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México distraído mientras el mundo decide

Se está repartiendo el siglo XXI —el cómputo, los datos, el talento— y nosotros seguimos discutiendo si la inteligencia artificial es moda o amenaza.

Esta semana, el papa León XIV publicó Magnifica Humanitas, su primera encíclica, dedicada por completo a la inteligencia artificial. La firmó el 15 de mayo, exactamente 135 años después de la Rerum Novarum, aquel documento con el que la Iglesia intentó poner orden moral en plena revolución industrial. La analogía es deliberada e incómoda: lo que entonces fue el vapor y la fábrica, hoy son los algoritmos. Y a diferencia de aquella revolución, esta no toca solamente el trabajo. Toca la verdad, la educación, la libertad de juicio, la noción misma de qué significa ser persona.

León XIV evita dos trampas habituales. No celebra ingenuamente la tecnología ni la rechaza con tono apocalíptico. Reconoce que la IA puede sanar, enseñar, comunicar. Pero advierte algo que en México apenas empezamos a discutir en serio: la tecnología no es neutra. Adopta el rostro de quien la diseña, la financia, la regula y la utiliza. El debate de fondo no es si estamos a favor o en contra. Es quién decide, con qué criterios, y a costa de quién.

Esa pregunta es política, no metafísica. Y es ahí donde llevamos años mirando hacia otro lado.

Las cifras de adopción suelen contarse en clave optimista. El mercado mexicano de IA pasará de 450 millones de dólares en 2025 a más de 65 mil millones hacia 2030. El 38 por ciento de las empresas mexicanas ya usa IA en alguna forma. El 91 por ciento de los docentes y el 76 por ciento de los estudiantes universitarios reconocen que necesitan capacitarse. Lo que casi nunca se dice es el reverso: sólo el uno por ciento de las empresas mexicanas ha alcanzado madurez plena en su implementación, el 56 por ciento identifica la falta de talento como su principal barrera, y en manufactura, donde supuestamente somos potencia, apenas 18 por ciento de las plantas usa IA, la mitad del promedio europeo. Cerca de la mitad de los empleos del país son automatizables. Esa es la fotografía real.

El gobierno federal no ha publicado una estrategia nacional de IA con metas, presupuesto y plazos. El paquete económico 2026 menciona digitalización, no soberanía tecnológica. Mientras tanto, las plataformas que nos prestan sus modelos están en otro hemisferio, con otra fiscalidad y otros intereses. Cada vez que una empresa mexicana procesa información sensible en un modelo extranjero, está exportando algo más que datos: está exportando criterio.

El sector empresarial tampoco puede esconderse detrás del Estado. Demasiados consejos directivos siguen tratando a la IA como un gasto de TI, no como una decisión estratégica que va a definir quién queda en pie dentro de cinco años. Demasiadas empresas medianas compran licencias de software extranjero sin formar a un solo ingeniero propio. Estamos repitiendo, casi punto por punto, el error con que entramos a la apertura comercial: comprar tecnología sin construir capacidades para producirla.

Y la sociedad, con perdón, tampoco está exenta. Hemos convertido a la IA en un truco para tareas escolares y presentaciones de oficina. Si nuestro único vínculo con esta tecnología es delegarle la escritura y la búsqueda, lo único que estamos entrenando es nuestra propia atrofia. León XIV lo dice con una claridad que duele: educar en IA también significa enseñar cuándo y para qué no usarla.

Jalisco, en este panorama, tiene una posición privilegiada y por lo tanto una responsabilidad mayor. Concentra el 70 por ciento de las empresas de diseño de semiconductores del país. Jalisco Tech Hub Act, el parque de semiconductores con Cinvestav, las certificaciones con Intel, los laboratorios donados por Infineon a la Universidad de Guadalajara: todo eso existe, todo eso suma. Pero conviene decirlo sin rodeos: atraer inversión no es lo mismo que construir soberanía. Soberanía tecnológica no significa cerrarse al mundo; significa tener capacidad de decisión. Significa que el talento que formamos no termine, en su totalidad, diseñando productos que pertenecen a otros. Significa que el día que cambie la regla geopolítica (y va a cambiar) podamos seguir operando.

La inteligencia artificial va a seguir avanzando. En eso no tenemos voto. Lo que sí podemos decidir todavía es bajo qué visión de humanidad lo va a hacer en nuestra casa. Si la dejamos correr sola, va a profundizar las desigualdades que ya tenemos y nos va a dejar discutiendo dentro de diez años por qué nos quedamos otra vez del lado equivocado de la curva. La grandeza de lo humano no se defiende sola. Y desde luego no se defiende mirando hacia otro lado.

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