Posibles razones para no desestimar el conservadurismo (I)
Porque una orquesta sinfónica o los vitrales de una catedral del siglo XIII quizá sean un logro civilizatorio más admirable que las tabletas y las criptomonedas.
Porque las grandes preguntas de la humanidad ya fueron formuladas y, en buena medida, respondidas por los libros cardinales de la tradición.
Porque la naturaleza humana —amenazada hoy por la tecnología— no ha cambiado mucho desde la antigüedad.
Porque debemos promover una armonía creativa y cuidadosa entre lo viejo y lo nuevo, en vez de practicar el filisteísmo o de adoptar acríticamente las innovaciones, elevadas hoy a dogma.
Porque, por impopulares que resulten, las jerarquías artísticas y las élites culturales siguen siendo necesarias y valiosas para la excelencia estética y educativa.
Porque la literatura y la filosofía son moral e intelectualmente superiores a la cultura de masas.
Porque la esfera cultural —desde los medios de comunicación, hasta las universidades y la industria cinematográfica— es mayormente progresista, y la unanimidad ideológica —de izquierda o de derecha— es tan aburrida como predecible.
Porque la gente, dotada de una sensatez y de un sentido común subestimados por el intelectual iluminista, posee un sano temperamento conservador.
Porque debemos ser cautelosos frente a la política revolucionaria y abrazar el reformismo meliorista.
Porque la política no es el arte de crear a un “Hombre Nuevo” libre de vicios, sino de aprender a convivir pacíficamente y en la diversidad, aceptando nuestras imperfecciones inherentes pero tratando de superarlas.
Porque las tradiciones son cruciales no sólo para la religión y la sociedad, sino para las humanidades, las ciencias y las artes. Lo dijo Hans-Georg Gadamer: pertenecemos a las tradiciones antes de que éstas nos pertenezcan.
Porque un conservador no es un reaccionario ni un retrógrado, ni un enemigo de las libertades individuales, de la igualdad social o del progreso técnico; porque, de hecho, se puede ser conservador en lo cultural y liberal en lo político (y, agregarían Daniel Bell y Leszek Kołakowski, socialista en lo económico). Porque incluso la tradición socialista —incluido el marxismo— tiene una veta conservadora.
Porque no sólo existen los individuos. También existen las comunidades y las naciones; y debemos gratitud y lealtad hacia los grupos y tradiciones que nos han formado. Porque el patriotismo —ilustrado, constitucional y pluralista— es vital para el éxito de una sociedad democrática y para satisfacer nuestra necesidad de pertenencia e identidad colectiva.
Porque, aunque abunden el mal y las injusticias atroces, el mundo también ha heredado, del más remoto pasado, creaciones bellas y loables que no merecen desaparecer.
Porque las universidades no deben desviarse del cultivo de la mente, del riguroso estudio de la naturaleza y la cultura y de la búsqueda de la verdad. ¿Qué queda de una universidad sometida a las veleidades del mercado laboral, las modas o la ideología de última hora?
Porque el espíritu humano debe ser esencialmente afirmativo, es decir, alérgico al impulso de negar todo de manera absoluta e indiscriminada. Porque la crítica auténtica no es oponerse por sistema. Es cuestionar para proponer.