Para quienes nos acompañan en el camino
Hace unos días, mientras viajaba por carretera, en la playlist comenzó a sonar “Wish You Were Here”, de Pink Floyd. En mi vida he escuchado esta canción miles… tal vez cientos de miles de veces. Pero hay canciones que nunca se escuchan del todo igual. Depende del día, del ánimo que traigamos, del paisaje que tenemos enfrente mientras la escuchamos, a veces también depende de las personas en las que pensamos cuando suenan esas canciones.
Mientras avanzaba la camioneta y devoraba kilómetros a su paso, yo pensé en los que ya no están. Pensé en las conversaciones que me hubiera gustado seguir teniendo, en las noticias que me encantaría compartirles, en ese consejo que me moriría por escuchar al consultarles un tema. ¿Qué dirían si estuvieran aquí?
Me gusta la carretera. Algo tiene que invita a pensar. Tal vez sea el movimiento, o el tiempo o la sensación que nos da al dejar atrás un lugar mientras nos acercamos a otro. Y así, mirando el camino, me vino un pensamiento recurrente que tengo: nadie llega solo hasta donde está. Aunque por momentos nos toque avanzar en silencio, nuestra vida está llena de personas que nos acompañaron y dejaron algo de ellas y ellos en nosotros.
Ahí están nuestros padres, con las primeras lecciones y las formas de mirar el mundo que aprendimos en casa. Nuestros maestros, que alguna vez vieron en nosotros una posibilidad que ni siquiera nosotros alcanzábamos a ver. Nuestros mentores, que nos dieron una oportunidad en la vida o una palabra de aliento cuando más la necesitábamos. Y nuestros amigos, que compartieron alegrías y dificultades, y con quienes fuimos construyendo una parte de lo que somos.
Algunas de esas personas todavía caminan a nuestro lado. Otras ya se adelantaron. Pero incluso cuando ya no podemos tener una llamada con ellos, ni sentarnos a conversar con ellas, de cualquier forma siguen apareciendo en nuestra vida: en una frase que repetimos a menudo o en una decisión que tomamos recorando lo que nos enseñaron.
En México hemos encontrado una manera muy nuestra de hacer espacio para esas presencias. Cada año, en estas fechas, cuando se acerca el Día de Muertos, colocamos fotografías, flores, velas y comida en nuestros altares. Preparamos aquello que les gustaba, contamos anécdotas y, alrededor de una mesa, volvemos a pronunciar sus nombres.
Hay algo muy hermoso en ese gesto. Entre el color, los aromas y las historias compartidas, reconocemos que quienes se fueron siguen teniendo un lugar en nuestra familia y en nuestra comunidad. Los recordamos con tristeza, sí, pero también con gratitud y muchas veces con una sonrisa.
Pienso en las niñas y los niños que conocen a una abuela a través de las historias que sus padres le cuentan de quienes fueron sus abuelos. O en quien aprende una receta que va pasando de generación en generación. Y es que, aunque no nos demos cuenta, la memoria viaja: pasa de una persona a otra y encuentra nuevas maneras de permanecer.
Recordar no es solo volver la mirada al pasado. También es preguntarnos qué hacemos con lo que recibimos. Cómo compartimos una enseñanza, cómo acompañamos a alguien que empieza su camino, cómo transmitimos la generosidad que alguna vez nos dieron a nosotros.
Por eso creo que la memoria también necesita futuro. Necesita que lo que otros sembraron en nosotros también encuentre dónde crecer.
“Wish you were here” dejó de sonar hacía ya rato, yo seguía pensando en aquellos que me gustaría que estuvieran aquí. Pero lo que seguía frente a mí era la carretera. Quizá no podemos volver a recorrer el camino con todas las personas que quisiéramos. Lo que sí podemos hacer es reconocer su compañía en lo que somos y llevar algo de ellas a los lugares que todavía nos falta por conocer.