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La realidad que sangra en la ficción

Hay muchas razones para usar un seudónimo. Tal vez simplemente quieres jugar a ser alguien más o presentarte como una persona distinta para probar tu suerte lejos del peso de tu nombre, como lo hizo J.K. Rowling con su seudónimo de Robert Galbraith o Stephen King con su seudónimo de Richard Bachman. Tal vez naciste en una época en la que la literatura femenina no se apreciaba y decidiste ser hombre, como las hermanas Brontë lo hicieron publicando bajo los seudónimos de Currer, Ellis y Acton Bell. Tal vez tu familia despreciaba la literatura y decidiste publicar tus poemas con el nombre de Pablo Neruda y convertirte en uno de los poetas más famosos de la historia latinoamericana con un nombre que ni siquiera era el tuyo. Y tal vez escribas así porque tu identidad se transparenta entre las letras. Porque no quieres desnudarte frente al mundo y firmar con tu nombre, aunque escribas ficción, aunque no sea autobiográfico. Lo más íntimo de tu persona se pone al descubierto cuando escribes, sencillamente porque no podemos evitarlo.

Lo comprobé al leer La mujer habitada de Gioconda Belli. Feminista, nicaragüense, guerrera y autora exiliada, Belli creció en una familia adinerada de Managua en 1948, con todos los privilegios y la ceguera que eso conllevaba. Nicaragua estaba bajo la dictadura somocista, que gobernó autoritariamente durante más de cuatro décadas —un régimen donde los opositores desaparecían, los campesinos vivían en la miseria y la Guardia Nacional aterrorizaba a cualquiera que se atreviera a levantar la voz.

Y un día, en 1970, Belli, el equivalente a una fifí de la época, fue introducida al Frente Sandinista de Liberación Nacional a través de un colega en la agencia de publicidad en la que trabajaba. De pronto, su vida de “niña bien” dio un giro y se encontró a sí misma transportando armas, mensajes clandestinos y luchando contra la represión sistemática de un Gobierno que no dudaba en matar y torturar a cualquiera que se interpusiera en su camino.

Lavinia, el personaje principal de La mujer habitada, es el reflejo directo de la vida de Belli. Una arquitecta de una familia rica de la ciudad ficticia de Faguas conoce, en el despacho, a Felipe, un arquitecto del que se enamora y quien, de pronto, llega a medianoche a su casa con un “compañero” de la guerrilla herido. Lavinia se involucra en el “movimiento” y narra, en un diálogo que se escapa de la ficción, lo que probablemente Belli sintió y vivió en su época de guerrillera.

La disonancia interna del silencio y la complicidad cómoda de una clase alta que prefiere no mirar, la desesperación de ver a su mejor amiga rendirse al rol del matrimonio y los hijos con docilidad, y la mujer/hombre que ella quisiera ser, con independencia, valía por sí misma, vida pública y el derecho a tener amantes. Todo eso es Lavinia. Y todo eso, sospechamos, fue alguna vez Gioconda.

No es casualidad. A través de Lavinia conoces a Belli, quien, con la intención de explicar Nicaragua, terminó explicándose a sí misma. El paralelismo con su vida es innegable. Transparente. Como lo es el paralelismo entre Faguas y Managua.

Y así, Belli nos recuerda que da igual el seudónimo, da igual la ciudad ficticia, da igual que sea “solo una novela”. Cuando escribes con honestidad, te desnudas aunque no quieras. Lo que sangra en la ficción siempre tiene nombre propio.

@luciachidan

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