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La izquierda que necesitamos (I)

En Izquierda y democracia (Cal y Arena, 2023), el politólogo José Woldenberg sostiene que la izquierda en México no se reduce al lopezobradorismo; esa es sólo una entre muchas izquierdas. Hay quienes frente a una izquierda desagradable o autoritaria dicen: “Sí, de acuerdo. Pero eso no es izquierda”. Falso, sostiene Woldenberg. De izquierda fueron Fidel Castro y Felipe González, Pol Pot y Martin Luther King, Hugo Chávez y Sidney Hook, Mahatma Gandhi y Stalin. Ni toda la izquierda (o la derecha) es conveniente o repugnante, ni proclamarse de izquierdas es garantía de limpieza moral.

Los enemigos de la igualdad reducen toda la izquierda a su vertiente comunista-autoritaria, ignorando sus exponentes y posibilidades democrático-liberales. En México y en Iberoamérica, existe una larga tradición de izquierda democrática que contribuyó, decisivamente, a nuestras transiciones a la democracia. Frente a los populismos cesaristas, recuperemos esa tradición.

En los años sesenta y setenta, recuerda Woldenberg, surgieron en nuestro país diversos grupos y movimientos que, aunque con fines distintos, podían llamarse de izquierda: movimientos estudiantiles, organizaciones agrarias y populares, grupos feministas, defensores de derechos humanos, trabajadores en busca de democracia sindical. Estos grupos, siempre heterogéneos y plurales, compartían un compromiso fundamental con la igualdad y buscaban democratizar no sólo la vida pública sino la sociedad misma.

Después, en los ochenta y noventa y en la primera década de los dos mil, surgieron movimientos que buscaban la no discriminación contra los homosexuales y los indígenas, la defensa del medio ambiente, elecciones libres e imparciales, acceso a la información pública, transparencia gubernamental y combate a la corrupción. Todos ellos contribuyeron en distintos grados y formas a la democratización del régimen mexicano.

La izquierda en México no ha sido, pues, una sino muchas y en su pluralidad reside su riqueza. La izquierda no es un grupo en el poder sino un amplio conjunto de movimientos plurales, con distintas capas, demandas y expresiones. Así como nadie debe asumirse como la voz del pueblo, de los pobres o de cualquier grupo social, nadie debe monopolizar la izquierda. Cuando un grupo, gobierno o partido se asume como la única izquierda, la “verdadera”, inevitablemente se vuelve autoritario. Pues la democracia supone, aparte de un compromiso con las libertades políticas, una vigorosa defensa de la pluralidad.

Sería ingenuo negar la tradición de la izquierda autoritaria en nuestro país (véase Las dos izquierdas, de Joel Ortega y Jorge Castañeda, Editorial Debate, 2024). Por fortuna, hacia el último cuarto del siglo XX, una parte importante de la izquierda política mexicana transitó de un paradigma revolucionario a un modelo democrático-reformista. Paralelamente, muchos intelectuales emprendieron un giro Del neo-marxismo a la teoría democrática (título que Andrew Arato, heredero y exponente de la tradición de la teoría crítica de la sociedad y del socialismo democrático, dio a su colección de ensayos de 1993 sobre las sociedades de tipo soviético).

La democracia empezó a ser considerada como un fin en sí mismo: una forma de sociedad deseable, decente y compatible con las demandas de igualdad social y redistribución económica de la izquierda. La democracia ya no era “burguesa”, la máscara política de la explotación económica capitalista. Se volvió un ideal, una aspiración política, una tarea por delante.

En pocas palabras, buena parte de la izquierda pasó de las balas a los votos (from bullets to ballots). La desradicalización de un amplio sector de la izquierda mexicana y latinoamericana fue un progreso histórico, un triunfo para el liberalismo, el Estado de derecho y la democracia, así como para la izquierda misma.

En México, recuerda Woldenberg, ningún intelectual público defendió con mayor vigor y lucidez la necesidad de una izquierda democrática que el brillante filósofo Carlos Pereyra:

“Si bien es pensable la vida social sin lucha de clases, en cambio es inimaginable sin conflictos de intereses particulares, sin proyectos divergentes. Es inconcebible la homogeneidad absoluta. Es obligado reconocer la presencia del otro, es decir, de otro con intereses particulares, con proyectos específicos. La democracia opera como el único régimen político que no supone la supresión del otro. La democracia es siempre democracia pluralista” (Sobre la democracia, IEPC Jalisco, 2012, p. 103).

La izquierda que necesitamos no es la que avasalla a sus adversarios y críticos, sino la que busca y reconoce, en el discurso y en las acciones, “la presencia del otro”, la dignidad intrínseca de cada ser humano.
 

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