Ideas

Mi patín y los mandados

¡Feliz Día del Padre! Un abrazo a todos, especialmente al mío, a Don Abel Campirano Palencia, quien desde el cielo me bendice y me cuida. ¡Gracias por todo papá! ¡Por ti soy lo que soy! Te quiero y te extraño.

Tiempo ha, tenía un patín del diablo que me había traído el Niño Dios. Vaya contrasentido, el Niño Dios me había traído algo del diablo, pero así le llamábamos a ese artefacto de color rojo, con mangos de madera en el manubrio, base también de madera y dos rueditas que se impulsaba con un pie, mientras el otro descansaba y brindaba equilibrio y vaya que a veces agarraba buena velocidad dependiendo de la fuerza de impulso del tripulante. Fue el antecedente de los modernos scooter.

Bueno, pues ese famoso patín con el que llegué a hacer alguna que otra arriesgada pirueta y sobreviví —la prueba es que estoy escribiendo este artículo—, me acompañó una buena parte de mi infancia hasta que el Niño Dios me trajo una bicicleta Cóndor.

Aguantó de todo, caídas, rondanas salidas, mangos mordisqueados por alguno que otro perrito, raspadas y las llantas rellenas, que soportaron el rudo manejo del niño; era no solo instrumento de diversión, era también herramienta de mi primer trabajo.

Ahí donde me ven, también fui emprendedor, como muchos de esta generación de cristal. Mi papá me mandaba a la tienda de la esquina por una cajetilla de cigarros Raleigh con filtro, mi abuelo, Raleigh sin filtro o Delicados ovalados, mi mamá que también fumaba me pedía cigarros Casinos y a veces “agregaba al carrito” un cuarto de jamón y un cuarto de queso amarillo y claro, todo tiene su contraprestación: “del cambio, agarras un veinte para tus chicles”. Desde entonces tengo esa extrema debilidad por las gomas de mascar.

Los que más me gustaban eran los chicles Yucatán, de menta, yerbabuena, anís, canela y tutifruti y me gustaban además de su sabor duradero porque rendían más; pedía un veinte y me daban un montón que no cabían en una mano.

A veces cambiaba un poco y pedía chicles de cajita, eran marca Adams, con los que tenía doble gusto: mascaba las pastillitas y me ponía las cajitas en los dedos o a veces hacía pequeños coches, jalándolos con un cordoncito, exactamente lo mismo que hacía con las cajitas de cerillos que desechaba mi papá. Bueno, niño finalmente, me las ingeniaba para divertirme con lo que fuera.

Siempre estaba listo para el mandadito. Para lo que necesitara mi papá, mi mamá, mi abuelo o los vecinos, sin importar día ni hora. Solo suspendía el servicio a domicilio cuando estaba lloviendo.

Me sentía como aquellos choferes de los antiguos sitios de la ciudad (Lux, Universidad, Vallarta, Cuarto Centenario, Mexicaltzingo, Central Camionera, del Carmen) que esperaban la señal del despachador para acudir a un domicilio a recoger un pasajero, nada más que yo era el que iba a tocar las puertas o los canceles de las casas en busca de hacer un mandado.

Solo estaba esperando la oportunidad de hacer un servicio porque sabía que me ganaría diez o veinte centavos, aunque no siempre, pues hubo quien simplemente me decía: “gracias güerito, salúdame a tus papás” y bueno, pues no siempre se gana, no todo es dinero, aunque claro, bien que ayuda.

Ahora que les comentaba de los carros de sitio o taxis, uno llamaba por teléfono a la caseta del sitio que estaba en alguna esquina donde estaba la base de los sitios, para pedir el servicio a domicilio y si conocía a algún chofer en lo particular que antes lo hubiera atendido, pedía que lo enviaran al domicilio saltándose el turno. El servicio de carros de sitio era confiable y rápido, esto último explicable porque rapidez era directamente proporcional a las reducidas dimensiones de nuestra ciudad. Las distancias eran cortas. La dejada por allá en los años 60 costaba cuatro pesos.

