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Los puentes de Guadalajara

Casi todas las poblaciones en el mundo se fundaron en lugares próximos a cuerpos de agua. Por ende, muchas de las grandes ciudades están cruzadas por un río: París, Roma, Madrid, Londres, Moscú, Budapest, Sevilla y El Cairo, entre otras. Guadalajara se estableció a mediados del siglo XVI en los márgenes del río de San Juan de Dios: al oriente los habitantes originarios y al poniente, los inmigrantes.

Pocas personas saben que nuestra ciudad tuvo, para conectar al oriente con el poniente, siete puentes (Francisco Ayón Zester). La razón de tal desconocimiento se debe a que ya no existen; cuando se entubó el río San Juan de Dios, dejaron de ser necesarios y, fieles a nuestra capacidad destructiva, lejos de proteger nuestros recursos naturales, acabamos con el río y con el patrimonio cultural que representaban los puentes. 

Ayón nos explica que llegaron a existir más de doce puentes y pasos menores. Siguiendo el curso del río de Norte a Sur, se encontraban el Puente de Santa María, a la altura de lo que es hoy el parque Morelos; el Puente de San Juan de Dios, en las inmediaciones del actual Mercado Libertad; y el Puente Verde, un poco más al Sur del anterior. El Puente de Analco conectaba con el viejo barrio del que llevaba su nombre; el de Medrano, se ubicaba a la altura del monumento a la Independencia; el Puente de las Damas, cerca del cruzamiento de la avenida de La Paz y Colón; y el puente de Mexicaltzingo permitía la comunicación con las zonas agrícolas del Sur de la ciudad. Existe, por cierto, un viejo puente construido a finales de 1700 en la actual confluencia de las avenidas de Las Américas y Montevideo, y que sigue sirviendo a quienes transitamos cotidianamente por esas calles de nuestra ciudad amada.

Desde siempre me han impresionado los puentes, puesto que, al igual que la política, sirven para unir, reducir distancias e integrar lo disperso.

Pienso que la principal misión de los políticos es construir puentes, dicho en otras palabras, allanar, conciliar, sumar voluntades, vincular los extremos y reducir distancias para resolver los retos y problemas de la vida en comunidad. 

En tiempos de ayer, los puentes estaban hechos con piedra y argamasa; su función era conectar los extremos para salvar los accidentes geográficos y facilitar la comunicación terrestre.

Hoy, frente a la dinámica de la sociedad contemporánea los puentes han sido modernizados por la tecnología, la velocidad de los intercambios económicos y culturales y la movilidad de las personas. El mundo se globalizó y nuevas formas de interconexión han sido desarrolladas. Guadalajara no es la misma de los siglos pasados ni será igual a la de los años subsecuentes. Nuestros límites ya no son como en el pasado -el oriente y el poniente-. Los límites se encuentran ahora en la imaginación. Dejémosla volar, fijemos metas ambiciosas, pongamos todo nuestro empeño y construyamos sólidos puentes soportados en la comprensión, la tolerancia, la solidaridad y la justicia.

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