Ideas

La reconstrucción de la izquierda

Susan Neiman (1955) es una de las filósofas americanas más destacadas del presente. Estudió con John Rawls y Stanley Cavell, en Harvard, y es autora de un excelente libro sobre el mal: El mal en el pensamiento moderno. Una historia no convencional de la filosofía (2002). Fiel al espíritu de la Ilustración y a la tradición universalista del judaísmo, Neiman no sólo escribe trabajos académicos (scholarly investigation) sino libros dirigidos al gran público lector.

En Izquierda no es woke (Debate, 2024) Neiman critica lo que considera una ideología nociva y busca rescatar la dimensión liberal-ilustrada de la izquierda, corriente que, históricamente, ha defendido tres «ideas filosóficas centrales»: «un compromiso con el universalismo frente al tribalismo, una distinción clara entre justicia y poder y una creencia en la posibilidad de progreso» (p. 13). La izquierda es, por tanto, hija de la Ilustración.

La ideología woke, en cambio, es bárbara y oscurantista. Juzga más esenciales «las características accidentales con las que nacemos», como el sexo o el color de piel, que «los principios que abrazamos y defendemos» (p. 23), renunciando así a la idea de «humanidad» y creyendo, con Michel Foucault, que toda pretensión de verdad o de justicia encubre procesos de poder y dominación. La historia de Occidente es, según esta ideología iliberal, la crónica de una decadencia inexorable.

Los woke parten, sin duda, de sentimientos izquierdistas (empatía con los oprimidos, amor por la justicia, deseos de igualdad). El problema, dice Neiman, es que su razonamiento no deja de ser hondamente reaccionario; prueba de ello son sus supuestos filosóficos (como su tribalismo o su purismo moral e ideológico) y sus vías de acción (la cultura de la cancelación, el boicot social).

«[L]a insistencia woke en una visión tribal de la cultura no queda muy lejos de la insistencia nazi en que la música alemana solo debía ser interpretada por arios» (pp. 80-81): como podrá verse, Neiman es un modelo de honestidad intelectual y coraje moral. «¿Cuántas veces —continúa Neiman— nos comportamos como los súbditos del emperador y somos demasiado cobardes para señalar su desnudez?» (p. 170).

La ideología woke no es, en suma, crítica o escéptica. Es cínica. Ha dañado profundamente a la izquierda y, en gran medida, le ha sido útil a la derecha radical.

Neiman llama las cosas por su nombre: hoy debe hablarse en muchos casos, no de tendencias «autoritarias» o «antidemocráticas», sino de protofascismo. En vista de su auge mundial, ha llegado «el momento de un frente popular» (p. 198). Para ello, la izquierda deberá superar su tendencia a la balcanización y curarse del narcisismo de las pequeñas diferencias. Pero una reunificación de las izquierdas no tribales no basta; como insiste Neiman, será preciso hacer causa común con los liberales y —añado yo— con las derechas democráticas.

Y lo que es más importante: la izquierda deberá recobrar su universalismo moral; romper con el supuesto de que, necesariamente, «la voz de la víctima es más auténtica» (p. 73); recordar que «[l]os gritos de dolor merecen ser escuchados y respondidos, pero no son una fuente de autoridad más privilegiada que unos cuidados argumentos» (p. 77); abandonar la obsesión por la dimensión simbólica; recobrar los ideales ilustrados, como el pensamiento autónomo, la fe racional en el progreso, la crítica matizada e inteligente o «la conciencia visceral de nuestra humanidad común» (p. 82), y concentrarse en demandas no culturales sino materiales: exigir derechos sociales, reformar la economía, redistribuir la riqueza.

En tiempos de desencanto profundo, necesitamos la energía utópica de la izquierda ilustrada, así como una nueva esperanza social. Mientras haya pensadores y ciudadanos como Neiman —lúcidos, valientes, comprometidos—, tenemos buenos motivos para dicha esperanza.
 

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