Ideas

Posibles razones para no desestimar el conservadurismo (II)

Porque los seres humanos no somos, como creen algunos liberales, átomos egoístas. Somos criaturas profundamente sociales e interdependientes, que forjan su individualidad al interior de comunidades y tradiciones.

Porque, a pesar de la pobreza y las injusticias sociales, toda persona tiene derecho a perseguir su felicidad y sus proyectos de vida.

Porque la estabilidad es un valor político central y, por ende, evitar los estallidos sociales violentos es uno de los fines de la política democrática.

Porque todo radicalismo ideológico es, en principio, condenable, como también todo extremismo y fundamentalismo, sea religioso o secular, de izquierda o derecha.

Porque una auténtica posición conservadora evita los extremos del libertarianismo, el neoliberalismo y el populismo; y opta, más bien, por la prudencia política y el constitucionalismo democrático.

Porque la monarquía constitucional es preferible al autoritarismo populista, y la democracia liberal a los totalitarismos comunista y fascista. Porque es mejor un gobierno limitado y moderado a uno absoluto y radical.

Porque hemos de ser escépticos ante las innovaciones totales, valorar nuestras herencias culturales y abrazar los cambios graduales e inteligentes.

Porque están condenadas al fracaso las Utopías, la teorización desbocada y abstracta y la planificación total de la sociedad. Porque la sociedad es algo infinitamente más complejo que cualquier diseño racionalista rígido (rationalist blueprint).

Porque el realismo sobrio constituye una posición psicológica, moral y política más virtuosa y eficaz que el idealismo exacerbado. Porque el pacifismo que renuncia a todo medio de defensa no conduce a la paz internacional, sino a la agresión depredadora.

Porque es utópico querer erradicar el egoísmo, la envidia y la agresión a fin de institucionalizar el amor, la fraternidad y la bondad.

Porque la civilización, frágil, está en permanente peligro, y cada generación tiene el deber de defenderla.

Porque “la esencia de la educación”, como escribió Allan Bloom siguiendo a Jonathan Swift, “es la experiencia de la grandeza” (Giants and Dwarfs, Simon and Schuster, 1990, p. 9).

Porque, como creía Platón —una suerte de conservador avant la lettre—, la verdadera libertad no es desenfreno; requiere orden, autocontrol y virtud para no degenerar en anarquía (República, VIII). Porque preservar la libertad es, tanto para el liberal como para el conservador, un imperativo categórico.

Porque es preciso reivindicar no sólo la ciencia moderna, sino los saberes tradicionales. Porque movimientos tan valiosos, como el ecologismo o de defensa de las lenguas y culturas tradicionales, poseen una matriz conservadora.

Porque no es seguro que la religión, un mecanismo de integración social, continuidad cultural y eticidad pública, pronto vaya a desaparecer, ni siquiera del seno de las sociedades modernas y racionalizadas. Porque la familia, la nación y la religión aportan dignidad y significado a la vida.

Porque “la lealtad”, como escribió Steven B. Smith parodiando a John Rawls, “es la primera virtud de las instituciones sociales. Sin ella, nuestra vida colectiva no podría durar ni un solo día” (Reclaiming Patriotism in an Age of Extremes, Yale University Press, 2021, p. 157).

Porque es mejor un patriotismo ilustrado que un cosmopolitismo abstracto o un nacionalismo patriotero.

Porque la responsabilidad individual, aunque poco atractiva comparada con el victimismo, es indispensable para la autorrealización y la libertad.

Porque todo lo valioso en la vida (desde la familia, el orden, la paz social y la belleza, hasta la salud, la felicidad o la armonía) requiere mucho esfuerzo para construirse, pero ninguno para derrumbarse.

Porque la historia —cierto: plagada de crimen— es un rico legado colectivo del cual podemos aprender para vivir mejor. Porque, en suma, el culto del pasado y la tradición no es óbice para la defensa de la igualdad y la esperanza en el futuro.
 

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