Ideas

Los radicales

Moderación. Es una palabra que provoca poco entusiasmo. Los titulares de prensa a la evaden, difícilmente se vuelve viral y puede incluso sonar incómoda. Pero ahora quizá sea una de las que más necesitamos.

El mundo está inmerso en disputas económicas, políticas, territoriales y religiosas que, llevadas al extremo, desembocan con demasiada facilidad en la violencia. Ucrania y el Medio Oriente muestran diariamente hasta dónde puede llegar la incapacidad de contener un conflicto. La muerte, el dolor y la destrucción son terribles por sí mismos; cuando además quedan envueltos en causas que se presentan como absolutas, la posibilidad de encontrar una salida es cada vez  más difícil.

El reciente episodio del copiloto que atacó al capitán de un avión e intentó apoderarse de la aeronave llena de pasajeros ofrece una imagen brutal de esa sinrazón. Basta que una persona lleve una convicción al extremo para poner en riesgo la vida de cientos de inocentes.

Pero la radicalización no comienza con la violencia física. Comienza con el lenguaje. En las sociedades democráticas, la polarización está vaciando de argumentos al debate público. Las razones ceden terreno frente a las emociones; la discusión frente a la pertenencia; la duda frente a la certeza. Cada vez importa menos lo que se dice y más saber de qué lado está quien lo dice.

El adversario deja entonces de ser alguien con quien discrepamos y comienza a convertirse en alguien a quien debemos llamar enemigo a derrotar.

La historia ofrece suficientes advertencias. El Terror de la Revolución Francesa mostró cómo una causa que proclamaba principios universales podía terminar justificando la eliminación física de quienes eran considerados enemigos. Las dos guerras mundiales tuvieron causas mucho más complejas y sería absurdo reducirlas a una sola explicación, pero también enseñaron hasta dónde pueden conducir el nacionalismo exacerbado, la intolerancia, las certezas absolutas y la deshumanización del contrario. Fueron momentos que cambiaron al mundo.

Podríamos estar atravesando nuevamente una transformación de esa magnitud, aunque todavía resulte difícil advertir sus dimensiones. El orden internacional se está reconfigurando, las relaciones entre las grandes potencias buscan un nuevo equilibrio y la tecnología modifica a una velocidad extraordinaria la economía, la guerra, la información y nuestra propia manera de relacionarnos.

El reciente encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping puede leerse, al menos, como un ejercicio de contención. Las dos mayores potencias económicas del planeta compiten duramente, pero también saben que existen consecuencias cuando esa competencia pierde sus límites.

Es una señal importante, aunque insuficiente, porque mientras la diplomacia intenta contener algunas tensiones, la tecnología y la política parecen empujarnos en sentido contrario.

México tiene su propia historia. Durante los últimos años la tensión política ha dividido profundamente a la opinión pública. Esa confrontación ocurre, además, sobre una realidad particularmente delicada: la violencia criminal que desde hace décadas lastima al país. Es un terreno fértil para posiciones que ofrecen certezas sencillas frente a problemas extraordinariamente complejos y que, con frecuencia, denuestan cualquier llamado a la moderación como si fuera una forma de debilidad.

Pero hay otra dimensión menos visible.

Parte de la radicalización contemporánea nace también del individualismo, de la frustración acumulada y de un entorno diseñado para estimular continuamente nuestras emociones. Vivimos rodeados de mensajes que quieren indignarnos, asustarnos, seducirnos o entusiasmarnos. Las plataformas necesitan que reaccionemos. La publicidad necesita que deseemos. La política necesita que tomemos partido.

Casi nadie gana dinero pidiéndonos que contemplemos. Y la moderación necesita precisamente eso: tiempo, distancia, reflexión y, sobre todo, la capacidad de reconocer que podemos estar equivocados.

El problema es que tampoco las elecciones suelen premiar esas virtudes. Se ganan mediante una compleja combinación de narrativas, expectativas, identidades y disparadores emocionales. Algo semejante sucede con el consumo: una parte creciente de la economía nos invita a vivir experiencias, satisfacer deseos y reaccionar inmediatamente. Pensar demasiado puede convertirse incluso en un obstáculo para comprar. La economía y la política han descubierto que la emoción moviliza mejor que la reflexión.

El profesor Aurelian Craiutu en su libro reciente ¿Por qué no la moderación? No como indiferencia. Tampoco como esa cómoda posición que consiste en colocarse siempre exactamente a la mitad entre dos extremos. Hay ocasiones en las que una sociedad debe defender con enorme firmeza sus principios.

La moderación es comprender que la convicción no exige fanatismo; que la firmeza puede convivir con la duda; que negociar no siempre significa claudicar; que escuchar al adversario no equivale a darle la razón y que ninguna victoria política justifica destruir las reglas que mañana necesitaremos para convivir.

El panorama global y nacional permite anticipar años de incertidumbre, transformaciones profundas y decisiones sometidas a enormes tensiones. Precisamente por eso convendría recuperar lo importante antes de que la coyuntura termine por ocultarlas.

Quizá necesitemos un poco más de Marco Aurelio: disciplina interior, reflexión, sentido del límite y conciencia de la fragilidad humana. Y bastante menos de esa estridencia que la historia asocia con quienes, desde el poder, terminaron contemplando cómo todo ardía a su alrededor.

Porque existe una paradoja inquietante. Las sociedades suelen despreciar la moderación cuando todavía pueden permitírselo. Y comienzan a reclamarla cuando los radicales ya han ido demasiado lejos.

luisernestosalomon@gmail.com
 

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