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La política, la geopolítica y el terrorismo fronterizo

Tribuna de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Frente al foro multilateral por excelencia, Donald Trump dio un golpe de timón a la estrategia bilateral: rotuló a los cárteles mexicanos como el ISIS del hemisferio occidental y situó a México en el centro geográfico del crimen organizado. No se trata de un arrebato retórico. Estamos ante la consolidación de una doctrina de seguridad nacional que busca redefinir la amenaza del narcotráfico como un escenario de combate contra combatientes enemigos, sentando las bases operativas e institucionales para intervenir de manera unilateral.

El señalamiento no ocurre por casualidad. La maniobra cobra sentido en el tramo final de la contienda electoral de noviembre en Estados Unidos, un entorno donde la agenda fronteriza actúa como el gran catalizador del voto. Al encuadrar el problema del fentanilo bajo la lógica del combate al terrorismo, Washington traslada la responsabilidad de una crisis interna de salud pública hacia un factor externo. La estridencia en la ONU funciona como un mecanismo de movilización para el electorado conservador, asegurando el control de la conversación pública y desplazando discusiones complejas como la demanda de opiáceos o el tráfico ilícito de armas desde territorio estadounidense hacia el sur.

En las urnas se juega la gobernabilidad del Ejecutivo estadounidense durante la segunda mitad de su mandato. Mantener el control del Capitolio le garantiza a la Casa Blanca la continuidad de su agenda de revisión comercial, mayor flexibilidad tributaria y la libertad para ejecutar operaciones de seguridad sin el freno de comités legislativos de oposición. Perder el Congreso, en cambio, supondría parálisis institucional y un cuestionamiento sistemático a sus políticas arancelarias y fronterizas. La firmeza frente a México es un activo electoral.

Esta estrategia genera tensiones inmediatas de este lado de la frontera. En el plano político, coloca al Gobierno de la Presidenta Claudia Sheinbaum en un dilema de soberanía: sostener una postura firme de rechazo a cualquier amago de intervención militar extranjera mientras procura mantener la cooperación operativa en inteligencia y aduanas. La retórica norteamericana reduce el margen de maniobra diplomático y presiona al gobierno federal a presentar resultados de alto impacto a marchas forzadas.

En la dimensión económica, la etiqueta terrorista añade volatilidad al tipo de cambio y siembra dudas en las decisiones de inversión asociadas a la relocalización industrial. La sola amenaza de revisiones aduanales exhaustivas o cierres parciales en las garitas frena la fluidez logística del T-MEC, afectando directamente a la industria automotriz, agroalimentaria y manufacturera.

El uso de la seguridad transnacional como bandera electoral confirma que la relación bilateral atraviesa por una fase de coerción explícita. México debe responder con temple diplomático, datos incontestables en el combate a la delincuencia y una pedagogía económica que les recuerde a los mercados del norte una verdad elemental: la prosperidad de su propia cadena de suministro pasa por la estabilidad de la frontera que compartimos.

@DelToroIsmael_

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