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La lucha por la narrativa del agua

Dos marchas ciudadanas por el agua limpia: una reprimida violentamente el 11 de octubre y otra marcada por la inacción de las autoridades el 18 de octubre. Pasamos de la violencia y el abuso de autoridad del día 11 a la ausencia de autoridad por parte del Estado el día 18. Al mismo tiempo, vimos a los colectivos autogestionar su seguridad mediante la expulsión de incitadores. Tres escenarios distintos y, hasta ahí, la narrativa estaba clara.

El lunes 19, el discurso en las plataformas digitales se debatía entre quienes señalaban a un grupo de 70 personas que, durante varias horas, destrozaron violentamente las puertas del Palacio de Gobierno sin que ninguna autoridad interviniera y quienes destacaban la capacidad de autogestión de los participantes en la marcha para garantizar su propia seguridad. 

La política de la emoción intentó controlar todos los espacios de comunicación, dividiendo el debate en dos bandos para generar aún más polarización. En medio de estas distorsiones cotidianas de los mensajes, solo una cosa sigue quedando clara: la ciudadanía continúa sin agua porque la estrategia de tandeos tampoco funciona.

Lo cierto es que, hasta el lunes 19 de octubre, la ciudadanía y su comportamiento ejemplar habían ganado la batalla de la narrativa. Pero después de que la Presidenta de México, Claudia Sheinbaum, anunció la determinación de la Federación de “aportar y no privatizar”, junto con una inversión pública en obras hídricas, la narrativa se sobrepolitizó y dejó de ser ciudadana para convertirse en partidista. 

Comenzaron a desplegarse granjas de bots de uno y otro lado, generando un discurso de triunfalismo, insultos, diatribas y una desmesura inimaginable, como si fuera válido gobernar desde la ira.

Seamos serios: el papel de víctima o gestor no le queda a MC. Bien pudieron haber construido las condiciones necesarias para dialogar con la Federación desde hace mucho tiempo, pero decidieron apostar por un esquema de victimización que, a todas luces, terminó perjudicando a la ciudadanía. 

Porque para gobernar se necesita saber dialogar sin tintes ni intereses partidistas. Así le dejaron la cancha abierta a Morena, partido opositor en Jalisco que busca con ansias ganar la alcaldía de Guadalajara, sin siquiera dimensionar el enorme problema de gobernabilidad que podría enfrentar en el día a día, pero sí pensando en satisfacer su propia egolatría.

La Presidenta de México anunció que se hará cargo de la inversión principal, que, por cierto, le corresponde. Morena dice: “Gracias, Presidenta, por salir a nuestro auxilio”. MC dice: “Gracias, Lemus, por haber hecho gestiones con la Presidenta para que ella invirtiera”. Ninguno de los dos dijo: “Gracias, ciudadanía, por haberse organizado cada domingo y todos los días para bloquear vialidades; por haber conquistado esta batalla basada en nuestros derechos. Gracias por sus movilizaciones, cada vez más numerosas y contundentes; por sus exigencias constantes; por su esfuerzo de organización cotidiana y por no haber permitido infiltrados. Gracias por haber ganado la batalla de la inversión y la no privatización”. Esto, contundentemente, es un logro de la ciudadanía.

En la batalla por adjudicarse el logro de la inversión, los partidos políticos decidieron no debatir, pero sí desatar a sus bots, insultarse y lanzarse amenazas unos a otros, como si eso nos interesara a la ciudadanía. 

Los partidos políticos nos han demostrado que tienen poca capacidad para debatir con argumentos y nula disposición para reconocer sus responsabilidades. Se ofenden y se lastiman pensando que así ganan un debate sin argumentos y construyen una narrativa de conquista. 

Lo peor es que, al rato, habrá múltiples e incontables denuncias por violencia política en razón de género debido a sus propios insultos e improperios, banalizando este recurso, tan importante para impulsar el acceso de las mujeres a los espacios políticos. 

En Jalisco, navegar por las plataformas digitales ya es un ejercicio de alto riesgo. El problema es que, de cara a las elecciones intermedias de 2027, no se advierten seriedad ni responsabilidad en el uso de las palabras por parte de ningún actor político. 

Nadie los elegirá por sus insultos, sino por sus habilidades para gobernar, negociar y dialogar en una ciudad que ha construido una ciudadanía más activa, participativa y exigente de sus legítimos derechos.

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