Ajuste necesario, pero improbable
La primera vuelta en las elecciones presidenciales de Brasil fue un nocaut para Luiz Inácio Lula da Silva y el preámbulo del fin del Gobierno de izquierda más poderoso de América Latina. Vendrá la segunda vuelta en tres semanas, pero el corrimiento a la derecha del electorado no augura una recuperación de Lula, cuya probable derrota contribuiría al desvanecimiento de la izquierda latinoamericana y a la emergencia de la derecha y la extrema derecha, coincidentes con el proyecto político e ideológico de Donald Trump, que está acabando con la marea rosa que se experimentó en este siglo.
Hasta hace no mucho, las principales economías latinoamericanas estaban bajo el control de gobiernos de izquierda, que gobernaban 10 de los 19 países latinoamericanos —las naciones donde se hablan lenguas derivadas del latín—, cuya correlación de fuerzas cambió con las derrotas de la izquierda en Colombia y Honduras, y perdería gran parte de su densidad si se confirma en tres semanas la caída de Lula, que dejaría como la única voz legítima de izquierda a la Presidenta Claudia Sheinbaum.
Ayer, Sheinbaum declinó opinar directamente sobre la elección brasileña hasta la segunda vuelta, pero reiteró que “la derecha internacional sí quiere intervenir”, evocando anteriores señalamientos en los que apuntó a la “ultraderecha” estadounidense, inserta en la Casa Blanca. En el régimen de la 4T, ella incluida, no tienen duda de que el viraje ha sido consecuencia del regreso de Trump, pero lo han analizado desde un ángulo meramente ideológico, lo que hace que su visión sea reduccionista.
Enfocarse en Trump es olvidar que el giro a la derecha comenzó durante el Gobierno de Joe Biden con las victorias de Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa en Ecuador, Santiago Peña en Paraguay en 2023 y Raúl Mulino en Panamá en 2024. Desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, en enero del año pasado, se han dado seis cambios ideológicos en la región: Rodrigo Paz en Bolivia, José Antonio Kast en Chile, Alberto de la Espriella en Colombia, Laura Fernández en Costa Rica, Narsy Asfura en Honduras y Keiko Fujimori en Perú. Pero él no lo provocó; ya había comenzado. Nayib Bukele ganó la Presidencia en El Salvador en 2019 y se reeligió en 2024, al igual que Luis Abinader, que ganó la Presidencia en República Dominicana en 2020. Noboa se reeligió en 2025, como continuidad de su mandato. Sin embargo, es innegable la forma como Trump ha acelerado el proceso.
Aunque formados en la derecha y la extrema derecha, no conforman un bloque homogéneo, sino que hay diferencias sustanciales. Tampoco se puede establecer como causalidad del desvanecimiento de la marea rosa el regreso de Trump. No obstante, pese a sus diferentes aproximaciones en la forma de gobernar, incluso en la manera como abordan su relación con Estados Unidos, hay una correlación entre sus críticas y promesas a sus electorados y las carencias mostradas por los liderazgos de izquierda que perdieron la Presidencia: seguridad, crimen, corrupción y decrecimiento económico. Esto es parte de la deficiencia del análisis de Sheinbaum y su equipo, que debería revisar qué fue lo que pasó con Lula.
Los primeros análisis de los expertos subrayan el desgaste del Gobierno, donde el costo de la vida, el endeudamiento familiar del 45% de la población, la salud y la seguridad se convirtieron en vulnerabilidades para Lula. La corrupción en el Poder Judicial y el escándalo de su hijo Fábio Luís, Lulinha, investigado por presunto tráfico de influencias y corrupción, aprovechando el vínculo con su padre para facilitar negocios privados con el Gobierno federal, cobraron su cuota y neutralizaron el dinero inyectado en programas sociales y propuestas populistas como la cancelación, en vísperas de la elección, de las apuestas en línea, que fueron causa directa del endeudamiento familiar.
Lula llegó a la elección con una tendencia declinante de voto frente a Bolsonaro, quien de enero a agosto redujo en 50% la ventaja del presidente. Para finales de septiembre, la diferencia se había estrechado hasta el margen de error, aunque en la última encuesta de Datafolha, publicada el jueves, le daban a Lula una ventaja de cuatro puntos en la primera vuelta. Bolsonaro logró que la elección fuera un plebiscito sobre el Gobierno de Lula. Y tuvo éxito. La consultora brasileña Instituto Idea reportó que el rechazo a Lula fue un factor central en el voto por Bolsonaro, no tanto por él, sino para reprobar la gestión del presidente.
Un análisis menos ideologizado en Palacio Nacional llevaría a la Presidenta a realizar ajustes en la conducción de su Gobierno y a eliminar los lastres para no amanecer con una sorpresa en las elecciones intermedias del próximo año y, peor aún, perder el poder en 2030. Esto, sin embargo, no parece probable. El pragmatismo de Sheinbaum no llega a tanto como para empezar a recortar sus pérdidas, porque esto significaría afectar los intereses de su mentor, el ex presidente Andrés Manuel López Obrador.
La forma como quieren blindar la corrupción en la Marina por el contrabando de diésel es la mejor prueba de ello: responsabilizar a Miguel Ángel Solano como el creador de la red de huachicoleros que reclutó a manzanas podridas en la Marina, como los hermanos Farías Laguna, luego de entrar en retiro. La forma como lo ha planteado la Fiscalía General es que la máxima responsabilidad tope en él, evitando que escale al ex secretario de Marina, almirante Rafael Ojeda, tío político de los Farías Laguna, y a otros miembros del círculo interno de López Obrador, incluidos sus hijos.
El otro caso es el del socio de los hijos del ex presidente, Jorge Amílcar Olán, que, ante la probabilidad de que empiece a hablar como testigo de Estados Unidos, están montando una nueva estructura de propaganda para silenciar las críticas, descalificar a periodistas y sepultar, mediante el control de medios y redes sociales, nuevas acusaciones contra la familia del ex presidente.
Las analogías del Gobierno de Sheinbaum con el de Lula son enormes y, aunque los electorados son diferentes, la variable constante de corrupción e ineficiencia corre transversalmente. Lula no corrigió y pensó que con ataques a la libertad de expresión, programas sociales y acciones populistas le iba a alcanzar. Ya se vio: no le alcanzó en la primera vuelta y quizás tampoco para la segunda. Sheinbaum está haciendo lo mismo, distanciándose de la realidad o actuando para proteger a López Obrador. Hasta ahora, tampoco le está alcanzando.
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