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Mientras mirábamos otra cosa

En la pantalla, todo parecía ocurrir al mismo tiempo. El estadio encendido, la multitud cantando el himno, un líder adusto y una celebridad saludando desde el palco y, al mismo tiempo, un tanto detrás, una guerra, una amenaza comercial, una ciudad atacada, una familia buscando a un desaparecido, una declaración diplomática. El mundo no se detiene para dejar que la fiesta respire. La acompaña. La invade. A veces se esconde dentro de ella.

El poder contemporáneo está en competencia por administrar la atención. Ya no basta con decidir: hay que envolver cada decisión, explicarla, dramatizarla, convertirla en imagen. Gobiernos, plataformas, corporaciones, liderazgos políticos y medios producen relatos que buscan imponerse en una corriente incesante. Noticias, ceremonias, escándalos, conciertos, goles y tragedias circulan en el mismo torrente. También las familias que buscan a sus desaparecidos, con fotografías en las manos y preguntas que ningún espectáculo debería sepultar. Todo parece pertenecer a una sola categoría: aquello que exige ser visto antes de ser desplazado.

En tiempos de Mundial de futbol, esa dinámica se vuelve todavía más visible. Los himnos, los cánticos, los goles, las lágrimas, la esperanza y la frustración activan nuestras emociones. El futbol no sólo entretiene: convoca, une, suspende por un momento las diferencias y ofrece una forma inmediata de pertenencia. Una patria unida por un partido de futbol, que se reconoce en el grito, en el abrazo, en la ansiedad compartida frente a una pelota que cruza —o milagrosamente no, como en partido de México— una línea blanca.

Pero junto a esa emoción legítima aparece otra clase de espectáculo, menos inocente y mucho más calculado. La política contemporánea ha aprendido a hablar el idioma de la escena. La confrontación pública entre Giorgia Meloni y Donald Trump, más cercana al guion de una película de Hollywood que al lenguaje sobrio de la diplomacia, muestra hasta qué punto el poder ha aceptado los códigos del drama, la provocación y la viralidad. La solemnidad dejó de ser indispensable. Ahora basta con producir un momento: una frase que humille, una réplica que incendie, una imagen capaz de circular más rápido que cualquier comunicado oficial.

En México, la fiesta mundialista puede producir una sensación parecida. Los triunfos de la selección, los conciertos, la llegada de miles de visitantes, las calles llenas de color y las historias de convivencia ofrecen un respiro. Hay algo profundamente humano en la felicidad pública, en la hospitalidad, en la posibilidad de que una ciudad se reconozca por unos días en su mejor versión. Los pueblos también necesitan emoción, juego, amistad y júbilo.

Pero no hay que confundir el respiro con la realidad completa. Mientras la música ocupa las plazas y las cámaras buscan rostros felices, otros hechos avanzan con menos color, pero con mayor peso. El frágil intento de cerrar una guerra que quizá nunca debió empezar deja costos militares, políticos y humanos que no desaparecen por decreto. La guerra en Ucrania entra en una etapa más peligrosa, marcada por ataques con drones, golpes sobre territorio ruso y una Europa cada vez más consciente de que en ese frente se juega una parte decisiva de su seguridad futura.

América Latina, por su parte, se mueve con rapidez. Cambios políticos en Cuba, tensiones electorales en Perú, elecciones en Colombia, con reacomodos económicos y nuevas apuestas energéticas anuncian una región distinta. 

Más cerca de nosotros, la economía norteamericana atraviesa una zona de definición estratégica. La revisión del T-MEC no será un trámite administrativo, sino una prueba de fuerza sobre el futuro de la integración regional. México, Estados Unidos y Canadá llegan a esa conversación después de haber compartido la organización de una fiesta mundialista, pero también en medio de una realidad mucho más dura: competencia industrial, seguridad fronteriza, relocalización de cadenas productivas, presión migratoria, energía, tecnología y la pretensión de Washington de ordenar su entorno inmediato bajo una lógica de dominio estratégico. La amistad de la fiesta convive con el cálculo frío de los intereses nacionales. La fotografía sonriente no cancela la disputa. La música no silencia los indicadores. El espectáculo no elimina el fondo: apenas lo cubre con una luz más amable.

El espectáculo puede ser un descanso legítimo frente a la dureza del mundo. Puede ofrecer comunidad, belleza, entusiasmo y sentido de pertenencia. Pero también puede convertirse en cortina de humo, en sedante político, en una forma de desplazar la mirada de aquello que exige juicio, memoria y responsabilidad.

Para ocultar la realidad dura a veces basta con rodearla de tantas imágenes que termina pareciendo una más entre muchas. Una guerra junto a un marcador. Una madre buscando a su hijo junto a un concierto. Una negociación comercial junto a una fotografía de líderes sonrientes. El problema no es que todo aparezca en la misma pantalla. El problema es que la pantalla nos acostumbra a mirar todo con la misma intensidad y a olvidar casi con la misma rapidez.

Quien sólo mira el espectáculo corre el riesgo de confundir el colorido con la sustancia. Quien sólo mira el fondo puede olvidar que las sociedades también necesitan símbolos, rituales y momentos de alivio. La clave está en sostener ambas miradas sin entregarse por completo a ninguna. Porque el espectáculo pasa. Los goles se recuerdan, los conciertos terminan, las multitudes se dispersan y las banderas vuelven a guardarse. Lo que permanece son las decisiones tomadas mientras mirábamos otra cosa.

luisernestosalomon@gmail.com

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