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La izquierda que necesitamos (II)

En México, necesitamos hoy una izquierda moderna; comprometida con desmontar todo régimen, institución y grupo autoritarios; empeñada en construir un Estado social y democrático de derecho. La izquierda revolucionaria, agrupada en sectores guerrilleros y ligas comunistas radicales, no era democrática (como tampoco lo era el régimen del PRI que basaba su legitimidad en otra revolución, la de 1910). Un demócrata es reformista y pacifista: cree en mejoras graduales (meliorismo), siempre tentativas y abiertas a la crítica, no en soluciones utópicas, rápidas y absolutas. La izquierda que necesitamos elige la política y la democracia y renuncia a la violencia y al autoritarismo.

Necesitamos hoy una izquierda que valore las escuelas, las universidades y la calidad educativa. La educación, además de su importancia cultural y científica, es uno de los mejores mecanismos democráticos de promoción de la igualdad social y económica. Debe haber, por tanto, una natural alianza entre gobiernos de izquierda y universidades públicas, centrada no en la justificación ideológica del gobierno o en la subordinación universitaria a los poderes públicos, sino en el fortalecimiento de las instituciones educativas, incluida su autonomía, así como en su control democrático.

Necesitamos hoy una izquierda secular, tolerante y pluralista. La izquierda ha sido históricamente laica, lo cual no quiere decir que deba ser jacobina o anticlerical. La buena izquierda es independiente de las confesiones religiosas y cree en la sana separación entre Estado e Iglesia, la cual beneficia tanto a la política como a la fe. La izquierda debe fundar su legitimidad en procesos democráticos, no en la fuerza del carisma mesiánico. Debe tolerar a las personas con las que discrepa, en lugar de entregarse al odio ideológico, y respetar las libertades religiosas.

Necesitamos hoy una izquierda ilustrada, no oscurantista ni fanática, que crea en la razón y el progreso, en la centralidad de la ciencia y la difusión de la cultura, y que se posicione contra todo dogma y fundamentalismo intelectual y moral. La izquierda debe ser alérgica a los absolutismos teóricos y políticos y creer, no en verdades infalibles ni reveladas, sino en la permanente necesidad de discutir colectiva y vigorosamente los asuntos públicos. Un político o intelectual de izquierda democrática no es un predicador laico sino un ciudadano dispuesto a argumentar, a persuadir y dejarse persuadir por motivos razonables y explicaciones convincentes. Ante un problema público preferirá, en lugar de entregarse a la improvisación burda, el tradicionalismo acrítico o la superstición, tomar en cuenta la opinión de los científicos y expertos para luego asumir posiciones políticas informadas e inteligentes.

Necesitamos hoy una izquierda que defienda el valor de la verdad y que argumente apegada a los hechos. No existen los “hechos alternativos” ni las verdades “subjetivas” o “emocionales”. La verdad es intersubjetiva, se construye públicamente y se basa en la primacía de las razones públicas por sobre las emociones privadas. La izquierda democrática es alérgica a la posverdad, es decir, al uso premeditado de la mentira sistemática para gestionar emociones corrosivas y manipular a las masas.

Necesitamos hoy una izquierda antimilitarista, escéptica del predominio militar en política y defensora de los gobiernos civiles. Una izquierda comprometida con la legalidad, la separación de poderes y el imperio de la ley, los derechos humanos y los organismos constitucionales autónomos del Estado.

Necesitamos hoy una izquierda ecologista, que parta del supuesto de que los seres humanos somos animales que vivimos en un medio natural, o, si se quiere, socionatural. Una izquierda que crea en la igualdad de derechos para mujeres y varones, no machista ni feminista sólo en el discurso. Una izquierda no estatista ni paternalista, sino que crea en el bienestar social, la iniciativa privada y la capacidad de los individuos para tomar decisiones inteligentes y vivir con independencia moral.

Una izquierda socialdemócrata, no neoliberal ni populista: basada en ciudadanos autónomos y libres, no en clientelas; en organizaciones de la sociedad civil, no en corporaciones; en la igualdad, no en la mediocridad; en instituciones, no en caciques ni hombres fuertes; en la inteligencia creativa, no en la manipulación y la fuerza. Una izquierda moderada, no extremista; liberal, no woke ni seducida por las políticas del resentimiento. Una izquierda centrada en los derechos sociales, económicos y culturales, que no deje de practicar la duda y la ironía y cuyo principal compromiso esté, no con la mera acumulación de poder, sino con la reducción del sufrimiento del otro.

Todo ello —la construcción de una nueva izquierda, una que podría reconstruir la democracia y combatir de verdad las desigualdades, la corrupción y la impunidad— no es tarea fácil. Pero la historia, como escribe José Woldenberg, no está escrita y la hacemos los mexicanos. No seamos ni exageradamente pesimistas ni ingenuamente optimistas. Edifiquemos con inteligencia, patriotismo y creatividad, entre partidos políticos, movimientos sociales, intelectuales públicos, organizaciones civiles y ciudadanos democráticos, la nueva izquierda que necesitamos.
 

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