Ideas

El veneno de la mañanera

Las mañaneras son veneno para la Presidenta Claudia Sheinbaum. Su equipo, tramposo, mentiroso, incompetente, o simplemente ignorante, le da insumos cuya efectividad dura horas. Más días que menos, la jornada de la Presidenta arranca disparando misiles contra medios y periodistas y termina en la noche metida en el búnker por el búmeran en que se convierten sus declaraciones, o tiempo después, enfrentando el desmentido de la realidad.

La mañanera le funcionó a su mentor Andrés Manuel López Obrador por su personalidad y oficio, y porque el entorno político y económico en el que gobernó fue favorable para sus propósitos. Pero no es el caso de Sheinbaum, que no está hecha de la misma madera, ni tiene su temple, ni las condiciones en las que está gobernando son favorables, sino crecientemente negativas, enfrentando la adversidad con el recurso empleado por los gobiernos populistas: polarizar.

De ahí viene la cruzada permanente contra medios y periodistas, partiendo de la premisa falsa de que como se redujo el presupuesto de la publicidad oficial, se elevó la crítica, que es la justificación baladí empleada por anteriores gobiernos para justificar sus deficiencias y, la más importante, que los problemas que la abruman son culpa de los medios y periodistas. Como pasados presidentes, está equivocada: los mensajeros son eso, mensajeros, no agentes de cambio.

Lo que reflejamos no es la causa de su baja en aprobación -varios puntos más de lo que muestran las encuestas públicas-, sino a variables objetivas, como la falta de crecimiento y la inseguridad, o subjetivas, como la percepción creciente que el régimen de la 4T y el crimen organizado son aliados: Morena avanza electoralmente con su ayuda, y el crimen organizado recibe a cambio las facilidades para expandir su negocio, una idea que ha crecido entre la población porque el gobierno de Estados Unidos está convencido -tiene pruebas electrónicas, documentos, conversaciones telefónicas y decenas de testimonios judicializados en el último año- de que es cierto.

La pesadilla que le está significando a la presidenta la mañanera la hemos visto hace muchos meses, coincidente con las confirmaciones públicas del gobierno de Estados Unidos de adelantos periodísticos -algunos en este espacio que llamó en su momento “ciencia ficción”- sobre las listas de políticos de Morena bajo investigación en Washington por su presunta relación con el crimen organizado, la cancelación de visas a gobernadores y acusaciones formales en su contra. Su mal temperamento se ha exacerbado, tomando como piñata, porque no puede enfrentar al presidente Donald Trump, a medios y periodistas.

Las cosas no le salen como quisiera, pero en la mañanera su equipo le sigue dando el combustible para la propaganda y entregándole un guion para manifestar fantasías, como que la economía va muy bien, que México es la mejor democracia del mundo o que es muy respetado en todos lados, metiéndola continuamente en problemas por información falsa o deficiente, que la dejan muy mal parada, como el caso del derrame de Pemex o su insistencia a que las megaobras que le heredó López Obrador son un éxito. La realidad de la mañanera no es la realidad nacional o internacional, cuyo contraste por parte de medios y periodistas es lo que indigna a la presidenta.

La síntesis de su estilo de gobernar lo hemos visto esta semana con el debate sobre los lineamientos de la Ley de Audiencias, en donde para enfrentar a la crítica por su proclividad a la censura, recurrió a la diatriba, a la tergiversación de hechos y al ardid -precisamente lo que dice busca evitar su contrarreforma. El martes presentó un video de un programa de televisión en 2000 donde un grupo de periodistas, vigentes y notables en la actualidad, debatían sobre el proceso electoral. A la presidenta le dijeron que hablaban sobre el derecho de las audiencias y así lo presentó una, dos, tres y cuatro veces, regodeándose con una declaración de Sergio Sarmiento que decía que en los medios también se mentía deliberadamente.

El framing -la selección de una parte de la realidad, enfatizando lo que se busca y silenciando lo que perjudicaría el argumento- utilizado en la retransmisión, no produce técnicamente una mentira, pero al descontextualizarlo engañan, como sucedió en ese caso. Es una estrategia que usan para controlar la narrativa y fortalecer el consenso dentro de la 4T, ante la falta de recursos dialécticos y vocación democrática para el debate de ideas.

Los lineamientos son el mejor ejemplo. La consejera jurídica de la Presidencia, Luisa María Alcalde, afirma que los medios están desinformando sobre la Ley de Audiencias señalando que se sancionaría por contenidos, pero los artículos 12 y 53 de los lineamientos los establecen, a partir de la categorización de qué es verdad y qué falso. ¿Y quién determinará esos valores? La Comisión Reguladora de Telecomunicaciones, que depende del Ejecutivo federal, y que, además, tendrá la última palabra, porque los lineamientos le permitirán supervisar los procesos internos de los medios con sus defensores de audiencia, y modificar sus resoluciones, constituyéndose en lo que la presidenta dijo que no existirá, un Ministerio de la Verdad.

No hay espacio para lo que llaman “desinformación”: el gran instrumento con tufo orwelliano, está plasmado en los lineamientos. Si quiere Sheinbaum controlar los contenidos, que los defiendan ella y sus voceros con argumentos, pero que no mientan que no es lo que pretenden. Esto es precisamente lo que sucede en las mañaneras al quedar expuestos los funcionarios en contradicciones, tergiversaciones, y mentiras, como sucede cuando la presidenta desmiente informaciones publicadas porque no tienen fuentes abiertas. Lo hace reiteradamente, como ayer lo hizo con una columna mía sobre la luz verde que dio para que apoyen jurídicamente a Israel Vallarte en las demandas que pretende presentar contra Carlos Loret y Ciro Gómez Leyva por daño moral en el Caso Cassez.

La presidenta negó esa información que tiene varias fuentes detrás, que le dan la solidez a lo publicado. Esa reacción, quitándole el temperamento, es de oficio, y la ha tenido en otras ocasiones con revelaciones que la ponen en entredicho. Algunas ya se confirmaron; otras aún no. Su palabra, si bien tiene un gran peso, no es sinónimo de verdad, como se ha visto en la mañanera, el gran escaparate que dejó de ser un activo propagandístico en este sexenio, convirtiéndose en una caja de verificación de datos donde la presidenta, hasta este momento, presenta un déficit.

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