La migración de las adicciones
Antes era relativamente sencillo reconocer una adicción. Estaba asociada al consumo de alcohol, tabaco y fiestas, no se encontraba por las sombras. La imagen de los jóvenes con cervezas o llegando a altas horas de la noche se encontraba dentro del imaginario social y era asumida como parte de la juventud, aunque no fuera aceptada. Hoy en día existen adicciones disfrazadas de bienestar que no parecen ser catalogadas como un peligro; al contrario, se promueven constantemente entre las agendas políticas, sociales y económicas.
En los últimos meses las compañías de alcohol han experimentado una caída en sus ventas que las ha orillado a crear una gama de productos sin alcohol. Esta transformación comercial, lejos de preocuparse por la salud de sus consumidores, responde al contexto en que estos se desarrollan. En la sociedad actual, caracterizada por un sesgo más conservador y punitivo ante el descontrol visible, el exceso no desaparece: migra. La adicción simplemente guarda las apariencias. Cambia la noche por la disciplina, el descontrol por el autocuidado y el exceso visible por prácticas que encajan con lo que la sociedad espera. Sin embargo, sigue funcionando como anestesia ante el desgaste cotidiano, simplemente desde lo aceptable.
Esto no pretende disculpar a mi generación ni romantizar las formas de escape, ninguna adicción es inofensiva, pero es necesario entenderlas como un síntoma de la época. La cultura del bienestar, con su obsesión constante por cuántas calorías comes, qué cantidad de proteína consumes y el ejercicio obligatorio, ha contribuido a que los adolescentes enfrenten ansiedad y depresión ante la presión de cumplir con una productividad permanente. Nos dijeron que el autocuidado era la solución, cuando en realidad se convirtió en una nueva exigencia para mantenernos, desde corta edad, funcionales dentro de un sistema exhausto. Antes, lo que parecía ser una adicción colectiva, donde el consumo excesivo era propiciado por los grupos sociales, hoy el bienestar opera en lo individual, empujando a los jóvenes a un aislamiento notable.
El peligro real de esta nueva adicción radica en su invisibilidad. El alcoholismo tradicional encendía alarmas porque rompía con las normas sociales. En cambio, el exceso disfrazado de bienestar se normaliza, se promueve y, peor aún, se aplaude. Ambas formas deterioran al ser humano, pero la segunda opera bajo el sello del éxito. Quizá por eso esta adicción sea más peligrosa, ya que no interrumpe nuestra vida, se integra a ella. No llega con olor a cigarro o alcohol ni provoca una escena; llega en forma de rutina, de dieta y de metas cumplidas. Celebrada como el triunfo sobre nuestros viejos vicios, esta nueva adicción no nos está salvando, simplemente aprendió a pasar desapercibida.