Pasarela mundial
Como suele ocurrir cada año en septiembre, la sala del pleno de la ONU se convierte en una pasarela de lo más educativo que podamos tener en lo que mira a la situación del planeta desde la mirada de quienes lo gobiernan, intentan hacerlo o lo hacen por interpósita persona. También es la ocasión para conocer la opinión de las delegaciones mundiales sobre cuestiones o personajes del momento actual y advertir que hay muchas maneras de estar en la ONU, incluso no estando.
Sobre este último asunto, una de esas maneras es la que eligió el presidente de China, Xi Jinping, quien no asistió a la ONU, pero contemporáneamente realizó una visita de Estado a Estados Unidos que debe haber llamado la atención de los que sí estaban participando y, además, les habrá llegado muy claro el mensaje. En pocas palabras, China es China y, mientras en la ONU se hablaba sobre todo tipo de asuntos, Trump ofrecía al presidente Xi una recepción de lujo envidiable, como si toda la vida hubiesen sido amigos entrañables. Bien sabe el diablo a quién se le aparece, diría la gente de antes, que traducido significa: bien sabe Trump el poder actual que tiene China y cómo su guerra arancelaria no es pareja ni puede serlo.
Macron sí fue a la ONU. Su discurso no deja de ser interesante, pues fue, ante todo, una denuncia de la inoperancia de la propia organización cuando se trata de poner alto a acciones genocidas como la de Israel en contra del pueblo palestino. No cabe duda de que debe haber influido su discurso en la respuesta que las delegaciones mundiales expresaron ante la presencia, en ese mismo escenario, de Netanyahu.
Porque Netanyahu también fue, y todos esos ríos de delegados abandonando la sala fueron también un discurso que difícilmente vio, oyó o entendió el polémico presidente israelí. Cierto que los que se salieron tampoco es que se hayan perdido de escuchar algo relevante; fue infinitamente más elocuente su salida que la participación de dicho mandatario, muy probablemente genocida.
Delcy Rodríguez estuvo presente y hablando. No sabemos si lo hacía en nombre de Maduro o de Trump, pues de ambos ha sido vicepresidenta en Venezuela. Lo constatable es que simplemente se dio a la tarea de leer ante todos los asistentes las disposiciones que sobre su país ha seguido tomando Estados Unidos. Claro que habló del terremoto físico que sufrió su pueblo, pero no del terremoto moral que ha significado la dignidad aplastada, los recursos saqueados o la complicidad de las naciones “hermanas” en este abandono de las leyes internacionales, de la misma democracia por parte del país supuestamente más democrático del mundo y del respeto a la autonomía de los pueblos. En la medida en que América Latina sigue siendo el gallinero de Estados Unidos, que premia o sacrifica a las gallinas que no se le someten, nuestro futuro como continente sigue perteneciendo al vecino del Norte, algo que igualmente delató el discurso de Lula, uno de los pocos presidentes de este continente que ante la ONU supo ser gallo, conservando la dignidad y sosteniéndola.
Irán mostró justo la cara opuesta de las gallinas latinas, denunció las secuelas de una guerra por encargo que ha sufrido su nación y dejó bien claro qué país ha estado actuando como el verdadero terrorista mundial. En cuanto al representante de Cuba, siguió la tónica tradicional de la queja y, si bien le sobran razones para quejarse, una participación menos insular habría sido de mayor efecto.
De México participó el secretario de Relaciones Exteriores. Lo único rescatable fue su posicionamiento en favor de dos Estados en el conflicto palestino-israelí.
¿Y Trump? Sin novedad: triunfalismo, amenazas a diestra y siniestra, textualmente hablando, prepotencia, ufanamiento y la actitud propia de quien se siente benefactor y patrón de la Organización de las Naciones Unidas, que desde hace décadas debió abandonar ese país para instalarse en un espacio que garantice mejor su autonomía.
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