Octubre ya cobró: los récords quedaron atrás y sólo ocho siguen vivos
Hace apenas unos días, en este mismo espacio, advertíamos que en octubre cien victorias ya no valen cien victorias. No porque desaparezca lo construido durante seis meses ni porque una gran temporada deje de tener mérito, sino porque la postemporada cambia brutalmente la escala de las cosas. El calendario de 162 juegos sirve para separar a los buenos de los malos, premiar la consistencia, construir jerarquías y otorgar ventajas; octubre, en cambio, puede reducir todo ese trabajo a dos noches, a nueve entradas, a un mal relevo, a una pelota que encuentra un hueco o a un bateador que aparece exactamente cuando debe hacerlo.
La ronda de comodines terminó y ya tenemos la primera comprobación: Houston, Boston, Cubs y Philadelphia se fueron; White Sox, Yankees, Padres y Atlanta sobrevivieron y se unen ahora a Cleveland, Tampa Bay, Milwaukee y Dodgers para formar los ocho que todavía pueden aspirar al campeonato.
Llegamos hasta aquí después de una temporada que parecía interminable y de un cierre que necesitó prácticamente hasta el último día para acomodar algunas piezas. Hubo carreras divisionales resueltas muy tarde, comodines que cambiaron de manos, equipos que sobrevivieron apenas y otros que llegaron con cifras impresionantes. Después empezó el Wild Card y todo aquello quedó sometido al examen más cruel: tres de las cuatro series terminaron por barrida y solamente Atlanta y Philadelphia necesitaron un tercero. En apenas tres días quedaron eliminados cuatro clubes y octubre volvió a recordarnos que el récord sirve para llegar, pero no alcanza para quedarse.
Houston quizá sea el ejemplo más claro. Astros llegó como campeón del Oeste de la Liga Americana, aunque apenas con 81-81, pero con un elemento que parecía tener mucho peso: experiencia, muchísima experiencia. José Altuve, Yordan Álvarez, Jeremy Peña y una organización que convirtió la postemporada en costumbre durante años. Del otro lado estaba White Sox, un equipo con mucho menos recorrido reciente en estas instancias. Sobre el papel podía pensarse que el colmillo de Houston terminaría inclinando la serie. No ocurrió. Chicago ganó 6-3 el primero y 7-3 el segundo, los dos en Houston, y eliminó al campeón divisional antes de que aquella experiencia pudiera convertirse en ventaja real.
Eso obliga a cambiar la manera de mirar a White Sox. Ya no se trata del equipo que sorprendió una noche. Ganó dos veces consecutivas como visitante y lo hizo entendiendo perfectamente lo que exige una serie corta: golpear primero y no permitir que el rival recupere el aliento. La experiencia ayuda a manejar la presión, pero no produce carreras, no evita errores y no consigue los 27 outs. Chicago ejecutó mejor cuando había que hacerlo y ahora enfrentará a Cleveland con algo que no puede cuantificarse fácilmente: confianza. Ahí empieza una de las preguntas que acompañarán toda la siguiente ronda: ¿qué pesa más, llegar descansado o llegar caliente? Cleveland tuvo el privilegio del bye, pudo ordenar su rotación, recuperar brazos, descansar cuerpos y observar desde fuera. White Sox tuvo que jugar con la temporada pendiendo de cada entrada y salió fortalecido. El descanso ayuda al cuerpo; ganar ayuda a la cabeza. No hay fórmula y por eso el cruce resulta mucho más interesante de lo que podría indicar únicamente la tabla.
Yankees–Boston parecía, por historia, rivalidad y memoria, la serie destinada a producir drama. No ocurrió. Nueva York ganó 9-0 el primero y 9-2 el segundo. Dieciocho carreras contra dos en una de las rivalidades más célebres del deporte estadounidense. No hubo remontada imposible, no hubo juego de vida o muerte y tampoco hizo falta convocar los fantasmas históricos que habitualmente acompañan cada duelo entre ambos. Esta vez Yankees fue simplemente muchísimo mejor. Eso también forma parte de octubre. Una serie corta puede abrir la puerta a una sorpresa, pero también puede amplificar rápidamente la diferencia cuando un equipo llega mejor preparado y aprovecha inmediatamente sus oportunidades. Una paliza sigue valiendo solamente una victoria, pero cuando al día siguiente vuelve a aparecer la misma superioridad, ya no hablamos de una noche excepcional, sino de una serie dominada.
Ahora Nueva York enfrentará a Tampa Bay y ahí volveremos a empezar desde cero. Las 18 carreras anotadas contra Boston no conceden una sola frente a Rays, pero sí nos dicen que Yankees llega encendido. Tampa Bay tuvo mejor temporada, descansó, tendrá la localía y posee una estructura que demostró estabilidad durante meses. En principio puede concedérsele una ligera ventaja, pero después de ver cómo resolvió Nueva York su serie sería absurdo pensar que existe una diferencia amplia. Puede ser, de hecho, uno de los cruces más atractivos de las Divisionales.
