Nos precederán en el reino
Platicábamos la pasada semana de que Juan José Arreola, que era un maravilloso conversador, nos contó que le había tocado como signo vital las expulsiones de las prostitutas que, en realidad, no constituyen un afán de eliminarlas ni mucho menos, sino de ocultarlas a la maledicencia de los buenos. Así, le tocó que movieran a las prostitutas de cerca de la plaza de Zapotlán, a dos cuadras de distancia; igualmente vivió la clausura de los sitios non sanctos de la capital de la república y también la expulsión de estas servidoras sociales en París.
Pero con la sabiduría que tenía el zapotlense, decía que al cabo que las prostitutas nos precederán en el reino de los cielos, como dice el evangelista. Y eso que ya para las épocas en que nos lo contó, él decía que ya no se acordaba de nada y tenía una memoria prodigiosa. Años después, un día me encontré en la Feria del Libro —la bendita Feria del Libro que nos dejó el licenciado— a Orso Arreola y nos terciamos el rebozo y tuvimos una larga charla acerca de su padre.
Otro autor que gracias a don Pedro Franco conocí fue a Antonio Alatorre, que me llamó la atención porque, como buen ex seminarista, era bastante incrédulo, pero gran conocedor de la lengua, fue muy agradable tratarlo. Él decía de Arreola que era tan inteligente que parecía que hablaba francés sin hacerlo, cosa que nunca se lo comenté al zapotlense, pero sí a Orso.
Es impresionante y ojalá que alguien haya estudiado la influencia del seminario en la educación de muchos artistas y creadores durante todo ese tiempo. Había personajes como Arturo Rivas Sáinz que era de una sabiduría en letras, extraordinaria y tuvo varias revistas, en una de las cuales, “Summa”, fue de las primeras en que publiqué; él tenía un taller muy trabajado y de gran cuidado, no sé qué tanto quedaría de su obra, pero era un gran conocedor de la literatura y además de una modestia notable al respecto.
Por su parte, Adalberto Navarro Sánchez creó la revista “Et Caétera”, que publicó a todos los que escribían en ese tiempo. Él mismo era un gran escritor y su esposa era poeta.
Por esa época volvió a Guadalajara Olivia Zúñiga, que escribió “Retrato de una niña triste” y otras obras, y además fue una gran consejera y gran apoyo para el suscrito en sus intentos literarios, hago público mi agradecimiento hacia ella.
Otra persona, cuyo nombre nunca supe, pero que fue de gran importancia para el teatro jalisciense y, en general, una benefactora de cuantas gentes se dedicaban a la cultura y estaba encargada de un café que había en las Fábricas de Francia y que siempre estaba lleno, y daba de comer, entre ellos, a gente del teatro, su hija era actriz, y ojalá alguien recordara su nombre, pues era de una generosidad impresionante.
@enrigue_zuloaga