Las ciencias sociales han muerto
Las personas que estudiamos ciencias sociales o humanidades siempre nos enfrentamos a las mismas preguntas: “¿de qué vas a trabajar?” o “¿eso para qué sirve?”. Estas preguntas, que parecen realmente inocentes, son síntomas de una visión concreta donde una licenciatura vale en la medida en que produce un empleo rentable. El reciente ciclo escolar en la Universidad de Guadalajara, en el que quedaron numerosos espacios disponibles para las humanidades y las ciencias sociales, puso sobre la mesa un cuestionamiento que no ha sido abordado con suficiente fuerza: ¿qué esperamos realmente de un ser humano?
En los últimos años, elegir una carrera se ha transformado en una decisión de supervivencia económica. Ya no parece tratarse de qué tipo de conocimiento queremos obtener, mucho menos de qué individuos necesita la sociedad, sino de formar personas productivas. Así, la universidad se ha entendido desde una lógica instrumental en la que se busca emplear y no construir sujetos. El problema es que la universidad no debería producir solamente trabajadores, sino personas capaces de interpretar, cuestionar y participar en la sociedad desde los conocimientos adquiridos, no simplemente desde las habilidades que responden al mercado.
Sin embargo, cuestionar esta lógica no significa ignorar los problemas que enfrentan las propias ciencias sociales y humanidades, particularmente su dificultad para responder a una sociedad atravesada cada vez más por la tecnología. Si estas licenciaturas tienen como propósito comprender las transformaciones sociales, resulta contradictorio que su actualización no avance al mismo ritmo de los cambios que buscan analizar.
La incorporación de herramientas digitales, inteligencia artificial y análisis de datos podría permitir que historiadores, sociólogos, antropólogos y otros especialistas amplíen sus formas de investigación y comprensión de fenómenos cada vez más complejos.
El problema es que esta actualización no debería significar abandonar las ciencias sociales para crear nuevas licenciaturas que respondan exclusivamente a las necesidades del mercado tecnológico. También implica transformar las que ya existen, incorporando conocimientos que permitan a sus egresados desenvolverse en nuevos espacios laborales sin renunciar a su capacidad de interpretar, cuestionar y comprender la sociedad. No se trata, entonces, de elegir entre pensamiento crítico y empleabilidad, sino de encontrar una manera de que ambos coexistan.
Al final, responder qué esperamos realmente de un ser humano exige decidir si nos basta con formar individuos que ejecuten tareas o si aún aspiramos a construir sujetos capaces de cuestionar su realidad. Las ciencias sociales no han muerto, pero su supervivencia depende de incorporar los conocimientos y recursos del presente sin perder su vocación crítica. Si la universidad cede del todo a la lógica del mercado, no solo dejará las aulas vacías, habrá renunciado a la posibilidad de imaginar qué tipo de sociedad queremos ser.
karely.zv08@gmail.com