San Diego produjo quizá la demostración más completa de la ronda. Padres ganó 8-0 el primer partido contra Cubs y 4-1 el segundo. Permitió una sola carrera en 18 entradas. Y ahí conviene recordar un antecedente que parecía importante antes de iniciar la serie: Chicago había ganado cinco de seis enfrentamientos entre ambos durante la temporada regular. Era un dato real, válido y suficientemente fuerte como para advertir que Cubs podía complicar mucho a San Diego. Llegó octubre y no importó. Padres borró ese antecedente en dos noches. Y eso no significa que estudiar los enfrentamientos anteriores sea inútil; significa que sirven para comprender, no para adivinar. El béisbol cambia con el momento, con el pitcher de esa noche, con un bateador caliente, con un bullpen descansado o cansado, con una decisión y con una sola pelota mal ubicada.
Ahora San Diego enfrentará a Milwaukee y probablemente ahí tengamos uno de los choques más atractivos de la siguiente etapa. Brewers ganó 102 juegos, terminó con el mejor registro de la Liga Nacional, descansó y tendrá la ventaja de casa. Padres llega de conceder apenas una carrera en dos juegos. Milwaukee tiene profundidad, consistencia y seis meses de excelencia; San Diego llega con el pitcheo funcionando en su mejor momento. Y en octubre pocas cosas viajan mejor que un buen cuerpo de lanzadores.
La única serie que se negó a terminar rápido fue Atlanta–Philadelphia. Braves ganó 5-3 el primero. Phillies respondió 4-3 en diez entradas en el segundo. Atlanta había tenido la oportunidad de resolver antes y no pudo. Philadelphia estuvo al borde de desaparecer y compró un día más. Todo quedó reducido a un tercero en el que ya no importaban demasiado los 94 triunfos de Braves, las dificultades con las que Phillies había llegado o lo ocurrido durante los primeros dos partidos. Era uno solo. Y Atlanta respondió. Braves tomó control temprano, obligó a Philadelphia a perseguir el marcador y terminó imponiéndose 6-2. Phillies nunca encontró la reacción suficiente y la única serie que llegó al límite terminó confirmando algo que también distingue a los equipos fuertes: puedes desaprovechar una oportunidad, puedes complicarte una serie que parecía estar en tus manos y aun así responder cuando ya no existe mañana.
Con eso quedó completo el cuadro: Cleveland contra White Sox, Tampa Bay contra Yankees, Milwaukee contra Padres y Dodgers contra Atlanta. Tres barridas y una serie decidida en el tercero. Cuatro caminos distintos para llegar al mismo sitio. Y ahora comienza otro béisbol dentro del béisbol.
Las Series Divisionales ya no serán una carrera de dos victorias sino enfrentamientos al mejor de cinco. La diferencia parece pequeña cuando se escribe, pero sobre el terreno cambia muchísimo. Habrá más peso para las rotaciones, mayor necesidad de profundidad, otra administración de los relevistas, posibilidad de corregir después de una derrota y más oportunidades para que el verdadero fondo de cada roster se manifieste. En una serie de tres puedes quedar eliminado antes de entender qué te ocurrió. En una de cinco existe un poco más de margen, aunque sigue siendo muchísimo menos que durante la temporada regular.
Si queremos hablar de favoritos, hay que hacerlo con toda la prudencia que exige este deporte. Cleveland puede aparecer ligeramente por delante de White Sox por descanso, localía y la posibilidad de ordenar mejor su pitcheo, pero Chicago acaba de demostrar que no necesita jugar en casa para ganar y llega con la confianza de haber eliminado a un rival mucho más experimentado. Tampa Bay puede partir con una pequeña ventaja frente a Yankees por la temporada que construyó, el descanso y la localía, pero Nueva York viene de una exhibición ofensiva difícil de ignorar. Yankees no llega sobreviviendo; llega golpeando. Rays tendrá que demostrar desde el primer juego que el descanso no le quitó ritmo y que puede contener una ofensiva que acaba de producir 18 carreras en dos noches.
Milwaukee tiene quizá el argumento estadístico más fuerte de todos. Ciento dos victorias no son producto de casualidad. Fue el mejor club de la Nacional durante seis meses y tendrá la posibilidad de comenzar en casa. Pero enfrente estará un San Diego que permitió una carrera en 18 innings. En octubre, cuando los juegos tienden a apretarse y un par de carreras pueden bastar, semejante pitcheo convierte a Padres en un rival peligrosísimo. Dodgers, por su parte, aparecerá naturalmente como favorito frente a Atlanta. Ganó 99 juegos, descansó, tiene profundidad y una plantilla construida con la postemporada como objetivo. Pero Braves tampoco llegó por accidente. Ganó 94 partidos, fue campeón divisional y viene de vivir algo que Los Ángeles todavía no ha experimentado este octubre: jugar con la temporada pendiendo literalmente de nueve entradas y sobrevivir. Dodgers llega descansado. Atlanta llega curtido. Hay argumentos para los dos lados, aunque en principio Los Ángeles tenga mayor margen de profundidad.
