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Lo que la inteligencia artificial nunca aprenderá

Mientras las universidades discutimos cómo incorporar la inteligencia artificial en las aulas, sospecho que estamos dejando de lado la pregunta verdaderamente importante. El desafío ya no consiste en enseñar a utilizar estas herramientas, sino en formar personas capaces de decidir cuándo confiar en ellas, cuándo cuestionarlas y cuándo, simplemente, no utilizarlas.

Con demasiada frecuencia reducimos este debate a una falsa disyuntiva. Para unos, la inteligencia artificial representa una amenaza que pone en riesgo el aprendizaje; para otros, es la solución definitiva a todos los problemas de la educación. Ambas posturas comparten el mismo error: colocan a la tecnología en el centro de la discusión. Y ese nunca ha sido el verdadero problema.

La historia demuestra que los grandes avances técnicos o tecnológicos no garantizan, por sí mismos, un mayor progreso humano. La imprenta difundió el conocimiento, pero también la propaganda. La energía nuclear iluminó ciudades y destruyó otras. La inteligencia artificial no será distinta. Todo dependerá del tipo de personas que la diseñen, la utilicen y decidan los fines para los cuales será empleada.

En este punto, la reciente encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV introduce una reflexión especialmente pertinente. Lejos de condenar el desarrollo tecnológico, invita a preguntarnos hacia dónde nos conduce. Para ello recupera una imagen bíblica sorprendentemente actual. Por un lado, está Babel: una humanidad que, fascinada por su propia capacidad, pretende alcanzar el cielo y hacerse un nombre por sí misma. Por otro está Jerusalén: la ciudad que se reconstruye poniendo en el centro la dignidad de las personas, el bien común y la responsabilidad compartida. Son dos maneras de entender el progreso. La primera mide el éxito por el poder que somos capaces de alcanzar; la segunda, por el bien que somos capaces de construir. Esa es, en el fondo, la gran pregunta que plantea la inteligencia artificial: no qué podemos hacer con ella, sino qué tipo de humanidad queremos llegar a ser gracias a ella.

Esa pregunta debería inquietar particularmente a la institución universitaria hoy en día.

Durante años hemos medido el éxito por indicadores indispensables, pero insuficientes: empleabilidad, salarios de egreso, productividad científica, patentes o innovación. Todo ello importa. Sin embargo, cuando esos indicadores se convierten en el único horizonte, la universidad corre el riesgo de olvidar aquello que siempre la distinguió: formar el juicio de las personas.

Porque aprender nunca consistió únicamente en acumular información. Hoy un estudiante puede obtener en segundos un resumen, redactar un ensayo o generar código mediante inteligencia artificial. Eso cambia profundamente la manera de enseñar, pero no modifica la esencia de la educación. La información nunca había sido tan abundante; el discernimiento nunca había sido tan escaso.

La inteligencia artificial puede ofrecer respuestas extraordinarias. Lo que no puede hacer es asumir la responsabilidad moral de una decisión, comprender el sufrimiento humano, distinguir entre lo conveniente y lo correcto o preguntarse por el sentido de aquello que hace. Puede calcular; no puede deliberar. Puede optimizar; no puede amar. Puede aprender patrones; no puede descubrir un propósito.

Quizá por eso la universidad enfrenta hoy una de las mayores responsabilidades de su historia. Más que enseñar a utilizar inteligencia artificial, debe formar personas capaces de gobernarla con prudencia. Necesitamos médicos que sepan cuándo desconfiar de un algoritmo, ingenieros que comprendan las consecuencias sociales de sus diseños, empresarios que no sacrifiquen la dignidad humana en nombre de la eficiencia y ciudadanos capaces de pensar por sí mismos en medio del ruido digital.

Durante siglos, la universidad fue el lugar donde se aprendía a conocer. Tal vez el siglo XXI le exija volver a ser, sobre todo, el lugar donde se aprenda a juzgar. Porque el futuro no estará determinado por la inteligencia de las máquinas, sino por la sabiduría de quienes las diseñan, las utilizan y deciden los fines para los cuales serán empleadas. La pregunta decisiva nunca será cuánto puede hacer la inteligencia artificial, sino qué tipo de humanidad queremos llegar a ser con ella.

*Rector de la Universidad Panamericana campus Guadalajara.

X: @amendozaup

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