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Perdón, Sinaloa

Perdón, Sinaloa. Nos hemos dedicado a estigmatizarlos, por muchas cosas, pero, sobre todo, por la violencia que han vivido en los últimos años, sin que aún seamos capaces de comprender las razones indispensables del entramado de su propia sobrevivencia. La nación entera les ha visto como el origen del crimen y la recreación de una cultura que vulnera la justicia y los derechos; pero nadie se ha dedicado a desestructurar eso. Perdón, Sinaloa, porque les hemos segregado sin comprender que su silencio compra su paz y su vida; y que su realidad es síntoma de su propia ingobernanza. 

Perdón, Sinaloa. Porque cuando sabemos que se exilian de sus propias vivencias de violencia en otro lado, los marginamos y les estigmatizamos. No sé cuánto ustedes han buscado las alianzas con quienes no son loables, tampoco sé cuánto han sido orillados a hacerlo porque nadie les ha gobernado bajo la lógica de un futuro posible y vivible. Lo que sí sé hoy es que su propia realidad quizá se ha construido bajo alianzas de miedo que se tejen entre la música y sus prácticas, pero no desde su gastronomía y su legado histórico y cultural. 

Perdón, Sinaloa. Porque la política les ha fallado, porque ningún partido político, ningún candidato o candidata ha sido capaz de asegurarles certezas; porque todos y todas tienen miedo de gobernar ese territorio sin necesidad de hacer pactos con la criminalidad. Perdón porque el sistema de partidos jamás les ha ofrecido una opción impecable y segura, capaz de darles certeza y gobernabilidad. 

No sé desde hace cuánto tiempo su entramado social se encuentra en medio de lógicas criminales, no sé cuánto duele haber guardado silencio por mantenerse vivos en vez de hablar, acusar y señalar; al final, se encuentran vivos, vivas; y desde el silencio, quizá eso merece la pena. 

Perdón, Sinaloa, porque hoy no sé cómo podamos ser capaces de desestructurar esas lógicas de sobrevivencia que han perdurado en su estado desde hace décadas, porque su crisis no tiene dos años desde la captura de El Mayo, tiene décadas de complicidad criminal construyéndose a los ojos del Estado. Y perdón, porque nadie en este país logramos comprender cómo funciona ese mecanismo de sobrevivencia ante la criminalidad, ese mismo que ha articulado la clase política que tienen. 

Perdón, Sinaloa. Pero ahora se merecen otro futuro mejor y otro escenario posible, y eso, no solo depende de ustedes, de su valentía y de su valor cívico que no se puede acompañar sin la presencia del Estado. Porque lo intuimos, si ustedes no tienen la opción de contar con candidatos o candidatas rectos, enérgicos y valientes, entonces no pueden ser capaces de cambiar el rumbo de las cosas por seguridad y protección personal. Perdonen entonces el abandono de un Estado criminal que se resiste a construir la paz y un estado de derecho y justicia.  

El cambio de Sinaloa es un cambio obligado desde el Estado, y desde el Estado es donde se ha decidido perpetuar el silencio como dogma y estrategia. En Sinaloa, sólo quien está dispuesto a morir es quien desafía al Estado y al orden de criminalidad. Perdón, Sinaloa. Porque te hemos estigmatizado desde el propio país sin acompañarte en tus propias luchas, quizá porque el Estado ha sido siempre cómplice de sus problemáticas. Perdón porque no hemos comprendido lo suficiente la esencia de tu dolor y de tus lágrimas, porque nadie desde el Estado, sabe cómo desestructurar tu propia complejidad e interpretar tus miedos cotidianos. 

Es Sinaloa lo que hoy debe importarnos, porque si reconstruimos a Sinaloa, podríamos ser capaces de trascender una cultura del crimen, una cultura de la sobrevivencia y de la destrucción cotidiana. Transformar a Sinaloa desde un escenario de crimen y los carteles criminales, no tendría que ser solo tarea de las y los sinaloenses, tendría que ser un compromiso del Estado Mexicano. Perdón, porque a todas y todos nos hace falta ver lo que podrían ser capaces de transformar sin miedo. La reconfiguración de Sinaloa tendría que ser una prioridad nacional que nos involucre a todas y todos los mexicanos. Porque transformar Sinaloa, que es nuestra gran tragedia, puede ser el comienzo de una transformación del país. Tendría que ser un compromiso por transformar el modelo de gestión criminal y la llamada pax narca, en términos de desestructuración de conductas y prácticas socioculturales.

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