La vida en jaque
De acuerdo con los datos del INEGI, en 2025 se registraron en México ocho mil 709 defunciones por suicidio. Detrás de esta cifra hay una tendencia profundamente preocupante, pues entre 2015 y 2025, la tasa nacional pasó de 5.1 a 6.7 suicidios por cada cien mil habitantes. En apenas una década, el país fue testigo de la profundización de una herida social cuya profundidad todavía no parece dispuesto a reconocer.
El suicidio es un acontecimiento límite. La filosofía existencial enseñó que la vida humana no se reduce a la mera conservación biológica: vivir significa habitar un mundo, reconocerse en él y encontrar posibilidades desde y hacia las cuales proyectarse. Cuando esas posibilidades se clausuran -o parecen clausurarse-, la vida puede dejar de experimentarse como apertura y convertirse en encierro, en clausura de los horizontes de sentido que nos permiten mantenernos con vitalidad. Por ello, sería un error explicar el suicidio únicamente como una decisión individual o como resultado de algún desorden de la personalidad. También se quiebran los vínculos, los horizontes y las formas sociales que hacen posible sostener una existencia.
Las cifras oficiales revelan algunos de esos quiebres. La tasa entre los hombres fue de 10.9 por cada cien mil, más de cuatro veces la registrada entre las mujeres, que es de 2.6. En los hombres de 30 a 44 años llegó a 17.2. Esta desigualdad obliga a interrogar los mandatos de una masculinidad construida alrededor de la autosuficiencia, el silencio emocional y la obligación de resistir. Muchos hombres aprenden a no solicitar ayuda, a ocultar el miedo y a vivir el fracaso económico o afectivo como una degradación personal.
La situación de las juventudes es igualmente grave. Entre las personas de 15 a 29 años, el suicidio fue la tercera causa de muerte: tres mil 318 casos, equivalentes al 38.1 por ciento del total nacional. Que una sociedad pierda de este modo a quienes apenas comienzan a construir un proyecto de vida constituye mucho más que un problema de salud pública. Expresa una crisis del porvenir. La precariedad laboral, la pobreza, la desigualdad, la violencia cotidiana, la discriminación y la exclusión no determinan mecánicamente el suicidio; pero sí confluyen, sin embargo, en la erosión de los soportes materiales y simbólicos que permiten imaginar que mañana puede ser distinto.
Adicionalmente, el hecho de que 70.3% de los suicidios juveniles ocurriera dentro de una vivienda particular muestra además que el hogar no siempre es refugio. Puede ser también el espacio de la soledad, la violencia, el conflicto o la invisibilidad del sufrimiento. La concentración territorial tampoco admite explicaciones simples: Chihuahua, Yucatán y Aguascalientes presentan tasas que prácticamente duplican la media nacional, lo cual exige diagnósticos locales capaces de identificar contextos, redes de atención y factores específicos.
Hay, además, una paradoja: aunque la población califica su satisfacción con la vida con un promedio de 8.75 sobre diez, 21.8 por ciento manifestó síntomas de ansiedad; 13.4 por ciento, de depresión, y 6.9 por ciento declaró sentirse sola la mayor parte o todo el tiempo. Ello muestra que una valoración general positiva de la vida puede coexistir con sufrimientos profundos. También recuerda que los promedios nacionales suelen ocultar o minimizar las fracturas de la experiencia concreta.
Este carácter límite del suicidio remite al sentimiento trágico de la vida formulado por Miguel de Unamuno: la tensión entre el anhelo humano de persistir y un mundo que parece negar sentido y esperanza. Prevenirlo exige, por ello, devolver a cada persona la posibilidad de sentirse reconocida, acompañada y necesaria para los otros.
México necesita una política nacional de salud mental suficiente, territorial y diferenciada por edad, sexo y condición social. Prevenir exige atención accesible, detección temprana, escuelas capaces de acompañar, comunidades que reconstruyan vínculos y condiciones de vida que no conviertan la existencia en una resistencia interminable. Cada suicidio es una tragedia irreductible; y su crecimiento sostenido es, además, un juicio sobre la sociedad que dejamos de construir.