Morena y PT, problemas en el paraíso
Morena y el Partido del Trabajo están enfrentados. La repartición inicial de candidaturas rumbo a 2027 los tiene en público diferendo. La primera regatea al segundo para que se resigne con nada; por su parte, el PT amaga con, cuando menos, una huelga de brazos caídos en la campaña.
El obradorismo presume de fortaleza, pero a la primera de cambios lo que realmente manifiesta ese movimiento es un carácter rígido; para nada son sinónimos. En política, quienes son flexibles suelen tener más réditos que aquellos que se las dan de inamovibles. El PT es experto en ductilidad; Morena, por más que se esfuerza, no muestra ni elasticidad ni ingenio para negociar. Será que no saben.
El PT es un sobreviviente. Lleva desde los años ochenta adaptándose a los tiempos. Y en el correr de los sexenios logró escapar a la muerte gracias a una alianza in extremis con el PRI de Peña Nieto, que lo salvó de perder el registro con una chicana electorera.
Ese pragmatismo no es necesariamente un defecto: ¿quién en el sistema de partidos de hoy puede lanzar la primera piedra al condenar la falta de pureza en principios, la rectitud sin quiebre en un camino de elecciones donde ya hemos visto al PRI de la mano del PAN, al Verde con los azules y luego con los tricolores y luego, por supuesto, con Morena, etc.? Así que culpar al PT de que sobrevive acomodándose, pues…
Lo interesante del momento que atraviesan el PT y Morena es que a los primeros les han echado encima la aplanadora mediática, advirtiendo que se sosieguen, que más les vale entrar “en razón” y reconocer que son apéndices o incluso rémoras. Es notorio el alineamiento de las voces que siembran la especie de que los petistas pretenden un chantaje, que buscan lo que no les toca, piden de más e incluso amenazan.
Hay lecciones muy singulares en este episodio. Para empezar, ahora resulta que el pasado no cuenta, que cuando el PT fue el vehículo que permitió a varios morenistas hoy encumbrados cobijarse en la bandera roja con amarilla para sobrevivir y transitar, no vale nada. Gran cosa para no olvidar: Morena quiere reescribir la historia y que se acepte que todo lo que son inició en 2015, que nada de lo anterior ha de ser honrado. Si así se portan cuando hay mucho por repartir, ¿cómo serán cuando lleguen las vacas flacas?
Una segunda lección es la consistencia de Morena en su desdén. En tiempos en que Luisa María Alcalde presidía Morena se dio un encontronazo que hoy vemos que era parte de un diferendo que iba más allá de estilos. Entonces los petistas se quejaban de que la exlideresa morenista les quería aplicar, y de malos modos, una supuesta realidad numérica: el PT da poquitos votos, ergo le tocan poquitas posiciones. Ahora les quieren repetir la receta.
Los petistas aguantaron y la realidad cayó por su propio peso. Alcalde terminó fuera de la dirigencia del partido porque los resultados electorales estatales fueron todo menos sinónimo de vigor hegemónico. El PT demostró que ellos por fuera hacían daño. Y, a pesar de eso que se vivió hace un año, con la nueva dirigencia, así haya modos menos altaneros en la negociación, el mensaje es el mismo: ustedes acaten y la alianza seguirá firme.
Morena está dando un espectáculo. Sin el PT y sin el PVEM no podría gobernar el Congreso. Y esos votos valen muchísimo. Es pueril pedirles que en la mesa de negociación electoral dejen fuera su condición de indispensables a la hora de una reforma constitucional. Actuar así, sobre todo con respecto al Partido del Trabajo, es muestra de incapacidad política, de poco oficio.
Si Morena no quería depender de esos aliados, tuvo años para demostrar con operación electoral que podía crecer sin ellos. Nunca ocurrió. Y no reconocer que los necesita es una gran noticia para la oposición: sí, algunos de los que no se conforman con encuestas que nadie ha visto podrían irse a competir por el PT. Nada mal para un partido al que han subestimado.