Ideas

Mexicanismos en septiembre

Me encuentro desayunando en este momento en una mesa del jardín central de Guanajuato, justo enfrente del majestuoso Teatro Juárez, en las vísperas del inicio del mes de septiembre.

Aparentemente los desayunos mexicanos —esos que coronan dos huevos estrellados encima de una tortilla frita, acompañados de chicharrón en salsa verde, un mollete con crema y queso, y un humeante café con leche— son eso: entrañablemente nuestros y llenos de alegría sensorial.

Este escenario me trajo un recuerdo muy querido. Un tío entrañable, quien viajó por todo el mundo debido a su trabajo, siempre que tenía la oportunidad de llevarme con él me preguntaba por las mañanas con una sonrisa cómplice: “¿Cómo andas de hambre?, ¿quieres un desayuno local o más bien un ‘desayuno mexicano’?”.

Generalmente yo elegía el festín de mi país, ante las miradas incrédulas de sus socios extranjeros que se sorprendían por el apetito y la energía que requería semejante ingesta matutina. Yo, frente a semejante plato, me sentía “muy salsa”. No era solo un asunto de apetito; era una forma sutil y orgullosa de saborear mi identidad y de sentirme en casa sin importar el lugar del mundo donde nos encontráramos.

Tras el Mundial, como lo hemos conversado antes en este mismo espacio, lo mexicano se resignificó. La comida, la bebida, la celebración y esa convivencia comunitaria tan nuestra dejaron de ser simple folklore para convertirse en el tejido vivo de lo que somos. Los “mexicanismos” que usamos para conectar con los otros no son meras palabras; son puentes cargados de afecto y complicidad nacidos de un profundo mestizaje lingüístico, nutridos por la enorme influencia de lenguas originarias como el náhuatl, el maya o el purépecha. En la conversación cotidiana, nadie se escapa de dar o recibir un mexicanismo. En los negocios, por supuesto, tampoco.

Hacer negocios en México requiere un código de confianza muy particular. Mientras que en otras latitudes un trato se cierra con la fría precisión de un contrato, aquí la negociación es un ritual humano que empieza por la empatía.

El pitch mexicano se ha construido con metáforas que funcionan como atajos emocionales. Seguramente has usado o escuchado expresiones como: “No le quieras vender chiles a Clemente Jacques”, “es como llevar cocos a Colima”, “del plato a la boca se cae la sopa”, “ponerse la del Puebla”, “echarle mucha crema a sus tacos” o “dar el gatazo”.

Estos códigos no solo habitan en las salas de juntas; también rigen los pasillos de la cultura “Godín”, donde expresiones como “ponerse la camiseta”, “hacer la barba”, “hacerle al cuento”, “chambear”, “a darle, que es mole de olla”, “el que tenga tienda, que la atienda (y si no, que la venda)”, “ponerse las pilas”, “sacar al buey de la barranca”, “tapar el ojo al macho” o “me cayó el veinte”, definen el ritmo, el sudor, la lealtad y el enfoque en resultados del día a día.

Piénsalo de esta manera: cuántas veces hemos visto a colegas y ejecutivos estudiar minuciosamente la cultura de negocios de Japón, Alemania o Estados Unidos para cerrar un trato, pero nunca hemos visto un curso o taller de “mexicanismos corporativos” para hacer buenos negocios en nuestro propio país.

Pero hay que prestar atención: la empatía también requiere precisión geográfica. Si tu marca nació en la capital o en una región distinta al Occidente mexicano, desde donde se escribe esta humildísima columna, debes comprender que no conectarás de la misma forma en Chapalita que en la Condesa. Pensar que el lenguaje es plano en un país tan diverso es el primer error de cualquier estratega de negocios. Al final, el respeto a la identidad local es lo que separa a un proveedor de paso de un verdadero socio comercial para toda la vida.

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Si no escuchas, no vendes. ¡Feliz mes de septiembre!

emiliano@lamarcalab.com

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