Quién dijo que todo estaba ganado
La libertad va primero. Sin ella no hay democracia. Y más: sin libertad no hay dignidad; pero cuidado: a quien le quitan la libertad de expresarse no es indigno, o indigna; lo es la sociedad que tolera que alguien con poder silencie a alguien más, a una periodista, por ejemplo. ¿Lo es quien acepta sancionar la libertad de un tercero para no incordiar a los poderosos?
La libertad se entiende de manera diferente según el lado de la vida desde el que uno esté mirando lo que ocurre. En el ejercicio de la comunicación pública, su uso responsable no solo revela, mejor dicho, devela lo que algún poderoso busca mantener oculto mediante el mecanismo de impedir que sea dicho (así sea mediante la sátira y el sarcasmo); también fomenta la reflexión y el diálogo al poner en la vitrina los asuntos comunes, provocando que la sociedad los haga propios. Esto equivale a encender la luz para que quien quiera pueda mirar, opinar e, idealmente, participar en lo público que incumbe a todos. Ese encender la luz es una forma de didáctica: aprendemos a escuchar lo plural leyendo o riéndonos de la sátira política, y aprendemos a exponer nuestro punto de vista en una conversación. Sin libertad, esto no es posible.
En la ladera en la que están quienes atienden la libertad de las demás y de los demás, habiendo adquirido una responsabilidad pública, la calibran de manera diferente y, soterradamente, cuestionan: ¿cómo quieren que gobierne si todos los días, en nombre de la libertad, se entrometen en lo que hago o no hago, en lo que digo o no digo, si todo lo quieren saber? Al intentar callar a una periodista, a un opinador que se vale de la ironía caricaturizando las de por sí caricaturizadas imágenes que los servidores públicos ponen al alcance de cualquiera, parecería que solo atentan contra la libertad de una persona en particular.
No. Atentan contra la libertad de mirar la realidad como a cada cual se le pegue la gana y expresarla así, valiéndose de su entendimiento, nutrido de las fuentes que tenga a la mano y que en libertad elija; atentan contra la libertad de coincidir o disentir con lo que un periodista investigue u opine. Atentan contra la libertad de la comunidad que rodea a cada medio de comunicación. La amenaza, de parte de quien detenta el poder, es: solo hay una realidad, la que yo creo e impongo; condenación a quien la niegue, condenación para quien ose reírse de mis actitudes, de mis dichos, de mis ineptitudes. Lo que subyace en el intento antilibertario es una certeza que adquieren las y los políticos en cuanto sienten el hálito vivificante del poder: sin las críticas hacia mis quehaceres seré un gran gobernante. Esto, en los hechos, a lo largo de la historia, siempre ha sido desmentido. Y más: un mal gobernante, sea en el Poder Ejecutivo, Legislativo o Judicial (el orden de gobierno es indistinto), que respeta las libertades y actúa como demócrata termina por no ser tan malo, por el hecho sencillo, y cada vez más complejo, de respetar las leyes que protestó guardar y hacer guardar.
La libertad tiene un verdugo: la censura. A la censura la disfrazan los poderosos con atuendos legaloides, de moralidad de oropel, o simplemente la presentan tal cual, al modo de: te callas, dejas de escribir, de usar imágenes para hilaridad de tus lectores, de tu audiencia, nomás porque lo digo yo. Según ellos, advierten a quien quiera meterse en sus cosas: a mi realidad nadie la describe sin mi autorización; de mí y de mi realidad nadie se ríe. Es increíble, o tal vez no tanto, que, con el siglo XXI ya bien entrado, algunos gobernantes y, muchas veces, los acomedidos que los rodean consideren que con el cargo está incluido el don de censurar. Desde el Gobierno de la República, esto ha sido una tradición, con altibajos, que la Cuarta Transformación ha puesto al día y acentuado.
Hace días, a Griselda Torres Zambrano le ocurrió quedarse fuera del aire por motivos inexplicados, pero explicables. Una de las voces que destacan por la alta calidad de su trabajo periodístico —en lo personal, una maestra— fue defenestrada de buenas a primeras, como si la comunidad, las comunidades a las que servía, no importaran. Porque nuestra democracia languidece es que ella se volvió violentamente prescindible, como tantas y tantos ciudadanos que no cuentan: las y los desaparecidos, las madres buscadoras, los millones en pobreza, los que padecen violencias, quienes no acceden a servicios de salud y un etcétera ominoso. Todo ello obliga a preguntar: ¿silenciar a una periodista era prioritario para la gobernabilidad, para la calidad de vida?
Hace unos días, luego de un largo juicio emprendido a imagen y semejanza del poder, sin el debido proceso y con un final predecible desde que inició, Paco Navarrete fue sentenciado a pedir disculpas (el poder público es tan elemental que no sabe que las disculpas se ofrecen, no se piden) durante quince días a una diputada que sintió herido lo más hondo de su inanidad. Paco, opinador que con su escritura atiende a lo público desde ángulos que nomás él percibe, es un cáustico usuario de imágenes a las que añade microtextos que ponen a tantas y a tantos en su lugar, también a quienes tenemos por hábito incluir su mirada en nuestro criterio.
Sí. México es uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo. Lo que significa que, en México, la libertad no es para los gobernantes un pilar que nos vuelve una nación civilizada; es una mera concesión que a ellas y a ellos les corresponde otorgar, o no. Estamos abismándonos de la peor manera hacia escenarios sociales y políticos indeseables: como meros consumidores acríticos de realidades ajenas a lo que experimentamos cotidianamente.
agustino20@gmail.com