Lemus: su modo chavorruco se acabó
He escuchado en múltiples ocasiones decir: nadie puede tratar con las juventudes de hoy. Hay quien dice que estas son las juventudes de la pandemia: dispersas, lejanas al pensamiento crítico, deprimidas y cansadas, pero al mismo tiempo retadoras de la autoridad. Quizá la pandemia, la inteligencia artificial o la conexión con otras formas de mundo sean las que les forman críticamente. No son las vías tradicionales, pero es lo que las juventudes hoy eligen. Lo que sí existe es un hartazgo, una rabia y una suerte de sensación apocalíptica de desesperanza en torno al futuro que no les ofrece alternativas de vida sustentable y sostenible.
Comprender a las juventudes hoy es un gran desafío; convivir con ellas es un aprendizaje reflexivo cotidiano. Quizá han pensado que la acción de resistencia pacifista histórica no ha servido para lograr muchas cosas porque el presente no les garantiza nada. Y podemos estar de acuerdo o no con “sus formas”, pero su rabia ante la incertidumbre del futuro es legítima.
Jóvenes de todo el mundo se han ido manifestando ante el apocalipsis del futuro y la ineficiencia de la política para construir soluciones viables y dignas. España, Albania, Francia, Chile, Argentina y México han vivido en las últimas semanas múltiples protestas por la resignificación de su futuro. El mundo comienza a arder ante la falta de oportunidades, pero, sobre todo, ante la ausencia de la garantía de los derechos humanos fundamentales. A la política se le olvidó que esta generación de jóvenes ha crecido bajo la lógica de los derechos humanos y los famosos objetivos del desarrollo del milenio de la ONU. El problema es que la política y el Estado nunca supieron comprender este cambio de arquitectura sociopolítica y cultural. Las juventudes no buscan solamente una beca o asistencialismo, buscan ver garantizados sus derechos humanos.
Los gobiernos no han sabido leer y actuar ante los cuestionamientos de las juventudes en torno al estado de bienestar y el descontento cíclico. Al gobernador Pablo Lemus le tocó ver el domingo a juventudes de diferentes tipos en una megamarcha por el agua legítima. Por supuesto, sí, algunas con rabia excesiva y que al mismo tiempo vulneran derechos de otras personas. Pero le tocó ver una gran mayoría de juventudes que le encaran sin miedo diciéndole “güey” o “al chile, ya ponte a trabajar”, como ocurrió con los estudiantes del ITESO.
El gobernador les prometió a esas juventudes que no las reprimiría en la marcha del domingo, pero eso sí pasó. Hay juventudes a las que no se les puede silenciar; el silencio no es idioma. Su rabia no se puede contener porque en medio de ella está siempre pensar que no tienen un futuro cierto y que las decisiones del Estado han sido fallidas. La política de Lemus no pensó en un futuro de derechos y se centró en la mercadotecnia barata de la inmediatez.
El modo político de chavorruco de Pablo Lemus pensó que sus videos, sus bailes, su política de TikTok podía conectar y ser ejemplo suficiente de eficiencia política. Pensó que gobernar sin decidir con información y diálogo era fácil. Su propio circo lo sepultó, porque gobernar no es hacer publicidad, bailar, balancearse o hacer videos; es decidir, pensar, imaginar con datos e información para diseñar un presente y un futuro posible. Nadie duda de su inteligencia comunicativa, pero hoy sí se duda de su capacidad de controlar, decidir y gobernar con pensamiento crítico.
El legado de Pablo Lemus quedó marcado. Un gobernador cuya policía es represora, torturadora, capaz de violentar todos los derechos humanos. Una policía en la que teníamos que confiar y que decide después utilizar el aparato institucional del Estado para buscar el trayecto de un conductor de Rappi antes que usarlo para buscar personas desaparecidas. Hasta hoy, nada de eso puede borrar ese legado; sus disculpas han ido por migajas y no se ajustan a la lógica de los derechos humanos que se articulan no solo por el reconocimiento, sino por la reparación y la garantía de no repetición. Y nadie sabe si esto que acaba de construir fue su decisión o la de alguien más, y quiénes dieron órdenes de reprimir y cómo lo hicieron. Una decisión, o una ausencia de decisión, puede describir la forma de la historia, y al gobernador le costará mucho trabajo construir la nueva historia de su gobierno.
Las juventudes jaliscienses están decididas a articular dos cosas rumbo al 2027: revocación de mandato o voto duro contra MC, porque no hay reparación, restitución o disculpas legítimas que puedan solucionar los agravios de una posible tortura. A Lemus se le acabó el modo chavorruco porque los desafíos que tiene por delante requieren seriedad, determinación, apertura, diálogo e inteligencia. ¿Está listo él para pagar los costos políticos por resignificarse? Habrá que ver.
erika.loyo@udg.mx