formalmente no violan reglas. Las inauguraciones son un escaparate internacional para mostrar legitimidad y unidad nacional, y en países polarizados, como México, se evalúan riesgos como los abucheos y las protestas, por el desgaste mediático y el golpe inevitable en los niveles de aprobación. Para Sheinbaum, el acuerdo presidencial es la prueba -falaz- de un buen gobierno.
Su ausencia no ocurrirá en un vacío político. Al contrario. El país está dividido y enconado. Las protestas sociales se multiplican, algunas con una carga emocional y política como las madres buscadoras, y otras que regalan imágenes de violencia a los medios de comunicación del mundo, de maestros enfrentados con la policía y gases que llaman en el exterior lacrimógeno, estrangulando la Ciudad de México y arruinando, hasta este momento, la organización y las actividades del eje del llamado “mundial social” por el gobierno, en el Centro Histórico. Los intentos de proyectar normalidad, no han funcionado, porque la realidad tiene la mala costumbre de colarse por las grietas de la propaganda.
El Estadio Azteca no ayuda a aquello en lo que el régimen fue tan exitoso durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, la narrativa épica, que ya se desvaneció. Tampoco es una plaza controlada, ni pueden llevar acarreados.
Tampoco es el circo de las mañaneras con preguntas a modo y sin réplicas incómodas. Los estadios son otra cosa. Nadie, en un espacio tan libre, puede administrar la narrativa. El Azteca representa esa variable indomable.
Un episodio de esa naturaleza metería nuevamente a la paradoja al movimiento que durante años presumió conexión con “el pueblo bueno” y que hoy desconfía de las expresiones espontáneas del público. El obradorismo construyó su legitimidad atacando a las élites encerradas en una burbuja, pero desde el epílogo de la presidencia de López Obrador, cuando lo comenzaron a increpar en cualquier lugar público donde se parara, como ha sucedido frecuentemente con Sheinbaum, se ha comportado exactamente igual como a quienes criticaba, evitando los espacios donde no pueda controlar la reacción social.
El sonido es democrático cuando el humor social cambia, y el Estadio Azteca pudiera convertirse en tribunal. Lo vivieron Díaz Ordaz y De la Madrid. Lo experimentaron López Obrador y Felipe Calderón en eventos nacionales, y probablemente sería la misma incomodidad para Sheinbaum, ante el ánimo en este país que no registran tan bien las encuestas como la efervescencia de las calles. La diferencia, una vez más, es que ellos osaron donde ella se arredró. En su evaluación, realizada mucho tiempo antes de vivir los tiempos actuales de múltiples crisis internas y externas, debieron haber visto que el riesgo no era futbolístico, sino político. Mejor no ir.
Pero la silla vacía pesa más que cualquier discurso. No desaparecerán los abucheos por el simple hecho que no los escuchará, ni desaparecerán las molestias sociales y políticas. Solo se aplazarán. El Gobierno dejó hace tiempo de controlar la narrativa y las redes sociales que llegaron a ser suyas. La decisión de no asistir y soportar el sonido de la multitud fue defensivo, pero expresó, inevitablemente, fragilidad.