El populismo mexicano
Para los populismos contemporáneos, la experiencia de la derrota de los republicanos en las elecciones intermedias ofrece una advertencia: la polarización puede conservar una base electoral intensa durante mucho tiempo y la confrontación permanente puede desviar la atención de los problemas de gobierno. Culpar a sus adversarios, a los gobiernos anteriores o a factores externos permite trasladar responsabilidades a otros y normalizar los problemas. Pero ninguno de esos mecanismos garantiza que los electores toleren indefinidamente el deterioro de su bienestar o la percepción de que los gobernantes se benefician personalmente del poder. Eso le sucedió a Donald Trump, que vivió el martes el peor revés político del siglo para un presidente en funciones.
Varios fueron los factores del repudio. Más de la mitad de los votantes consideró la corrupción al decidir su voto y una proporción todavía mayor demandó controles más efectivos sobre la presidencia, reveló la encuesta de salida de la agencia AP. La demanda de contrapesos fue una de las dimensiones institucionales de esta elección, ante el impulso expansionista del poder presidencial de Trump, que lo llevó a chocar con tribunales, legisladores y medios de comunicación. Sus partidarios decían que era necesario por las resistencias al cambio; sus críticos denunciaban la concentración excesiva del poder.
La elección fue un referéndum sobre su gestión. La corrupción fue especialmente importante porque dañó el núcleo moral de su discurso. La economía debilitó su promesa de prosperidad. La guerra contra Irán contradijo su narrativa de contención de las intervenciones exteriores. Trasladar a otros la responsabilidad de sus malas decisiones dejó de ser un recurso útil. Ser protagonista a diario generó cohesión y movilizó a sus bases, pero terminó convirtiéndose en una vulnerabilidad.
La narrativa con la que durante años convenció a una parte importante de los estadounidenses de que él era la respuesta a la corrupción, al abuso de las élites y al abandono económico empezó a chocar con los resultados. El populismo puede ganar elecciones denunciando al sistema, como lo logró Trump en dos ocasiones, pero gobernar exigía demostrar que no se había convertido en todo lo que prometió destruir. Los electores estadounidenses se lo cobraron.
Lo que le pasó a Trump les sucedió a otros populistas. Viktor Orbán, primer ministro de Hungría durante 16 años consecutivos, perdió el poder este año por el estancamiento económico, la inflación, la fatiga por su manejo autoritario del poder y la elevada corrupción de su entorno. Aleksandar Vuèiæ, presidente de Serbia durante casi una década, fue un gobernante autoritario que reprimió a organizaciones de la sociedad civil y ejerció control sobre los medios de comunicación, el Poder Judicial y las instituciones. Le arrebataron el poder en las urnas tras una campaña estudiantil contra la corrupción y el encubrimiento del colapso de una marquesina en una estación de tren renovada dos años antes, donde murieron 16 personas. La corrupción y la concentración del poder, en ambos casos, fueron parte esencial de las campañas de sus opositores.
Cuando uno revisa los aspectos generales que llevaron a la caída de estos líderes, incluido Trump, puede encontrar muchos paralelismos con México durante los gobiernos de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum. Pero políticas y actitudes similares no han tenido el mismo impacto. No hay una teoría universal que explique el ascenso y la caída de los líderes populistas, como tampoco hay razones claras sobre por qué unos se mantienen fuertes y otros no. La derrota de Orbán sorprendió pese a su desgaste, pero la de Trump y los republicanos se venía gestando desde hacía meses.
En México vemos el fenómeno de una gestión que se reprueba mientras la aprobación presidencial se mantiene alta. Sucedió con López Obrador y pasa con Sheinbaum. La encuesta de aprobación presidencial publicada esta semana por El Financiero muestra un sólido apoyo a la Presidenta (69%), pero en la evaluación sobre cómo gobierna le va mal en los rubros de mayor preocupación ciudadana, la economía y la seguridad, así como en el combate a la corrupción, donde casi nueve de cada 10 mexicanos consideran que no está haciendo nada para combatirla.
La valoración de su manejo económico sigue a la baja y en octubre cayó tres puntos respecto de septiembre (de 49% a 46%). En seguridad y crimen organizado, las opiniones favorables sobre cómo estaba manejando el problema, de por sí muy bajas (27%), cayeron otros 10 puntos; es decir, solo 17 de cada 100 mexicanos piensan que lo está haciendo bien. El combate al crimen organizado volvió a registrar un retroceso y, en septiembre, solo 13% de los mexicanos consideró que lo estaba haciendo bien.
Las malas valoraciones de su gestión, frente a su aprobación, las explican los encuestadores como una disociación entre su persona y los problemas que, paradójicamente, son su responsabilidad. Esta caprichosa dialéctica no es de generación espontánea y varios factores ayudan a entenderla. El más obvio son los programas sociales, las transferencias directas de dinero que correlacionan con una buena opinión de la Presidenta. Pero hay otros inhibidores más sutiles para las conciencias.
En las conferencias matutinas, su principal instrumento, presentan la versión oficial: todo marcha bien, la economía, el abastecimiento de medicinas, la seguridad, el combate a la corrupción, el éxito del Tren Maya y de Dos Bocas, y las culpas de todos los males no se encuentran en Morena, sino en el pasado. Nada de lo que dice la Presidenta se sostiene con datos, pero no importa. Machacar una misma idea todos los días ha funcionado.
Con los organismos que servían de contrapeso colonizados y una oposición mediocre, la comunicación política es central en la estrategia. Hay un amplio control de muchos medios, donde se edulcoran u ocultan temas graves. La información que difunden es sesgada, incompleta, parcial y tramposa. La otra pinza, heredada de López Obrador, es la incorporación de voceros en la radio, la televisión y los periódicos, que se encargan de magnificar lo que dice la Presidenta y atacar a quienes desnudan el mundo irreal del gobierno. No son únicamente afines a la 4T; son propagandistas disfrazados de periodistas.
El control de las mentes de millones es indispensable para la consolidación de los populismos. Pero en algún momento llegan las contradicciones y, como en el caso de Trump y los republicanos este martes, la narrativa deja de estar respaldada por los resultados. Sheinbaum no ha llegado a ese punto gracias a la carrera entre la sedación y la crítica, entre la construcción de un país inexistente y la realidad, que su discurso neutraliza y normaliza. Pero, como sucedió con Trump, su éxito tiene fecha de caducidad.
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