Preguntas incómodas de la postpandemia
Cada época tiene cuestionamientos socialmente aceptables y otros que no. Hoy podemos despotricar contra los gobernantes en redes sociales. En el comunismo soviético, un solo mal comentario sobre el gobierno, dicho a un amigo, podía terminar en arresto o, como mínimo, en el distanciamiento de quienes no querían involucrarse en actividades peligrosas.
Hasta antes de la pandemia, cuestionar los esquemas de vacunación no era socialmente aceptable. Solo unos cuantos “locos” dudaban de las proezas de la medicina moderna, de los medicamentos que erradicaron las grandes enfermedades. Pero cuando inocularse con medicamentos desarrollados al calor de la pandemia se volvió requisito para trabajar, viajar y entrar a lugares públicos, comenzaron las preguntas.
No había de otra. Un virus respiratorio se expandía como nunca antes, en el mundo más conectado de la historia. Se estimó una mortalidad de 2% por infectado, cerca de 160 millones de muertos si se contagiaba toda la población. Hospitales y gobiernos se vieron rebasados. Cuando hubo vacuna, gobiernos y medios hicieron todo lo posible para que la población entera se vacunara.
Muchos, asustados, no necesitaron mayor convencimiento. Otros, reacios, cuestionaron la rapidez con que se habían desarrollado las vacunas, la pérdida de libertad de su obligatoriedad y, sobre todo, la agresividad con que se imponía una solución parcial mercadeada como panacea.
¿Podía la vacuna asegurar que los inoculados no se contagiaran? ¿Cuáles eran sus efectos secundarios? ¿Qué pruebas se habían hecho y bajo qué condiciones? ¿Qué pasaría si alguien se negaba a inyectarse?
El señalamiento social fue fuerte. Estábamos en estado de emergencia y no era tiempo de preguntas. Todos conocemos a alguien que decidió no vacunarse y lo tachamos de ignorante e irresponsable, como si su decisión propagara el virus.
Y después empezó a suceder. Se reportaron casos de miocarditis en jóvenes, problemas de coagulación en mujeres, algunos mortales, síndrome de Guillain-Barré y alteraciones menstruales. Afectaciones reales que, eventualmente, las autoridades sanitarias terminaron por reconocer. De pronto, los conspiranoicos ya no parecieron tan locos.
La campaña fue tan efectiva y el miedo tan grande que muchos se vacunaron hasta tres veces, sin considerar condiciones previas ni otros medicamentos. El mensaje nunca cambió. La vacuna evitaría el contagio y, con ello, la muerte. Pero muchos vacunados también se contagiaron y algunos murieron. En lugar de admitir que reducía el riesgo sin eliminarlo, farmacéuticas como Pfizer y Moderna se hincharon de dinero. De pronto, la pandemia era un gran negocio y nos dimos cuenta de que nos habían manipulado con miedo. Alguien lucraba con la histeria colectiva, y la vacuna, vendida como solución milagrosa, también empezó a levantar sospechas.
Desde entonces, el movimiento antivacunas, que por años fue cosa de hippies, cobró fuerza y comenzó a volverse socialmente aceptable.
Hoy, miles de familias cuestionan lo que se inyecta a sus hijos en jeringas respaldadas por esquemas globales. Preguntan qué estudios hay detrás, qué efectos secundarios tienen, qué riesgo real corren de contraer las enfermedades que se intentan prevenir. Y lo más importante: ¿qué hay adentro de esa maldita jeringa?
México, antes referente mundial en vacunación infantil, hoy vuelve a enfrentarse a enfermedades que se creían controladas. El sarampión circula de nuevo y ya ha cobrado vidas, en buena medida porque el “consumidor” final del medicamento empezó a desconfiar de las instituciones que prometieron cuidarnos.
A corto plazo, ¿le tocará a la industria farmacéutica lo que ya vivieron la alimenticia y la cosmética: verse obligada a transformarse ante un consumidor más exigente porque alguien hizo la primera pregunta incómoda y sacó a la luz prácticas irresponsables?
Lo sabremos en unos años. Mientras tanto, a cada quien le corresponde decidir si confía o no, si se arriesga o incluso pone en riesgo a otros por salvar la integridad de los propios. Las preguntas socialmente incómodas suelen serlo porque acarrean peligros, y las de las vacunas comienzan a asomar la cabeza sobre el agua y no serán tan fáciles de frenar como antes.
@luciachidan