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La noche que el silencio contaminó Europa, lecciones de Chernóbil

Era la madrugada del 26 de abril 1986, los habitantes de Prípiat de la entonces Unión Soviética dormían plácidamente, mientras los operadores del reactor número 4 de la Central Nuclear de Chérnobil realizaban una prueba de seguridad mal ejecutada que desencadenó dos explosiones, y provocando que una columna de radiación comenzara a dispersarse en la atmósfera con graves consecuencias en el corto, mediano y largo plazo.

Como consecuencias inmediatas, podemos mencionar la muerte de operadores y bomberos que acudieron a atender la explosión; en el mediano plazo miles de personas fueron diagnosticadas con cáncer como consecuencia de exposición a la radiación y también se llegó a contar por miles los fallecimientos derivados de la explosión en Chernóbil; y en el largo plazo se delimitó una zona de exclusión de 30 kilómetros de la Central Nuclear, contaminación de largas zonas en lo que hoy es Ucrania, Bielorrusia y Rusia, así como daños ambientales en varios países europeos debido a la dispersión atmosférica, más de 350,000 personas fueron reubicadas  permanentemente.

La explosión del reactor número 4 de la Central Nuclear no sólo liberó grandes cantidades de material radioactivo en Europa, sino que evidenció fallas estructurales de gobernanza, transparencia y responsabilidad estatal, ya que durante los primeros días las autoridades Soviéticas retrasaron la información sobre el accidente lo que agravó sus consecuencias en los seres humanos y en el medio ambiente.

Este domingo se cumplieron 40 años de esa catástrofe, y aunque antes de esa fecha ya existían en el Derecho Internacional principios como el de “no causar daño significativo a otros Estados” se carecía de mecanismos claros de exigibilidad, Chernóbil vino a dar pie a que se firmaran Tratados Internacionales que consagran la notificación inmediata y la cooperación internacional, pero sin duda falta mucho por seguir avanzando.

Los conflictos armados recientes en torno a las instalaciones nucleares nos recuerdan que el riesgo no es histórico, sino más actual que nunca, y debemos continuar regulando el uso de la energía nuclear, de manera conjunta, con supervisiones periódicas y por organismos nacionales e internacionales, con sanciones claras para quien no las cumpla, garantizando no comprometer la seguridad de las generaciones presentes y futuras. Que una noche como la del 26 de abril en Chernóbil no se repita, nos debe interesar a todos. 

@IsaAlvarezPenna
 

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