Protestas de decir verdad
No sé por qué causa, pero en todos los medios aparece que, en principio, tienen que manifestar si lo que hacen es anuncio, opinión o de qué clase de cucaracha están hablando. Y como yo no soy representante de nadie ni digo algo importante, pues manifiesto, para los efectos a que haya lugar, que esto es una charla de domingo en la que lo único que quiero es platicar con mi solitario lector. Uno de ellos alguna vez me dijo que no nada más era un solitario lector, sino muchos, pero yo creo que todo lector, por naturaleza, lee solitariamente; nadie lee colectivamente, y menos el diario del domingo, que se lee y ya.
Pues murió el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, que era un buen tipo y mantenía opiniones personales aun contra los actuales dueños del país, pero, para ser franco, yo creo que, si bien tenía cualidades personales que lucir, era más bien un tipo serio. Pero todo eso no podía haber sucedido sin el hecho innegable y económicamente maravilloso de ser hijo de un presidente de la República, porque está comprobado —según estudios hechos en la Universidad de La Resolana— que los descendientes de un presidente de México no tienen que trabajar durante las siguientes cinco generaciones, y eso si no fue muy bravo con la uña.
En otras cosas, tengo el gusto de que mi estimado amigo Alfredo Moreno, propietario de la República de Santa María de los Lagos y localidades cercanas, me hizo favor de mandarme la tercera edición de su libro acerca de su población amada, que empezaré a leer con gran entusiasmo, puesto que soy su lector desde hace años. Usted recordará cuando le comenté de un libro sobre una mujer que juzgaron por hechicería en Lagos. También me envió una obra de cuentos que pinta para muy buena y se llama “Cuando el tecolote canta”, una selección de cuentos de su autoría, y otro libro acerca de que el infierno no es eterno. Si están la mitad de buenos de lo que estuvo el de la hechicera, será razón suficiente para ir a visitarlo a la Unión de Adobes, donde había unos quesos maravillosos y que, en su plaza principal, tiene cuatro frondosos árboles que la hacen única. Agradezco a mi amigo su gentileza.
Y ahora deseo que usted celebre a los Fieles Difuntos no como nadie le indique, sino como le dé a usted su fregada gana, porque ya estamos llenos de actividades que “debemos” seguir por instrucciones oficiales. Dijimos que esto era una plática, y en la plática se goza y no se impone. Ojalá pueda asistir a alguna de las celebraciones más tradicionales. Yo ahorita recuerdo haber ido, hace mucho más de cincuenta años, a Pátzcuaro, donde, en la isla de Janitzio, tuve una inolvidable excursión que creo que ahora solo será para los oriundos de esas tierras, y tal vez tengan razón en mantenerla así.
@enrigue_zuloaga