Con el tiempo, siguiendo las costumbres del antiguo D.F. empezaron a surgir los ruleteros y los coches de sitio o taxis dejaron de estar en la base para irse a recorrer las calles para levantar pasaje, pero esa es otra historia de la cual me ocuparé después en otra página de mis recuerdos porque les adelanto que en ese tiempo los taxis no tenían colores oficiales y se identificaban con un triángulo equilátero pintado en las portañuelas que tenía el número de sitio, el teléfono y el número de carro y otras cosas más que les comentaré, pero por ahora volvamos con el tema de los mandados.

Cuando mis clientes cautivos (mis papás) no requerían de mis servicios, como les platicaba, iba a las casas de los vecinos de la cuadra, tocaba la puerta y preguntaba siempre con la educación que me habían inculcado mis queridos padres: “buenas tardes, ¿se le ofrece algo de la tiendita? ¿algún mandadito?” y casi siempre me salían clientes: que si los cigarros, que los refrescos, que el birote, que un veinte de chiles jalapeños, que medio cuarto de manteca (la manteca la despachaban en papel), que dos pesos de pan, una cajita de cerillos, un estropajo, los combustibles (rollos de aserrín forrados de papel encerado que servían para el boiler de leña) en fin, las tienditas estaban bien surtidas y yo las ponía a los vecinos al alcance de mi patín del diablo y de un niño no ocupado en travesuras sino en lo que me gustaba: andar en la calle con ese artefacto que se me hacía maravilloso.

No era tan fácil hacer mandados, había que poner mucha atención con lo que a uno le encargaban. Una vez mi papá me pidió que fuera a la tienda por una cajetilla de cigarros marca Del Prado; raudo y veloz acudí a pedir una cajetilla de cigarros… ¿del jardín? ¿del pasto? … ¿del césped? … híjole, le dije a Don Enrique el dueño de la tienda, que se me había olvidado la marca y en lugar de ayudarme, porque bien sabía la marca, simplemente me dijo que de esos no había.

Cuando fui con mi papá, el regaño fue merecido; no había puesto atención y como siempre fumaba Raleigh, al cambiar de marca se me olvidó. Me sirvió el regaño, pues nunca tuve un problema con nadie en eso de hacer mandados, lo que me pedían yo llevaba. Ponía mucha atención.

El patín obviamente no tenía una parrilla o canastita como las bicicletas, pero me las ingenié y utilicé como bolsa de mandado, una red donde venía un balón de futbol que me habían regalado; la coloqué al frente bien amarrada y ahí le ponía los encargos; era una dificultad que tenía que resolver porque en una ocasión se me cayeron las cajetillas de cigarros que me habían encargado porque se me salieron de la bolsa del pantalón y nunca me di cuenta hasta llegar a la casa y ¡oh, Dios! ¡No los traía! Pero por fortuna, al regresar por el mismo camino, tuve la suerte de encontrarlas, gracias a Dios, porque yo creo que todavía a estas fechas las seguiría pagando en abonos porque no crean que todos los clientes daban veintes o tostones (monedas de cincuenta centavos) pues había quienes me daban un cinco o como decía antes solo recibía un “gracias güerito, salúdame a tus papás”.

Pero yo me divertía de lo lindo, recorría una y otra vez mi ruta que era de dos calles al oriente y dos al poniente, siempre en la acera de mi casa; mi frontera era Tolsá (yo vivía en Avenida Libertad) y hacia el Oriente una cuadra más de la que era la casa del entonces gobernador Jesús González Gallo, como si fuéramos con rumbo a Chapultepec, exactamente a cuadra y media de la Casa de los Abanicos que después fue el University Club, otra historia que pronto abordaré.

No todo era ir a la tienda, pues a veces me encargaban comprar EL INFORMADOR en un puesto que estaba en la esquina de Libertad y Tolsa, en la esquina suroeste, enfrente de las oficinas del ferrocarril del Sud-Pacífico. Así que un tiempo de alguna manera fui repartidor de este periódico en el que ahora me conceden el honor de escribir esta columna semanal y compartir con ustedes mis recuerdos.

Bueno, el espacio se termina. Aquí dejamos el relato. Nos volveremos a encontrar con el favor de Dios el próximo domingo, aquí en EL INFORMADOR. Los espero con mi aromático café bien calientito, con bísquets, mantequilla y mermelada.

lcampirano@yahoo.com

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