Y en medio de todo esto está también el seguimiento de los mexicanos, que merece un capítulo particular porque la primera ronda ya redujo considerablemente el mapa. Isaac Paredes quedó eliminado con Houston. Javier Assad se fue con Cubs. Jarren Durán y Patrick Sandoval terminaron su postemporada con Boston. No necesariamente porque hayan tenido malas campañas individuales, sino porque octubre somete también las carreras personales al destino colectivo.
Pero todavía hay presencia mexicana y de ascendencia mexicana en los equipos que siguen vivos. Jonathan Aranda permanece con Tampa Bay y se ha convertido en uno de los nombres más visibles de nuestra representación. También continúa el relevista yucateco Manuel Rodríguez con Rays, una pieza que puede adquirir enorme importancia precisamente en una postemporada donde el bullpen cada vez pesa más. Milwaukee mantiene a Joey Ortiz y JoJo Romero, ambos con vínculo mexicano, mientras San Diego cuenta con Jeremiah Estrada, otro brazo con raíces mexicanas que puede aparecer en momentos importantes. Habrá que observar los rosters definitivos de las Series Divisionales, porque los equipos pueden realizar ajustes de una ronda a otra, pero México todavía tiene varios nombres por seguir y esa historia tampoco termina aquí.
Y vale la pena detenerse en algo más. Durante la campaña hablamos mucho de quién era mexicano, quién nació en territorio nacional, quién lo es por ascendencia y quién adquirió la nacionalidad y eligió representar a México. Esa conversación sigue siendo pertinente porque el béisbol mexicano actual ya no cabe únicamente dentro de una frontera geográfica. Hay nacidos en México, hijos de mexicanos nacidos en Estados Unidos, nacionalizados y peloteros que han elegido defender la franela tricolor. Todos ellos forman parte, con sus diferencias, de un mapa mucho más amplio de talento mexicano en Grandes Ligas. Algunos ya están fuera. Otros todavía pueden llegar hasta la Serie Mundial.
Y después de esta primera ronda resulta imposible olvidar la enseñanza principal: la postemporada no juzga una trayectoria individual aislada. Puedes tener una temporada extraordinaria y terminar porque el equipo perdió dos juegos. Puedes atravesar meses discretos y convertirte en héroe con un solo swing. Octubre convierte al béisbol, más que nunca, en un deporte colectivo.
Por eso también será interesante ver qué ocurre con los cuatro clubes que descansaron. Durante años se ha discutido si tantos días sin competir ayudan verdaderamente o pueden enfriar a un equipo. Cleveland, Tampa Bay, Milwaukee y Dodgers tuvieron el premio que buscaron durante seis meses: evitar la ronda de Wild Card. Ahora tienen que demostrar que ese privilegio fue una ventaja. White Sox, Yankees, Padres y Atlanta llegan cansados, pero llegan jugando. Los otros cuatro llegan descansados, pero llevan varios días sin enfrentar un juego real. No hay una respuesta única y ésa es precisamente la clase de contradicción que hace tan fascinante el béisbol de octubre.
La primera criba ya terminó. Houston está fuera. Boston está fuera. Cubs está fuera. Philadelphia está fuera. White Sox, Yankees, Padres y Atlanta sobrevivieron y ahora se meten con Cleveland, Tampa Bay, Milwaukee y Dodgers. Ocho equipos, cuatro series y una exigencia mayor. Ya no bastarán dos noches buenas. La profundidad importará más. Los abridores tendrán que trabajar varias veces. Los bullpens serán probados repetidamente. Los managers tendrán más oportunidades de acertar y también más posibilidades de equivocarse. Y el talento individual seguirá siendo decisivo, aunque siempre sometido a la lógica colectiva.
Podemos revisar los 162 juegos, medir descansos, comparar rotaciones, estudiar enfrentamientos, contar jonrones, analizar bullpens y establecer favoritos. Todo sirve. Todo ayuda a comprender qué puede ocurrir. Pero ninguna estadística lanza la primera pelota.
Y cuando esa pelota salga de la mano del pitcher, las 102 victorias de Milwaukee, las 99 de Dodgers, el dominio de Tampa Bay, el descanso de Cleveland, las 18 carreras de Yankees, el pitcheo de Padres, la confianza de White Sox y la supervivencia de Atlanta empezarán a valer exactamente lo mismo: cero carreras.
Entonces volverá a suceder lo de siempre.
Es béisbol.
Y octubre apenas empieza.