Los grandes chalets perdidos
Los edificios que Guadalajara extraña, II
Hubo una Guadalajara que no tenía que demostrar su cultura, que no le tenía miedo al ornamento y en la que una sociedad mostraba públicamente su ambición, su gusto y su estatus, reflejándolos también en sus casas.
Mucho he hablado de las grandes residencias que alguna vez adornaron las avenidas Vallarta y Lafayette, hoy Chapultepec. Casas con torreones, terrazas, escalinatas y enormes jardines que daban a esta parte de Guadalajara un carácter que hoy cuesta trabajo imaginar. Los padres y abuelos de las generaciones actuales se encargaron de demoler casi todas cuando dejaron de serles rentables. El estilo de vida cambió, la sociedad se siguió moviendo hacia el poniente y aquellas avenidas se llenaron de automóviles y se convirtieron en corredores comerciales.
Uno de los mejores ejemplos fue el Chalet Ferreira, construido hacia 1910 sobre Lafayette, entre Lerdo de Tejada y Bosque, hoy Guadalupe Zuno. Diseñado por Enrique Choistry para el general José Ferreira, era una magnífica residencia de estilo inglés. Sobre Chapultepec no sobrevive hoy ninguna de aquellas grandes casonas que dieron prestigio a la antigua Colonia Reforma. El Chalet Ferreira cayó a finales de los años sesenta, cuando el “progreso” llegó a esta parte de la ciudad.
También obra de Choistry fue el Chalet Manzano, en la esquina de Vallarta y Lafayette. Perteneció al coronel José Manzano Briseño, revolucionario maderista, diputado constituyente y personaje importante de la vida política jalisciense. Era una construcción ecléctica, de cierto aire italianizante y gótico, rematada por un torreón que dominaba la esquina. Hoy ocupa su lugar una sucursal bancaria.
Quizá la obra más notable de Choistry en Guadalajara fue el Chalet Nigg-Bell, construido alrededor de 1910 para Juan Nigg, un acaudalado francés avecindado en la ciudad. Cuando regresó a Europa, la casa pasó a manos de la familia del célebre payaso Ricardo Bell. Sus jardines llegaban hasta López Cotilla y una espectacular escalera exterior presidía la residencia. Llegó a ser sede del Casino Reforma y terminó abandonada, hasta ser demolida a principios de los años sesenta. La sustituyó un edificio de oficinas que también ha envejecido, aunque sin haber adquirido nunca la dignidad de aquello que reemplazó.
En Libertad y Atenas estaba Villa Guillermina, la casa que Guillermo de Alba construyó hacia 1903 para él mismo, su esposa Cova Cañedo y su hija Mina. Era una residencia extraordinariamente personal, llena de terrazas, jardines, rincones y recovecos, con una magnífica carpintería y claras influencias de la arquitectura que De Alba había conocido durante su estancia en Chicago. Sobrevivió hasta finales de los años setenta, cuando fue demolida para levantar una caja comercial que todavía ocupa el terreno. De la casa quedó solamente su hermosa reja.
En Vallarta y Lafayette se encontraba Villa Normandía, que llegó a albergar el Consulado de Francia. Perteneció originalmente a Eugène Cuzin Lefevbre, socio del almacén La Ciudad de México, y posteriormente pasó por manos de algunas de las familias y empresarios más importantes de aquella Guadalajara. Finalmente la adquirió Bancomer, que la demolió para construir el enorme búnker bancario que sigue ocupando la esquina.
No vamos a llorar por estas casas. Ya es demasiado tarde para eso. Prefiero recordarlas con la dignidad que tuvieron y pensar en las que todavía quedan, porque el destino de estas cinco no tiene por qué repetirse.